El día siguiente amaneció con el cielo desplomándose sobre la ciudad, un telón de acero líquido que ahogaba los colores y silenciaba los ruidos habituales del fin de semana. La lluvia caía con una furia implacable, golpeando los cristales de mi habitación en un redoble constante que hacía eco a la tormenta desatada en mi interior desde la noche anterior. Siendo sábado, mi rutina me ofrecía una única vía de escape, un santuario de dolor purificador donde el agotamiento físico podía, con suerte, anestesiar el tormento de mi mente. Conduje a través de las calles inundadas, sintiendo el peso de cada gota como un recordatorio de la conversación, del roce, del casi beso en la oscuridad del vestíbulo. El gimnasio me recibió con su familiar abrazo de olores a desinfectante, sudor y hierro, una atmósfera cruda y honesta que contrastaba con la complejidad de mi vida.
Me entregué a la tortura de las pesas con una devoción casi religiosa, buscando aniquilar cada pensamiento parásito con el fuego del esfuerzo muscular. Cada repetición en el press de banca era un intento de empujar lejos el recuerdo del rostro de Fabián en la penumbra, cada kilómetro en la cinta de correr era una huida inútil de la sensación de sus manos en mi espalda. El metal frío de las barras se sentía real bajo mis manos, el dolor agudo en mis músculos era una distracción bienvenida que me anclaba a una realidad tangible y simple. Me moví por la sala como un autómata, mis músculos gritando en protesta, el sudor empapando mi ropa y nublando mi visión, pero la imagen de sus ojos verdes, llenos de una comprensión que me aterraba, persistía como un fantasma imborrable. Era un exorcismo fallido, un castigo autoimpuesto que solo servía para dejarme físicamente exhausto pero mentalmente tan expuesto como antes.
Salí del gimnasio dos horas después, con el cuerpo temblando por el esfuerzo y el alma todavía en carne viva, encontrándome con que la lluvia torrencial había amainado hasta convertirse en una llovizna fina y persistente. El aire era fresco y olía a asfalto mojado y a tierra húmeda, un aroma limpio que, sin embargo, no podía purificar la agitación de mi espíritu. Y entonces lo vi, recostado contra la pared de ladrillo del edificio de enfrente, con las manos en los bolsillos de una chaqueta oscura y la capucha cubriéndole parcialmente el rostro. Mi corazón se detuvo y luego comenzó a latir con una fuerza desbocada, un pánico helado recorriéndome la espalda mientras reconocía la silueta inconfundible de Fabián. Él levantó la cabeza, como si hubiera sentido mi presencia, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios mientras se enderezaba y comenzaba a cruzar la calle hacia mí.
La distancia entre nosotros se encogió con una lentitud tortuosa, cada uno de sus pasos resonando en mi cabeza como el tic-tac de una bomba de relojería. Me quedé paralizado junto a la puerta de mi coche, incapaz de huir, atrapado por una mezcla de terror y una fascinación innegable, observando cómo las gotas de lluvia se adherían a su chaqueta y brillaban en su pelo oscuro. Su presencia aquí no podía ser una coincidencia; me había esperado, una idea que era a la vez intrusiva y extrañamente halagadora. Cuando finalmente se detuvo frente a mí, su mirada era directa y serena, desprovista de la tensión de la noche anterior, lo que me descolocó por completo. No había rastro de torpeza o arrepentimiento en sus ojos, solo una calma que parecía invitarme a bajar la guardia.
— Parecía que necesitabas desahogarte.
Su voz era tranquila, una simple observación que me hizo sentir completamente transparente, como si hubiera podido ver a través de las paredes del gimnasio y presenciar mi batalla interna.
— ¿Qué haces aquí, Fabián?
Inquirí, mi tono más brusco de lo que pretendía, un intento desesperado por recuperar algún tipo de control sobre la situación.
— Te estaba esperando. Pensé que después de lo de anoche… un café no nos vendría mal. Para hablar.
Sugirió, su propuesta tan casual que por un momento pareció casi razonable, una idea civilizada entre dos adultos.
— No tenemos nada de qué hablar.
Repliqué, mi mano ya buscando el tirador de la puerta del coche, la necesidad de escapar gritando en mi interior.
— Creo que sí, Diego. Si no lo hacemos, el lunes en la base será un infierno de silencios incómodos. Es solo un café. Sin coroneles ni soldados. Solo dos hombres.
Argumentó con una lógica aplastante, su uso de mi nombre de pila despojándome de mi armadura de rango. Su calma era un arma, y yo estaba completamente desarmado. Terminé cediendo, siguiéndolo a regañadientes hasta una pequeña cafetería a la vuelta de la esquina, un lugar cálido y acogedor que parecía un mundo aparte de la grisura del exterior. El interior olía a granos de café recién molidos, a canela y a bollería horneada, una mezcla dulce y reconfortante que chocaba violentamente con la amargura que sentía en la boca del estómago. Las paredes estaban revestidas de madera oscura y gastada, las mesas eran pequeñas y redondas, y una luz ámbar y suave caía de unas lámparas bajas, creando un ambiente de intimidad casi conspirativa. El sonido de la lluvia contra el ventanal y el murmullo apagado de las otras conversaciones formaban un telón de fondo que nos envolvía, aislándonos del resto del mundo.
Fabián eligió una mesa en la parte de atrás, en un rincón apartado y discreto que ofrecía una falsa sensación de seguridad, y nos sentamos uno frente al otro, el espacio entre nosotros cargado de una electricidad palpable. Pedimos dos cafés solos, y cuando la camarera se fue, el silencio que quedó era denso, lleno de las palabras no dichas la noche anterior. Observé sus manos mientras envolvían la taza de cerámica blanca, notando la forma en que sus dedos se movían con una seguridad tranquila, un contraste absoluto con el temblor que yo intentaba reprimir en las mías. El vapor del café se elevaba entre nosotros como una cortina de humo, una barrera frágil que no podía ocultar la intensidad de su mirada.
— ¿Estás bien?
Preguntó finalmente, su voz baja y teñida de una genuina preocupación que me hizo sentir aún más culpable.
— Estoy perfectamente.
Mentí, mi voz sonando hueca y poco convincente incluso para mis propios oídos.
— No, no lo estás. Anoche, cuando se fue la luz… no me equivoqué, ¿verdad, Diego? No fue solo la oscuridad.
Insistió, su mirada fija en la mía, negándose a dejarme escapar, a permitirme refugiarme detrás de mis murallas.
— No sé de qué hablas. Tropecé, me sujetaste. Fin de la historia.
Mascullé, desviando la vista hacia la lluvia que resbalaba por el cristal, sintiéndome como un cobarde.
— La historia no terminó ahí. Estábamos a punto de…
— ¡Basta!
Le interrumpí, mi voz un siseo bajo y furioso, haciendo que una pareja en la mesa de al lado nos mirara con curiosidad. Bajé la voz, inclinándome sobre la mesa, mi fachada de control resquebrajándose.
— Esto no debería estar pasando. Lo de anoche fue un error. Esta conversación es un error. Tú y yo… no existe un “tú y yo”.
Declaré, cada palabra un intento de convencerme a mí mismo tanto como a él. Fabián no se inmutó. Dejó su taza en el platillo con un suave clic y se inclinó también, su rostro ahora a apenas un palmo del mío. Su voz, cuando habló, fue un susurro cargado de una intensidad que me recorrió por completo.
— ¿Entonces qué es esto, Diego? ¿Qué es esta tensión que se puede cortar con un cuchillo cada vez que estamos en la misma habitación? ¿Qué fue lo que sentí anoche, cuando me sujetabas en la oscuridad? Mientes a todo el mundo, te has pasado la vida construyendo una imagen perfecta, pero no me mientas a mí. Porque yo te veo. Veo al hombre que hay detrás.
Sus palabras me golpearon con la fuerza de un puñetazo, derribando mis últimas defensas. Me quedé sin respuesta, mi garganta cerrada por la emoción, mi mente un torbellino de negación y una verdad abrumadora que luchaba por salir. El café se quedó olvidado, enfriándose en nuestras tazas, mientras nos sosteníamos la mirada a través de la mesa, una batalla silenciosa librándose en el rincón más oscuro de aquella acogedora cafetería. Y en esa batalla, yo estaba perdiendo.
Él fue el primero en romper el contacto visual, suspirando suavemente antes de recostarse en su silla y beber un sorbo de su café ya frío. El momento de intensidad se disipó, dejando un rastro de vulnerabilidad y tensión sin resolver. Se hizo un silencio, y Fabián miró hacia el fondo del local, donde se encontraban los baños y una puerta trasera de servicio, como si buscara una salida a la conversación. Se levantó de la mesa, dejando unos billetes junto a su taza, su movimiento fluido y decidido. Cuando pasó a mi lado, su mano rozó mi hombro, un toque ligero pero cargado de significado, antes de caminar hacia ese pasillo trasero.
— Espérame fuera.
Murmuró al pasar, una petición suave que sonó casi como una orden, y yo me quedé sentado, paralizado, observándolo desaparecer por el pasillo. No sabía qué hacer, mi mente gritándome que pagara y me fuera, que corriera en dirección contraria, pero mi cuerpo se negaba a obedecer. Una fuerza incomprensible, una curiosidad suicida, me obligó a levantarme de la silla y seguirlo. Caminé por el estrecho pasillo, pasando junto a la puerta de los baños hasta llegar a un pequeño hueco junto a la salida de emergencia, una zona de penumbra donde se apilaban cajas de cartón. Y allí estaba él, esperándome, su espalda apoyada contra la pared, su rostro a contraluz de la única bombilla que iluminaba el pasillo. No dijo nada cuando me detuve frente a él, simplemente me observó, sus ojos verdes llenos de una pregunta silenciosa que resonó en cada fibra de mi ser. El aire estaba cargado con el olor a humedad y cartón, un aroma crudo que contrastaba con la dulzura del café, y la única luz que teníamos era ese resplandor amarillento y débil. En ese rincón olvidado del mundo, lejos de mi familia, de mi carrera y de mis responsabilidades, ya no había excusas.
Acorté el último centímetro que nos separaba, mis manos subiendo para agarrar el tejido de su chaqueta, arrugándolo en mis puños. Él no se movió, simplemente esperó, su respiración tan contenida como la mía. Y entonces, lo besé. Fue un acto de rendición, un colapso total de mi voluntad, el fin de una guerra que llevaba días librando contra mí mismo. Sus labios eran increíblemente suaves, más de lo que jamás hubiera imaginado, y sabían a café amargo y a algo más, algo que era únicamente él. El beso fue torpe al principio, desesperado, pero él respondió al instante, su boca abriéndose bajo la mía, una de sus manos subiendo hasta mi nuca y sus dedos enredándose en mi pelo. Fue un beso que lo consumió todo, un incendio que arrasó con cuarenta años de reglas, de prejuicios, de negación. Se borró el mundo, se borró Beatriz, se borraron mis hijos. Solo existía la sensación de sus labios contra los míos, la textura de su barba incipiente rozando mi piel, el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas en el silencio del pasillo. Me sentí caer en un abismo, pero por primera vez en mi vida, la caída se sintió como volar, una liberación de una jaula que no sabía que me aprisionaba tan fuertemente. Me olvidé de todo, entregándome a la honestidad cruda de aquel contacto prohibido.
Pero tan rápido como comenzó, terminó. La realidad se estrelló contra mí con la fuerza de un tren de carga, y el horror de lo que estaba haciendo me inundó. Me aparté de él bruscamente, como si me hubiera quemado, jadeando en busca de aire. Lo miré, vi sus labios húmedos, sus ojos oscurecidos por el deseo, y el pánico me atenazó. Sin una palabra, di media vuelta y corrí. Atravesé el pasillo, irrumpí en la cafetería ante la mirada atónita de los otros clientes y salí a la calle, a la lluvia que había vuelto a arreciar, sin mirar atrás. Corrí sin rumbo, el agua fría empapándome, mezclándose con el sudor frío que brotaba de mi piel, pero no podía lavar la sensación de su boca sobre la mía. Me gustó. Joder, me encantó. La verdad explotó en mi mente, una epifanía tan hermosa como aterradora. Me había sentido más vivo en ese beso que en los últimos diez años de mi vida. Pero el pensamiento que vino después fue un veneno. No está bien. Somos hombres, ambos. Eso no es normal. Las palabras, los prejuicios grabados a fuego en mi cerebro por mi padre, por el ejército, por la sociedad, se alzaron como un tribunal, condenándome. Me detuve en medio de la acera, empapado y temblando, un hombre destrozado, atrapado entre el éxtasis del pecado y la certeza absoluta de su propia condena.