El asfalto bajo mis pies era un espejo n***o que reflejaba un cielo roto, cada paso salpicando un agua helada que se sentía tan sucia como mi propia alma mientras corría sin rumbo, huyendo de un beso que me había marcado a fuego. La lluvia, ahora un diluvio bíblico, caía en cortinas grises y pesadas, pegándome la ropa al cuerpo con una frialdad que no lograba apagar el incendio que Fabián había provocado en mis venas. Un trueno restalló en la distancia, una fractura en el domo de nubes, y su luz momentánea iluminó las fachadas de los edificios, que parecían llorar con la misma desesperación que atenazaba mi garganta. Me detuve en medio de una calle desierta, con el pecho subiendo y bajando en espasmos, el sabor a café amargo y a él todavía en mis labios, una verdad tan deliciosa como maldita. El olor a ozono y a tierra mojada llenaba mis pulmones, pero solo podía pensar en la calidez de su aliento, en la suavidad de su boca, una memoria que mi mente reproducía en un bucle de éxtasis y autodesprecio.
— ¡Diego, espera!
Su voz, un grito ahogado por el rugido de la tormenta, me alcanzó, y al girarme lo vi corriendo hacia mí, su silueta recortada contra el resplandor de los faros de un coche lejano, una aparición en medio de mi naufragio personal. La capucha de su chaqueta había caído hacia atrás, y su cabello n***o azabache estaba completamente empapado, pegado a su frente, mientras el agua le resbalaba por el rostro en pequeños riachuelos que acentuaban la determinación en sus facciones. Se detuvo a apenas un metro de mí, con la respiración agitada, sus ojos verdes brillando con una intensidad febril que desafiaba la furia del cielo, clavándose en los míos como dos anclas en medio de mi tempestad. Un relámpago cercano iluminó su rostro, revelando una vulnerabilidad que desmanteló por completo mi intento de reconstruir mis murallas, dejándome expuesto ante la honestidad de su búsqueda.
— No puedes huir de esto —articuló, su voz profunda y resonante, imponiéndose al estruendo de la lluvia que nos envolvía.
— No hay un “esto” del que huir, Fabián, solo hay un error, una locura momentánea que jamás debió ocurrir —repliqué, las palabras sonando huecas y falsas, una mentira flagrante que ni yo mismo podía creer en ese momento.
— ¿Te pareció un error? —inquirió, dando un paso que cerró la distancia entre nosotros, su presencia una fuente de calor en el frío torrencial— Mírame a los ojos y dime que no sentiste nada, que no fue lo más real que te ha pasado en años.
Su mano se alzó y sus dedos, fríos por la lluvia, rozaron mi mejilla con una ternura que me hizo estremecer, un gesto tan íntimo y posesivo que silenció todas las voces de condena que gritaban en mi cabeza. La tormenta arreciaba a nuestro alrededor, el viento aullando entre los edificios como un coro de fantasmas, pero en el epicentro de aquel caos, solo existía la conexión eléctrica de su piel contra la mía. Sin darme tiempo a reaccionar, a pensar, a negarlo, se inclinó y me besó de nuevo, esta vez con una certeza y una posesión que reclamaban cada parte de mí. Este beso no fue de rendición, sino de conquista; sus labios se movieron sobre los míos con una autoridad hambrienta, sus manos acunando mi rostro como si fuera lo único que importara en el universo, mientras el mundo se disolvía en un torbellino de agua y deseo.
Un trueno ensordecedor pareció sellar el pacto de nuestros labios, y cuando finalmente nos separamos, con las frentes apoyadas y nuestras respiraciones mezclándose en una nube de vaho, supe que ya no había vuelta atrás. Fabián tomó mi mano, sus dedos entrelazándose con los míos con una naturalidad que desmentía lo prohibido de nuestro acto, y una sonrisa, tan brillante como el relámpago que acababa de surcar el cielo, iluminó su rostro. El agua nos empapaba, pero era como si estuviéramos siendo bautizados en una nueva realidad, una donde las reglas que habían gobernado mi vida se habían hecho añicos. El asfalto mojado reflejaba las luces de neón de las tiendas cercanas, creando un camino de colores vibrantes sobre el que comenzamos a correr, no huyendo, sino avanzando juntos hacia un destino incierto.
— ¡Mi casa está cerca! —gritó él por encima del viento, tirando de mí.
Corrimos por las calles desiertas, nuestras pisadas levantando estelas de agua, las risas brotando de nuestros pechos en una liberación catártica, un sonido de pura e imprudente alegría en medio de la tempestad. Su edificio era una construcción antigua de ladrillo rojo, con una puerta de madera maciza que se abrió a un portal cálido y silencioso, protegiéndonos del caos exterior. Subimos las escaleras de dos en dos, dejando un rastro de gotas a nuestro paso, hasta que abrió la puerta de su apartamento en el tercer piso. El interior era un reflejo de él: un espacio abierto, minimalista pero acogedor, con paredes blancas adornadas con mapas topográficos enmarcados y una gran estantería de madera oscura repleta de libros de historia, filosofía y estrategia. El aire olía a café, a madera y a un sutil incienso de sándalo, un aroma que se sentía como un santuario, tan diferente del orden calculado y lujoso de mi propia casa.
Nos quedamos en la pequeña entrada, goteando sobre una alfombra de yute, el silencio solo roto por el sonido de nuestras respiraciones y el repiqueteo de la lluvia contra los cristales. La ropa, empapada y fría, se adhería a nuestros cuerpos, una barrera incómoda y superflua. Nuestros ojos se encontraron en la penumbra, y una corriente de anticipación, densa y magnética, llenó el espacio entre nosotros. Sin una sola palabra, comencé a desabrochar los botones de mi camisa, mis dedos torpes por el frío y los nervios, mientras Fabián se quitaba la chaqueta mojada y la dejaba caer al suelo con un ruido sordo. La luz tenue de una lámpara de pie arrojaba largas sombras, esculpiendo los músculos de su pecho y abdomen a medida que se deshacía de su camiseta, su piel brillando con la humedad.
— Estás temblando —susurró, su voz una caricia grave en el silencio mientras se acercaba a mí.
— No es por el frío —admití, mi voz apenas un murmullo roto por la emoción.
Sus manos, ahora cálidas, cubrieron las mías, deteniendo mis torpes intentos de desvestirme para hacerlo él mismo, sus dedos moviéndose con una lentitud deliberada y sensual sobre los botones de mi camisa. Cada roce era una tortura exquisita, una promesa de lo que estaba por venir. Una vez que la camisa estuvo abierta, la deslizó por mis hombros y la dejó caer junto a la suya, su mirada recorriendo mi torso con una avidez que me hizo sentir a la vez vulnerable y poderoso. Mis manos, actuando por instinto, se posaron en la cinturilla de sus vaqueros, desabrochando el botón y bajando la cremallera, un acto de reciprocidad que selló nuestro pacto silencioso. La ropa cayó a nuestros pies, un charco de tela oscura sobre el suelo de madera, dejándonos desnudos, expuestos en una honestidad primordial bajo la luz ámbar de su apartamento.
Me tomó de la mano y me guio hasta su habitación, un espacio igualmente sencillo dominado por una cama baja con sábanas de lino de color gris oscuro. La única decoración era una enorme fotografía en blanco y n***o de un pico montañoso nevado, una imagen de soledad y grandeza que de alguna manera resonaba con la intensidad del momento. Me empujó suavemente sobre el colchón, su cuerpo cubriendo el mío, y la sensación de su piel cálida y húmeda contra la mía fue una sobrecarga sensorial que borró cualquier atisbo de duda o culpa. Nos besamos con la desesperación de dos hombres que han negado su naturaleza durante demasiado tiempo, una fusión de bocas, lenguas y alientos entrecortados. Sus manos exploraban cada centímetro de mi cuerpo con una curiosidad febril, trazando el contorno de mis músculos, aprendiendo la geografía de mi piel, mientras las mías hacían lo mismo, enredándose en su cabello, recorriendo la curva de su espalda, la firmeza de sus muslos.
Nuestros cuerpos se movieron juntos en una danza salvaje e instintiva, una coreografía de deseo puro despojada de artificios. No hubo vacilación, solo una necesidad abrumadora de reclamar y ser reclamado, de poseer y ser poseído en igual medida. Sus labios descendieron por mi cuello, dejando un rastro de fuego sobre mi clavícula y mi pecho, su aliento caliente erizando cada vello de mi piel, mientras mis caderas se arqueaban en busca de una fricción más profunda. Lo giré bajo mi cuerpo, invirtiendo nuestras posiciones con una fluidez que nos sorprendió a ambos, una transición natural que demostraba lo versátil de nuestro deseo compartido. Ahora era yo quien marcaba el ritmo, besándolo con una ferocidad que no sabía que poseía, nuestros cuerpos chocando en un ritmo primitivo y acelerado que nos llevaba al borde de la locura.
— Fabián… —jadeé su nombre contra su boca, la única palabra que mi mente era capaz de formar.
— Estoy aquí, Diego, estoy aquí —respondió él, su voz ronca por la pasión, sus ojos verdes fijos en los míos, creando un ancla de intimidad en medio de la tormenta de lujuria.
Nos movimos como uno solo, nuestros cuerpos entrelazados, cada embestida una afirmación, cada gemido una confesión. La habitación se llenó con los sonidos de nuestra entrega, una sinfonía cruda y honesta que resonaba contra las paredes, una celebración de un amor que se había negado a permanecer en la sombra. El clímax nos golpeó simultáneamente, una ola de placer tan intensa y abrumadora que nos arrancó un grito ahogado a ambos, un estallido de luz blanca que nos dejó temblando, exhaustos y completamente deshechos en los brazos del otro. Nos desplomamos sobre las sábanas húmedas, nuestros cuerpos pegados por el sudor, el ritmo de nuestros corazones latiendo al unísono, un eco de la batalla que acabábamos de librar y ganar juntos.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino profundo y lleno de significado, la calma después de la tormenta perfecta. La lluvia seguía golpeando suavemente contra la ventana, una nana para nuestra recién descubierta paz. Giré la cabeza sobre la almohada para mirarlo, encontrando sus ojos ya fijos en mí, una expresión de ternura y asombro en su rostro que reflejaba la mía. Trazó el contorno de mi mandíbula con un dedo, un gesto tan simple pero cargado de una intimidad que me llenó el pecho de una calidez desconocida. Ya no había un Coronel ni un soldado; solo éramos Diego y Fabián, dos hombres perdidos que finalmente se habían encontrado en la honestidad de la piel y el alma.
— ¿Estás arrepentido? —preguntó en un susurro, la pregunta suspendida en el aire como una pluma.
— Estoy aterrorizado —confesé, la verdad saliendo sin filtros por primera vez— Pero arrepentido… no. Ni un poco. ¿Y tú?
— Yo llevo esperándote desde el primer segundo que te vi en aquel auditorio —respondió, su confesión enviando una nueva oleada de calor por mi cuerpo— Esto… nosotros… es lo más real que he sentido en toda mi vida.
Me acerqué y lo besé de nuevo, esta vez con una suavidad que hablaba de algo más profundo que el simple deseo. Era un beso de gratitud, de reconocimiento, el inicio de un capítulo que no sabía cómo iba a escribir, pero que, por primera vez, no quería enfrentar solo. Nos quedamos así, abrazados bajo las sábanas grises, mientras la lluvia limpiaba el mundo exterior, sintiendo que, en la seguridad de aquella habitación, habíamos encontrado nuestro propio refugio.