Capítulo 12.

1575 Palabras
El resplandor de un farol lejano se filtraba a través de las persianas, dibujando franjas de luz pálida sobre las sábanas grises y revueltas que nos envolvían en un c*****o de calor y sudor. El tiempo se había vuelto un concepto fluido y sin sentido, medido solo por el ritmo acompasado de nuestros corazones que finalmente habían encontrado un compás común tras la frenética sinfonía de nuestra entrega. Fabián dormitaba a mi lado, su rostro en la penumbra una obra de arte esculpida en serenidad, su respiración un susurro cálido contra mi hombro que me anclaba a una realidad tan perfecta que dolía. Cada detalle de la habitación se había grabado en mi memoria con una claridad asombrosa: el aroma a sándalo y a piel, la textura áspera de la manta de lana a los pies de la cama, y la imponente fotografía de la montaña nevada, un testigo silencioso y majestuoso de la cumbre que acabábamos de alcanzar juntos. Me levanté con un sigilo que mi entrenamiento me había inculcado, el suelo de madera frío bajo mis pies desnudos, y recogí la ropa empapada que yacía en un charco sobre la alfombra, una prueba tangible del diluvio exterior y de la tormenta que había arrasado con mis defensas. — No te vayas todavía. Su voz, un murmullo ronco y somnoliento, me detuvo en seco, y al girarme lo encontré semiincorporado sobre un codo, sus ojos verdes fijos en mí con una ternura que me desarmó por completo. — Tengo que hacerlo, Fabián, ya es tarde y la realidad, por desgracia, no ha dejado de existir solo porque nosotros lo hayamos deseado por unas horas. — Lo sé —suspiró, sentándose en el borde de la cama, la sábana deslizándose para revelar la línea de su espalda y el contorno de sus hombros—, pero no quiero que esto se convierta en un recuerdo furtivo, en algo de lo que tengamos que huir. — No estoy huyendo de ti, Fabián, estoy corriendo para intentar salvar los restos de una vida que, hasta que te conocí, creía tener bajo control —confesé, mi voz quebrándose ligeramente al final. Caminó hacia mí, completamente desnudo, sin un atisbo de pudor, y tomó mi rostro entre sus manos, su pulgar acariciando mi mejilla con una delicadeza que contrastaba con la fuerza que había demostrado horas antes. — Entonces no corras solo. Déjame correr contigo, Diego. No sé qué es esto, ni a dónde nos lleva, pero por primera vez en mucho tiempo, siento que voy en la dirección correcta. No me pidas que te deje volver a esa jaula y cierre la puerta. El armario de Fabián era tan minimalista como el resto de su apartamento, una colección ordenada de ropa funcional y de colores neutros, un universo de algodón, lana y mezclilla que olía sutilmente a él. Me ofreció una camiseta de algodón gris, unos vaqueros oscuros y una chaqueta que, aunque un poco ajustada en los hombros, se sentía como un abrazo clandestino, una segunda piel impregnada de su esencia que llevaba conmigo como un secreto a voces. Vestirme con su ropa fue un acto de una intimidad casi mayor que la desnudez compartida, una transgresión de las fronteras que me definían, borrando la línea entre el Coronel Herrera y el hombre que se había rendido en sus brazos. Cada prenda era un recordatorio tangible de que había cruzado un umbral sin retorno, que parte de él ahora me cubría, me protegía del frío y me marcaba como suyo de una manera invisible pero indeleble. El reloj en la pared de la cocina, un diseño simple de números negros sobre un fondo blanco, marcaba las 6:48 p. m. con una crueldad indiferente, cada tic-tac un martillazo que me recordaba la cuenta regresiva para el regreso de Beatriz y el final de mi tregua con la verdad. Nos detuvimos en el umbral de la puerta, la misma que horas antes nos había dado refugio de la tormenta y que ahora representaba mi expulsión del paraíso y mi regreso al campo de batalla de mi propia vida. Fabián no me soltaba la mano, sus dedos entrelazados con los míos en un gesto que se sentía tan natural como respirar, pero que en el mundo exterior sería el equivalente a una declaración de guerra. La necesidad de huir luchaba contra el deseo desesperado de quedarme, de esconderme en la simplicidad de su mundo y olvidarme del mío, una batalla interna que se reflejaba en la tensión de mi mandíbula. — ¿Cuándo te volveré a ver? —inquirió, su voz baja, cargada de una vulnerabilidad que no esperaba. — Mañana en la base, Rivas —repliqué, el uso de su apellido y del formalismo un reflejo instintivo de defensa, un intento patético de reconstruir el muro que él había demolido. — No me refiero a eso, y lo sabes —insistió, sus ojos verdes escudriñándome, negándose a aceptar mi cobardía—. Me refiero a nosotros. ¿Qué pasa con nosotros, Diego? — No lo sé —admití, la honestidad saliendo de mis labios como un suspiro de derrota—. No tengo un manual para esto, Fabián. Por primera vez en mi vida, no tengo un plan, ni una estrategia. Solo sé que tengo que irme ahora mismo o todo por lo que he trabajado se derrumbará. — Entonces vete —sentenció, soltando mi mano, pero solo para llevar las suyas a mi cuello, atrayéndome hacia él con una urgencia que me robó el aliento—. Pero llévate esto contigo. Para que no lo olvides. Para que sepas que es real. Su boca se encontró con la mía en un beso pasional pero corto, un estallido de fuego y deseo que sabía a despedida y a promesa, una marca imborrable que sellaba nuestro pacto secreto. Fue un beso que condensaba toda la lujuria, la ternura y la desesperación de las últimas horas, un recordatorio concentrado de la libertad que había probado y a la que, ahora lo sabía con una certeza aterradora, me había vuelto adicto. Me aparté de él con todo el dolor de mi alma, le di la espalda sin permitirme una última mirada y bajé las escaleras de dos en dos, cada paso alejándome de la única verdad que había sentido en años y acercándome a la elaborada mentira que era mi hogar. El viaje de cuarenta minutos de regreso a casa fue una tortura lúcida, un descenso a través de los círculos de mi propio infierno personal mientras las luces de la ciudad se deslizaban por el parabrisas como espectros de colores borrosos. El olor de Fabián, impregnado en la camiseta que llevaba puesta, llenaba el pequeño habitáculo del coche, una presencia constante que me envolvía y me acusaba a partes iguales, un fantasma íntimo que se negaba a abandonar el asiento del copiloto. Cada semáforo en rojo era una pausa insoportable que me obligaba a enfrentarme a mi propio reflejo en el espejo retrovisor, donde veía a un hombre que no reconocía, un extraño con mis ojos pero con una expresión de pánico y éxtasis que no pertenecía al rostro controlado del Coronel Herrera. La ciudad, lavada por la lluvia, brillaba con una belleza melancólica, sus calles espejos negros que duplicaban los neones y los faros, creando un laberinto de luces en el que me sentía completamente perdido, atrapado entre el hombre que era y el hombre que desesperadamente deseaba ser. El silencio de la casa me recibió como un cómplice inesperado, un vacío que era a la vez un alivio y una condena, la ausencia de mi familia una oportunidad de oro para borrar las huellas de mi traición. Dejé los zapatos de Fabián, un poco grandes para mí, junto a la puerta con un cuidado reverencial y subí las escaleras en penumbra, el crujido familiar de un escalón bajo mis pies sonando como una acusación en la quietud de la noche. El pasillo de la segunda planta, con sus fotografías familiares sonriendo desde sus marcos de plata, se sentía como un corredor de museo dedicado a una vida que ya no me pertenecía del todo, cada imagen un recordatorio de los rostros inocentes que había traicionado con un beso en un callejón oscuro. La ausencia de Beatriz, de Lucía, de Tomás, me concedió el tiempo que necesitaba desesperadamente, una tregua otorgada por el destino para intentar recomponer las piezas de mi fachada antes de que la directora de la obra regresara a casa. Me despojé de la ropa de Fabián con la urgencia de un espía deshaciéndose de un disfraz comprometedor, doblando cada prenda con una precisión casi ceremonial antes de esconderla en el fondo de una bolsa de lona en el vestidor, un acto que se sintió como enterrar una parte de mí mismo. El baño principal era un santuario de mármol frío y cristal, un espacio impecable cuyo orden y pulcritud contrastaban violentamente con el caos de mis emociones, el vapor del agua caliente llenando rápidamente el aire y empañando los espejos hasta borrar mi propio reflejo. Bajo el chorro hirviendo, froté mi piel con una furia desesperada, intentando lavar no solo el sudor y el cansancio, sino el olor de Fabián, su esencia, la evidencia sensorial de nuestro encuentro, pero era un esfuerzo inútil, porque su marca estaba impregnada mucho más allá de la epidermis, en un lugar que el agua y el jabón nunca podrían alcanzar.
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