El sonido de la llave girando en la cerradura fue una detonación en el silencio de la casa, un chasquido metálico que partió en dos el hilo de mis pensamientos y me devolvió de golpe a la realidad. Me encontraba de pie en el umbral del comedor, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón oscuro que Fabián me había prestado, una prenda que se sentía como una caricia prohibida contra mi piel y cuyo sutil aroma a él era un ancla que me arrastraba de vuelta al santuario de su apartamento. La mesa de caoba, un espejo oscuro y pulido, reflejaba el brillo dorado del candelabro, cada puesto dispuesto con una precisión militar que desmentía el caos que rugía en mi interior: la porcelana fina, los cubiertos de plata alineados como soldados en formación y las copas de cristal, tan frágiles como mi recién descubierta paz. El aire olía a romero y a tomillo, al aroma reconfortante del pollo asado que se doraba en el horno, una fragancia diseñada para tejer una ilusión de normalidad, un decorado perfecto para la farsa que estaba a punto de representar.
— ¡Ya estamos en casa! —anunció la voz melódica de Beatriz desde el vestíbulo, una fanfarria que precedió a la entrada de mi familia.
Primero entraron los niños, sus rostros encendidos por el frío de la noche y el hambre que delataban sus movimientos apresurados, trayendo consigo el olor a aire limpio y a lluvia que aún impregnaba las calles de la ciudad. Tomás se deshizo de su chaqueta con un movimiento brusco, dejándola caer sobre una silla con un descuido que en otro momento me habría provocado un comentario severo, pero que ahora apenas registré, mis sentidos completamente absorbidos por la presencia de mi esposa, que entró tras ellos. Beatriz era una visión de elegancia controlada en un abrigo de cachemira color camel y unos pantalones de corte impecable, su cabello pelirrojo recogido en un moño bajo que acentuaba la línea de su cuello y sus ojos verdes brillando con la satisfacción de un día productivo, una mujer que habitaba su mundo con una seguridad que yo acababa de perder para siempre.
— Vaya, qué maravilla, Diego. No solo has vuelto, sino que te has convertido en un chef. Huele delicioso, me muero de hambre —comentó ella, dejando su bolso de diseñador sobre la consola y acercándose para darme un beso en la mejilla que se sintió tan frío e impersonal como un saludo protocolario, su perfume de jazmín una nota discordante que luchaba contra el recuerdo del sándalo en mi memoria.
— ¡Pollo asado! ¡Sí! —exclamó Tomás, ya sentándose a la mesa y sirviéndose agua con un entusiasmo voraz que contrastaba con el nudo que atenazaba mi propio estómago.
Lucía, por su parte, se movió con su gracia silenciosa habitual, ocupando su lugar con una lentitud deliberada, sus ojos verdes, normalmente melancólicos, poseían un brillo soñador que no había visto en ella hasta la noche anterior, un cambio sutil que me golpeó con la fuerza de una acusación. Se había despojado de su habitual coraza de observadora distante, una transformación que, con un horror paralizante, supe que tenía nombre y apellido: Fabián. Cada gesto, cada mirada perdida en la distancia, era un eco de su fascinación, una prueba irrefutable del impacto que él había tenido en ella, y la constatación me llenó de una mezcla tóxica de celos paternos y una envidia oscura y retorcida.
— ¿Te encuentras bien, cariño? Te noto… ausente. Como si estuvieras a un millón de kilómetros de aquí —inquirió Beatriz, mientras se sentaba frente a mí, su mirada aguda analizándome por encima del borde de su copa de vino, una estratega nata que ya había detectado la primera grieta en mi armadura.
— Solo estoy cansado. Fue un día largo y el entrenamiento de la mañana me dejó exhausto —mentí, la excusa saliendo de mis labios con una facilidad que me asqueó, mi voz un instrumento perfectamente afinado para la decepción mientras mis manos comenzaban a trinchar el pollo con una firmeza que no sentía.
La cena transcurrió en una atmósfera de normalidad casi surrealista, una obra de teatro perfectamente ejecutada en la que yo interpretaba el papel del patriarca atento, sirviendo porciones, rellenando copas y participando en una conversación que se sentía como un idioma extranjero. Cada bocado del pollo jugoso era insípido en mi boca, cada sorbo del vino tinto, un Cabernet robusto que normalmente disfrutaba, sabía a cenizas, mi paladar muerto a cualquier placer que no fuera el recuerdo del café amargo en los labios de Fabián. Observaba a mi familia a través de un velo invisible, sus risas y sus charlas un murmullo lejano que no lograba penetrar la burbuja de anhelo y culpa en la que me había encerrado, mi mente una pantalla en la que se proyectaban una y otra vez las imágenes de su apartamento, de su piel, de su beso bajo la lluvia torrencial.
— Papá, ¿crees que Fabián vuelva a venir a cenar pronto? —preguntó Lucía de repente, su voz suave rompiendo el hechizo de mi distracción, y la pregunta, tan inocente, aterrizó en medio de la mesa como una granada.
Sentí que la sangre se me helaba en las venas, el tenedor deteniéndose a medio camino de mi boca mientras todos los ojos se volvían hacia mí, esperando una respuesta. El rostro de Lucía estaba iluminado por una esperanza tan pura y transparente que me partió el alma, la admiración de una adolescente brillando en sus ojos sin un atisbo de la compleja y sucia verdad que se escondía detrás de su pregunta, una verdad que me convertía en su rival secreto. La ironía era tan cruel, tan retorcida, que casi me ahogo con la necesidad de reír o de gritar.
— ¡Sí! ¡Deberías invitarlo de nuevo, papá! Es un tipo genial. Me explicó unas técnicas de entrenamiento que voy a probar mañana mismo en el partido —añadió Tomás con entusiasmo, ajeno a la tormenta que acababa de desatar, su admiración por Fabián un eco inocente de la mía, un recordatorio de cómo aquel hombre había logrado desmantelar las defensas de toda mi familia con una facilidad pasmosa.
— Vaya, parece que vuestro nuevo amigo causó una gran impresión. Es cierto que es un hombre encantador, Diego. Tiene una inteligencia y un carisma que no se ven a menudo. Se nota que viene de buena familia —terció Beatriz, su tono casual pero su mirada fija en mí, analizando mi reacción, sopesando cada microexpresión de mi rostro con la precisión de un joyero.
— Es un buen soldado, uno de los mejores que he visto en mucho tiempo. Pero no creo que sea apropiado mezclar tanto la vida profesional con la personal. La cena de anoche fue una excepción —respondí, mi voz saliendo más dura de lo que pretendía, cada palabra una traición a lo que sentía, una barrera de formalidad que levanté para protegerme a mí mismo de la mirada esperanzada de mi hija y de la escrutadora de mi esposa.
La luz en los ojos de Lucía se atenuó visiblemente, su sonrisa desvaneciéndose mientras bajaba la vista hacia su plato, una pequeña herida infligida por la mano de un padre que intentaba desesperadamente ocultar un secreto inconfesable. La culpa me carcomió, un ácido que se sumó al cóctel de emociones que ya me envenenaba, la certeza de que para proteger mi mentira tendría que romper el corazón de las personas que más amaba. El resto de la cena se sumió en una tensión sutil, la conversación volviéndose forzada y fragmentada, el fantasma de Fabián sentado a la mesa con nosotros, una presencia invisible que lo ocupaba todo.
— ¿Y tú qué hiciste esta tarde, Diego? Salí a las tres y no estabas. Te llamé al móvil, pero lo tenías apagado —cambió de tema Beatriz, su voz suave pero la pregunta afilada como un bisturí, una sonda lanzada a las profundidades de mi coartada.
— Fui al gimnasio. Necesitaba despejar la cabeza. Y luego comenzó a llover tan fuerte que decidí esperar a que amainara un poco. Debí quedarme sin batería, ni me di cuenta —improvisé, la mentira fluyendo con una naturalidad aterradora, cada detalle una pieza más en la elaborada ficción que estaba construyendo, una fortaleza de falsedades que se sentía cada vez más como una prisión.
Ella asintió lentamente, aceptando mi explicación en la superficie, pero sus ojos inteligentes no dejaron de observarme, buscando una incongruencia, una falla en mi relato. Conocía a mi esposa; su mente de estratega no descansaba nunca, siempre analizando, conectando puntos que otros no veían, y por un segundo aterrador, temí que pudiera oler la verdad en mí, que pudiera detectar el aroma de otro hombre en la camiseta que había escondido en el fondo de mi armario. El postre, una tarta de manzana casera que era la favorita de Tomás, fue servido y devorado, pero yo apenas lo probé, la dulzura de la fruta empalagosa en mi garganta, cerrada por la tensión.
— ¿Sabes, papá? Fabián me recordó un poco a ti —murmuró Lucía, su voz apenas audible, mientras retiraba su plato, y su comentario me golpeó con la fuerza de una revelación inesperada— Tiene esa misma… intensidad en la mirada. Como si siempre estuviera viendo más allá de lo evidente. Pero la suya es más cálida.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto, un vacío en el que su observación, tan simple y tan profunda, quedó suspendida en el aire. Beatriz me miró, una ceja ligeramente arqueada, una pregunta silenciosa formándose en sus labios, mientras yo me quedaba sin respuesta, desarmado por la percepción de mi propia hija. Ella había visto la conexión, había sentido la resonancia entre nosotros, y aunque la había interpretado de la forma más inocente posible, su verdad era una flecha que había dado en el centro exacto de mi secreto, dejándome expuesto y sangrando en mi propio comedor.
Cuando la cena por fin terminó y los niños subieron a sus habitaciones, dejando tras de sí un eco de sus voces y un rastro de platos sucios, Beatriz y yo nos quedamos solos en el comedor, rodeados por los restos de nuestra farsa familiar. Ella se levantó y comenzó a recoger los platos con una eficiencia tranquila, sus movimientos fluidos y llenos de una gracia que de repente me pareció extraña, distante. Yo permanecí sentado, paralizado, mi copa de vino a medio beber en la mano, el líquido rojo oscuro arremolinándose como la sangre culpable en mis venas, mi mente a mil kilómetros de distancia, en un apartamento de ladrillo rojo donde había encontrado y perdido la libertad en el lapso de unas pocas horas.
— Necesitamos hablar, Diego —anunció ella, sin mirarme, su voz tranquila pero cargada con el peso de una autoridad inquebrantable que me heló la sangre— No sé qué te ocurre desde anoche, pero no eres tú mismo. Y quiero saber qué es.
Me levanté de la mesa, la necesidad de escapar, de respirar, volviéndose insoportable. Caminé hacia el gran ventanal que daba al jardín trasero, observando las gotas de lluvia que aún resbalaban por el cristal, cada una un pequeño mundo distorsionado que reflejaba la fragmentación de mi propia alma. El reflejo en el cristal me devolvió la imagen de un hombre atrapado, un extraño con mi rostro, vestido con la ropa de un marido y padre devoto, pero con los ojos de un adúltero, un mentiroso, un hombre enamorado. La pregunta de Beatriz quedó flotando en el aire entre nosotros, una bomba de relojería cuyo tic-tac resonaba más fuerte que el latido de mi propio corazón aterrorizado, y supe, con una certeza devastadora, que la tormenta de fuera no era nada comparada con la que estaba a punto de desatarse dentro de las cuatro paredes de mi hogar. .