Mi espalda, vuelta hacia ella, se sentía como una muralla de papel a punto de ser derribada por la calma letal de su voz, cada segundo de silencio estirándose en una eternidad cargada de acusaciones no formuladas. El reflejo en el cristal me devolvía la imagen de su silueta inmóvil en el centro de la habitación, una reina evaluando a un súbdito rebelde en su propio salón del trono, y supe que la huida o la evasión eran tácticas inútiles contra un oponente de su calibre. Con la lentitud de un hombre que camina hacia el pelotón de fusilamiento, giré sobre mis talones para enfrentarla, convocando desde las profundidades de mi ser la máscara del Coronel Herrera, una fachada de control y autoridad forjada en años de disciplina, la única arma que poseía para sobrevivir a su interrogatorio. Enderecé los hombros, mi postura volviéndose rígida, inquebrantable, y la miré directamente a los ojos, un acto de desafío que ocultaba el pánico que hacía estragos en mi interior.
— Tienes razón. Perdóname. No he estado aquí esta noche, y no es justo para ti ni para los chicos —comencé, mi voz un barítono medido y grave, la admisión de una falta menor para desviar la atención del crimen principal— Es el trabajo, Beatriz. Esta nueva promoción de reclutas… es diferente. No son como las anteriores. Hay una complacencia en ellos, una falta de hambre que me saca de quicio, y siento el peso de cada uno de sus posibles fracasos futuros como si fueran míos.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho, un gesto de escepticismo protegido, sus ojos verdes fijos en los míos sin parpadear, sopesando mis palabras en la balanza de su mente analítica. No se había movido, pero sentía cómo su inteligencia se acercaba, rodeándome, buscando una fisura en mi defensa. El olor a cera de abeja de los muebles antiguos y el aroma residual del estofado se mezclaban en el aire, fragancias de un hogar estable que de repente se sentían asfixiantes, los barrotes invisibles de mi jaula dorada. La necesidad de Fabián, de la honestidad cruda de su apartamento, del sabor a lluvia y a libertad en sus labios, era un grito silencioso en mi garganta, un anhelo tan intenso que temí que se materializara en el aire entre nosotros, visible a sus ojos astutos.
— Siempre has lidiado con la presión, Diego. Es parte de lo que eres, la manejas mejor que nadie que conozca. Esto es distinto. Hay algo más. Te fuiste esta tarde y te desconectaste del mundo. Eso no es propio de ti, ni siquiera en tus peores días —insistió, su voz perdiendo el filo para adoptar un tono de genuina preocupación que era, de alguna manera, mucho más peligroso, más difícil de rebatir.
Di un paso hacia ella, acortando la distancia física para intentar cerrar la brecha emocional que se había abierto entre nosotros, mi movimiento una maniobra calculada. Tomé aire, preparando el escenario para la pieza central de mi actuación, la mentira que debía ser tan perfecta, tan redonda, que no dejara lugar a la más mínima duda. La miré con una vulnerabilidad ensayada, una grieta deliberada en la armadura del Coronel para dejar entrever al marido exhausto que necesitaba su comprensión, su absolución.
— Tienes razón, es más que eso, y no he sido justo al no contártelo. La verdad es que he estado sintiendo una presión inmensa, no solo por los reclutas, sino por todo; por mantenerme a la altura de las expectativas, de las tuyas, de las mías, y creo que estoy llegando a un punto de agotamiento que no había sentido antes. Esta tarde, después de salir del gimnasio, en lugar de venir directo a casa, me sentí tan saturado que necesitaba caminar, simplemente poner un pie delante del otro y no pensar en nada. Me atrapó la tormenta, una estupidez por mi parte no haber previsto la intensidad con la que caería, y me empapé hasta los huesos, lo que ya de por sí fue frustrante, pero lo peor fue que el móvil, que llevaba en el bolsillo de la chaqueta, se mojó por completo y quedó absolutamente inservible. Intenté encenderlo, secarlo, pero estaba muerto, y la sensación de quedarme completamente aislado, sin poder llamarte para decirte que estaba bien, que llegaría tarde, se sumó a la frustración que ya sentía, haciéndome sentir un incompetente. Por eso, cuando llegué, lo único que quería era darme una ducha caliente, quitarme la humedad y el fracaso de encima y preparar una cena que nos hiciera sentir que todo estaba en orden, que yo seguía teniendo el control, aunque por dentro me sintiera como un completo desastre.
Mi monólogo fluyó sin interrupciones, una cascada de palabras cuidadosamente elegidas que mezclaban la verdad de mi agotamiento emocional con la ficción de los detalles, todo ello envuelto en un manto de vulnerabilidad que sabía que ella encontraría difícil de rechazar. Observé su rostro mientras hablaba, notando el cambio casi imperceptible en la tensión de su mandíbula, la forma en que sus ojos verdes perdían su brillo inquisidor para teñirse de una suave compasión. La historia era coherente, explicaba mi ausencia, mi teléfono muerto y mi estado de ánimo distante; encajaba perfectamente en la narrativa del hombre disciplinado que se empuja a sí mismo hasta el límite. Vi cómo la duda se retiraba de su expresión, como una marea que retrocede, dejando tras de sí solo la orilla familiar de la preocupación y el afecto. La estratega había sido superada, no por una mentira burda, sino por una verdad cuidadosamente adornada.
Su postura se relajó, los brazos cayendo a sus costados, y suspiró, un sonido suave que fue mi señal de victoria. Se acercó a mí, cerrando los últimos centímetros que nos separaban, y su mano, cálida y delicada, se posó en mi pecho, justo sobre el corazón que martilleaba con la adrenalina del engaño. La textura de su vestido de seda rozó mi brazo, un contacto familiar que de repente se sentía ajeno, un eco de una vida que se desvanecía. Levantó la otra mano y acarició mi mejilla, sus dedos trazando la línea de mi mandíbula con una ternura que me quemó como una brasa.
— Deberías habérmelo dicho, idiota —susurró, su voz ahora desprovista de toda sospecha, llena solo de un amor protector que no merecía— No tienes que llevar todo el peso tú solo. Somos un equipo, Diego, siempre lo hemos sido. Si te sientes abrumado, tienes que apoyarte en mí. Odio la idea de que estuvieras ahí fuera, solo bajo la lluvia, sintiéndote así.
Se puso de puntillas y sus labios se encontraron con los míos. Fue un beso suave, reconfortante, un sello de paz y de confianza restablecida, un acto de intimidad que se sintió como la más profunda de las traiciones. Respondí al beso con una pericia nacida de dieciocho años de práctica, mis manos encontrando su cintura, atrayéndola hacia mí en un abrazo que era a la vez una mentira y un refugio. Por un instante, me permití perderme en la familiaridad de su boca, en la seguridad de su amor, pero el fantasma de otro beso, uno desesperado y hambriento bajo la lluvia, se superpuso a la realidad, el sabor a café amargo y a Fabián un regusto imborrable en mi memoria.
— Tienes razón. El fin de semana en el lago es una idea excelente. Lo necesitamos —murmuré contra sus labios, usando sus propias palabras, sus propios planes, como el último clavo en el ataúd de sus dudas.
— Lo sé —replicó ella, sonriendo— Ahora, voy a darme un baño y a meterme en la cama. Ha sido un día muy largo para todos. No tardes en subir.
Se apartó de mí con una última caricia, se dio la vuelta y caminó hacia la escalera, su silueta elegante ascendiendo hacia la penumbra del segundo piso, dejándome solo en el comedor brillantemente iluminado. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo de arriba y el sonido suave de la puerta de nuestro dormitorio al cerrarse. La crisis inmediata había sido desactivada, la amenaza neutralizada. Había ganado. Pero mientras me quedaba allí, de pie en medio del escenario de mi crimen, rodeado por el orden perfecto de mi vida y el olor a hogar, la victoria se sentía exactamente como una derrota. El silencio que descendió sobre la casa ya no era pacífico, sino ensordecedor, un vacío que se llenó al instante con el eco de mi propia traición y un anhelo por Fabián tan agudo y tan doloroso que me dobló por la mitad, obligándome a agarrarme al respaldo de una silla para no caer.