Retira el dedo. Pero no me lo muestra a mí. Se lo muestra a su hermano, quien mira mis flujos impregnados en esa pequeña extremidad con fascinación. Entonces lleva el dedo a mi boca. Yo lo succiono. Siento el sabor de mis propios flujos. Veo la cara Matías, que sonríe con perversión. —¿Ves? Podemos hacerle lo que queramos —le dice a su hermano. Entonces me da un beso—. Me encantó el sabor —agrega cuando nos separamos. Miro de reojo a Julián. La situación lo está superando. Está a punto de irse, de largarse a llorar, o de matarme. Así que pienso en una manera de retenerlo: darle protagonismo. —¿Y Cómo me van a coger? —pregunto, mirándolo a él. Julián se separa de mí de pronto. Sus ojos se clavan en los míos, pero su cuerpo se aleja. Por algún motivo temo que se vaya, tal como había pen

