Julián se posiciona detrás mío. Siento cómo se alinea con mi cuerpo, cómo sus manos me ajustan, cómo me prepara con un cuidado sorprendente. Me sostiene por la cintura, sus dedos hundiéndose apenas en la carne aceitosa. Matías se queda a un lado, con los ojos fijos en los míos, con una sonrisa entre cómplice y poseída. Su mano me acaricia el rostro con lentitud, como si intentara calmarme, aunque sabe que no estoy asustada. Y entonces sucede. El movimiento es firme, profundo, pero también lento, decidido, inevitable. Julián me penetra desde atrás con la fuerza de alguien que soñó demasiado tiempo con ese momento. Siento la tensión en mis muslos, el temblor en mis brazos, el leve crujido del placard bajo mis manos, todo componiendo una música muda que solo nosotros podemos entender. La v

