Todavía tengo el cuerpo tembloroso. Me arde la piel como si estuviera al sol, como si algo me hubiera quemado desde adentro. Estoy sentado en el borde de la cama, con las piernas abiertas, el torso brillante y tibio, respirando como si acabara de correr una maratón y no de perder la cabeza mientras mi madrastra me chupaba la pija. Y sin embargo, ahí está ella, todavía en pelotas, igual que yo y mi hermano. La veo moverse por la cama con calma. Empieza a gatear por las sábanas, con la espalda arqueada y el culo levantado. Todavía tiene aceite en el cuerpo, pero ahora está mezclado con sudor y la fricción con las sábanas le quitó bastante. Hay zonas donde brilla y otras donde se opaca, como un lienzo usado por una noche entera. Está en cuatro, delante de mí, y avanza lentamente, alejándos

