ANA No quiero tener esta responsabilidad moral que con Marcela finjo, al final, asiento, Kabil ni siquiera me mira. La carga con una facilidad humillante, ignorando mi existencia. Caminando con ella en brazos, apretada contra su pecho, mientras yo les sigo el paso. En el corredor no hablamos, algunos chicos y chicas que pasan por ahí, nos miran como si nos hubiesen salido dos cabezas, no los culpo, la escena en sí, parece salida de una película de terror. Llegando a la enfermería, entro detrás de ellos, no hay nadie. Kabil se mueve con fluidez por todo el sitio, sacando cosas necesarias para su revisión. —Tienes hinchado el tobillo, pero no es nada grave —le dice él, con ese tono ronco que me da náuseas—. ¿Puedes ponerte de pie? Me cruzo de brazos, él la mira distinto, no como a las

