ANA Otra vez la oscuridad me recibe antes de abrir los ojos. Una punzada aguda se clava detrás de mí, frente y un latido furioso palpita en mis sienes. El sudor reposa frío sobre mi nuca, pegando mechones de cabello revuelto en mi piel. Respiro con cautela, como si el aire pudiera delatarme, y el inconfundible aroma masculino a desodorante deportivo, madera y sábanas usadas invade mis pulmones. No es mi habitación. No es mi cama. Parpadeo, la luz tenue del amanecer hiere mis pupilas. Reconozco la pared cubierta de pósters de bandas rockeras que Tyson colecciona, los trofeos de fútbol americano que alinean su repisa como centinelas dorados, y la camiseta encuadrada con su número “80” firmada por todo el equipo. Un rugido mudo se forma en mi garganta. ¿Cómo demonios terminé aquí? Me inco

