NARRADOR OMNISCIENTE El reloj marcaba las diez con cuarenta y ocho. En la habitación de Selene, la luz cálida de las lámparas colgantes se reflejaba en las paredes rosadas y los espejos que multiplicaban su imagen hasta el infinito. Tiradas por doquier, almohadas con lentejuelas, mantas de felpa y botellas abiertas de refrescos light, daban testimonio del caos festivo de la pijamada. Risas agudas, gritos, murmullos y susurros llenaban la casa, aunque todos esos sonidos parecían filtrarse desde muy lejos en los oídos de Selene, que permanecía sentada sobre su cama, el cuerpo reclinado contra una montaña de cojines y los pies cruzados, envueltos en unas medias hasta el muslo. Leía una revista de chismes. O más bien la hojeaba con desdén, deteniéndose solo en los titulares más escandalosos

