ANA Todo se ralentiza, no de nuevo. Miro hacia la izquierda y el balón vuela en dirección a Dylan. Pero él lo atrapa sin vacilar, sin pestañear, como si lo esperara. Firme. Masculino. Preciso. Mi mirada se fija en sus manos, en su control, actuando como si el universo lo eligiera para un comercial de Nike. Pero todo eso se desvanece tan rápido como aparecen los recuerdos de lo que me pasó. Me recuerdo por qué un chico así nunca se quedaría con alguien como yo. Todos son iguales. Estoy por rechazar su invitación cuando él lanza el balón hacia el otro lado del campo. Y ahí está, Kabil, de pie, esperando, recibiendo el balón con la facilidad de un dios griego con ansias de guerra. Su mirada me atraviesa como cuchillas ardientes. Hay rabia. Hay deseo. Hay amenaza, y Dylan, pobre tonto, s

