JACKSON WALKER
La llamada de Kusko me saca de onda, el humo de la hierba me aprieta la garganta desde adentro y suelto todo de malhumor. La niñita de cabello rojo no para de gemir mientras le meto los dedos en la v****a de manera descarada y pública, hay mucha gente en los alrededores de la jaula, pero nadie mironea lo que no le importa. Excepto Carlos que me pone mala cara y saco mi mano del vestido de la zorra de preparatoria que se junta con su hermana.
No voy a cogerla, pero me divertiré un poco con ella.
Contesto el celular y una avalancha de maldiciones se ciernen sobre mí como balas en un tiroteo, me jode tener que aguantar todo este lío por culpa de Camille. Si la hija de puta no hubiese interferido en la pelea yo habría ganado el dinero y Kusko la apuesta.
—Hijo de puta, voy a arrancarte el cuello —Está de mala leche y entiendo su cabreo porque yo estoy igual o peor—. Te dije que te ganaras tú mismo el dinero con el que te salvarías el culo y mira lo que lograste. No haces ni una sola puta cosa bien.
—No perdí.
—A la mierda tu orgullo, perdiste el dinero que aposté y perdiste la ganancia con la que pagarías la mercancía que te decomisaron, misma que me debes ahora por no hacer tu trabajo.
Tanta mierda no puede estarme cayendo justo ahora.
—Voy a arreglarlo, hombre. Déjame un momento en paz.
—No, viniste en la tarde a pedir dinero en préstamo. Ahora me debes lo que aposté por ti en la pelea y debes lo que te decomisaron en el puerto.
Kusko es un hijo de puta cincuentón que conocí a los dieciocho cuando casi me matan los hombres de Adam, el tipo se convirtió en mi aliado tras darse cuenta de mi valentía y coraje para deshacerme de quienes no le pagaban a tiempo. Un prestamista involucrado en el bajo mundo que necesitaba un matón que cobrara y se ensuciara las manos por él, soy de su confianza y él es de la mía.
Es el socio principal de Marcos, rival número uno de Adam dentro.
Temprano cuando fui a verlo le pedí ayuda con dinero, él dijo que apostaría por mí en la pelea, que cuando ganara le devolviera el préstamo y la ganancia sería para pagar la mercancía perdida, lo que me quitaría la soga del cuello.
Pero aunque técnicamente no perdí la pelea porque fue suspendida sí perdí todo.
—Tengo ahorros ¿vale? Pero no me alcanza para sacar lo que perdí ¿Cómo pretendes que te pague? ¡No me jodas, viejo! Dame tiempo.
—Jackson, Jackson, maldito crío sin familia. Ven mañana a buscar la mierda con la que vas a pagar tu vida, pero me debes el doble y también el pellejo. Marcos va a enloquecer cuando sepa.
Me permito respirar otra vez.
Georgia aprieta mi brazo y deja un beso en mi cuello que me cabrea, la arrimo con cuidado para que no me toque.
—De acuerdo.
Kusko cuelga.
Estaré hasta la mierda con la deuda, pero prefiero deberle la vida a Kusko y no ochocientos mil millones de dólares a la mafia Colombiana que a su vez tiene pisado a Marcos.
Carlos se acerca al ver mi expresión. Alza el mentón en una clara señal de que espera que hable.
—Kusko me acaba de salvar el culo otra vez, llama a Franco y dile que tenemos el dinero de la mercancía decomisada en el puerto.
El rubio se pasa las manos por el pelo, tranquilizándose de inmediato.
—Qué puta suerte te gastas, joder.
Me encojo de hombros, Georgia se acerca una vez más y deja su mano sobre la cremallera de mi pantalón sin disimulo.
Tan pequeña y tan zorrita.
—Ahora venimos —Le aviso a mi mejor amigo antes de llevarme a la puberta lejos de aquí, si coger es lo que quiere para que deje su explosión hormonal pues lo tendrá, espero que así deje de ser una maldita acosadora.
••••••••••••••••••••••••••••••••
CAMILLE COLLEMAN
Mantengo la vista fija en el libro de literatura, no leo nada en realidad, intento distraerme del regaño tremendo que mis oídos captan porque Carlos es un chismoso que le ha contado a Marsella lo sucedido anoche en la pelea. Pongo los ojos en blanco consiguiendo que el rubio me arranque el libro de las manos.
—Vuelve a girar los ojos y voy a patearte el culo —Me amenaza el muy hijo de puta—. Respeta, Camille.
Su descaro no me impresiona.
—Púdrete.
Estrella el libro sobre la mesa haciéndome brincar del susto y me señala enojado.
—Estoy cansado de tu maldita actitud de niñita rebelde. Deja de culpar a mamá por todo...
—¿Y tu actitud qué? —Cojo mi libro, saliendo de la silla. Debo estudiar para mantener buenas calificaciones que me permitan graduarme este año y lo único que he conseguido es despertarme el odio con los absurdos regaños de Carlos y de la bruja rubia—. De todo me culpas a mí, yo lo único que hice fue salvarle el culo al imbécil ese que bien malagradecido es, además le llevé a Georgia, me debe dos favores ¿no?
—No se trata de Jack y Georgia. Se trata de tu maldita actitud.
—¡¿Cuál maldita actitud?!
—¡ÉSTA!
—¡Ya basta! —grita la rubia.
Mi hermano y yo cerramos la boca enseguida. No dejamos de vernos, dando inicio a una batalla de miradas que es finalizada por la bruja que se interpone entre él y yo.
Oh, hasta que por fin la sin vergüenza abre la boca.
—Sí, ya basta —Aún debo arreglar mi bolso y se me hace tarde para llegar al instituto.
Carlos sigue dando su maldito discurso infinito de cadena nacional, lo ignoro como siempre y me voy de regreso a la habitación. Estoy harta de los regaños, harta de mi familia, harta de ser un maldito cero a la izquierda y sobre todo harta de que Georgia me quite todo lo que quiero.
Aunque la pobre ni culpa tiene, solo compartimos gustos.
Guardo mis cuadernos con premura y trastabillo por el pasillo mientras avanzo a contrarreloj de mal humor. No obstante, todo empeora cuando Marsella abre su gran bocota.
—Carlos se fue, no piensa llevarte más al instituto. Esta vez te lo has ganado.
¿Que me lo qué? ¡Qué se joda!
Aprieto los puños, haciendo de todo internamente para no gritarle a la cara que es una mala madre y salgo de la casa echando chispas. Entiendo que no debí haber ido a la pelea de Jack y mucho menos sabotearla, debí dejar que lo apuñalaran por malagradecido, pero tampoco era para armar semejante escándalo.
No actué de mala fe, sólo hice lo que una chica normal habría hecho para cuidarle el culo a su crush.
Las calles rebosan de peatones, y a unos metros más adelante de mí caminan los hermanos Bonillo diciéndose groserías, cosa que no es muy inusual en ellos —Malditos vecinos— quizás es exagerado odiar niños, y peor aún niños que han sido mis vecinos desde que tengo conciencia, pero ¡Santa madrecita bendita! Esos mocosos del diablo son Chucky multiplicado por tres al cuadrado, a veces ni me dejan dormir por sus peleas y gritos —Y también por el hecho de que viven en la casa de al lado—. Mientras doy zancadas los veo y detallo cada uno de sus movimientos.
Sus padres son Chilenos, razón por la que costumbres latinas desbordan en esa familia. Se llevan de maravilla con Marsella.
Solo son niños. —Pienso. Y es cierto, después de todo en pocos meses ya seré una universitaria y que odie a mocosos mal bañados es algo patético.
Los alcanzo, voy justo detrás de ellos escuchando su sucia conversación que incluye pornografía y rubias de culos grandes.
El más alto de los hermanos se detiene, haciendo que le pise la parte trasera de su zapato derecho.
—¡Maldición! —chilla y yo me paralizo avergonzada. Albert tiene quince años.
—Lo siento, Albert.
—Tenías que ser tú, niña cara de niño... Siempre tan tonta y fea.
Ah ya recordé otro motivo de desagrado hacia ellos.
Me odian y no sé por qué lo hacen.
—Bicha fea —Me dice el hermano menor, es sólo un niño de diez años con un gigante espacio en su encía, al parecer tiene muchos años esperando que sus incisivos crezcan. Alexander se llama el demonio ese—. Pelo de chicharrón.
Instantáneamente llevo las manos a mi cabello y compruebo que todo está en orden, el gesto estúpido de mi parte les arranca risas de burlas a los hermanos, los cuales continúan caminando mientras refunfuñan insultos en mi contra.
Decido cambiar de acera, de esa forma no tengo que ir acompañada de dos mocosos insoportables, además puedo esperar el autobús en la otra calle.
Todo lo que hago para evitar el bullying de mis vecinitos.
Sí, así de patética soy.
El celular me vibra contra el bolsillo de mi pantalón, lo sacó a duras penas y contesto. Es Georgia.
—¿Adivina quién durmió con el chico misterioso? —Su chillido me pone de mal humor. Aunque al mismo tiempo siento un vacío que se expande por mi estómago. Mis ojos se humedecen.
No se te ocurra llorar, Camille.
—No me interesa.
—¡No seas estúpida! Claro que quieres saber los detalles.
—Geor...
—Mueve el trasero para contártelo todo. —La escucho reír, hay ruido de fondo. Seguramente ya está en el instituto. Me trago el nudo que se forma en mi garganta.
Cuelgo antes de que me eche a llorar como la fracasada empedernida que soy. No puedo culpar a la pelirroja, después de todo ella no sabe nada sobre mi enamoramiento.
Me guardo el celular en el mismo bolsillo y cierro los ojos con fuerza, intentando alejar cualquier pensamiento estúpido sobre Jack. Pero como soy tan torpe tropiezo con un pedazo de acera levantada y caigo al suelo golpeándome la frente.
Maldita acera.
Maldito mundo.
Malditos todos.
Me pongo de pie intentando levantar mi dignidad, aunque esta última se rehúsa. Limpio mis pantalones, el simple gesto me genera ganas de llorar porque soy una estúpida torpe. La frente me arde por el golpe e imagino que una protuberancia va a crecerme allí. Compruebo que nadie me haya visto caer pero no es así, los hermanos Bonillo se ríen de mí.
Ya quisiera verlos caer algún día.
Llevo los dedos a mi frente y siento el chichón que me hace jadear un poco, duele.
—Hey —No presto atención porque me enfoco en sobarme las rodillas que también me duelen—. Colleman.
Y acto seguido me dan tres infartos continuos que me ponen a sudar como cerda.
Hasta me deseo mi propia muerte.
El corazón se me estruja cuando volteo y veo a Jackson sobre su motocicleta, orillado muy cerca de mi posición. Baja de ella y se acerca.
Desvío mi atención de él y trato de no verme nerviosa por su aparición repentina,
¿Qué hace aquí? O mejor, ¿Por qué no lo vi antes? ¿Por qué no le reconocí la voz? ¿Me vio caer como estúpida?
—Tremenda caída que te diste ¿Estás bien?
Por supuesto que lo hizo.
—No mejor que tú. —El sarcasmo en mi voz lo hace mirarme extraño. Y yo quiero darme tres mil cachetadas por sonar como una serpiente venenosa.
No soy una tóxica, lo juro.
—Eso está claro.
Patán.
—¿Qué quieres? —Me irrita verle la cara de imbécil que tiene y saber que durmió con mi amiga—. No me digas que vienes a agradecerme por llevar a Georgia y que te la pudieras coger ¿Pretendes hacer eso? qué poco hombre eres.
Su risa prepotente me pone de peor humor.
Celos, malditos celos.
—Vine por Carlos, pero en vista de que no está le enviaré un paquete contigo.
Ni de chiste estaré cerca de este sujeto moja bragas.
Sigo con mi camino, ignorándolo. Pero coge las cintas de mi morral y jala, reteniéndome.
—Dale esto. —Y extiende una pequeña caja marrón hacia mí.
—Ni que fuera mensajera o...
—Vamos, Colleman, debo irme. —insiste.
Lo miro dudosa.
—¿Y si un policía me detiene?
—¿Eso qué importa, niña?
Admito que lo de niña dolió.
Auch.
¿Alguien tiene una curita para mi pobre corazoncito?
—No pienso andar con cargamento ilícito, Jackson. No soy alguna mula y definitivamente no me voy a prestar para eso.
Sus manos llegan a mis antebrazos en milisegundos, sujetándome fuerte y asustándome en el acto.
—No vuelvas a decir eso. —Su mandíbula se aprieta tanto que parece que va a romperse.
—¿Decir qué? ¿Que eres un vendedor de drogas o un drogadicto?
Sólo lo digo por molestar. No es algo que me conste.
Y aunque siempre he tenido mis sospechas es un tema bastante delicado que no quisiera confirmar.
—No digas estupideces, Colleman.
—Drogadicto —repito.
Su agarre se aprieta con más fuerza y yo vuelvo a hablar.
Estás cruzando el límite, Camille.
—Drogadicto.
—¿Quieres que te asesine? —Me suelta. Trago saliva.
Eso no puede decirlo en serio ¿O sí?
Me retracto entonces.
—Dale este maldito paquete a tu hermano, y en cuanto vuelva a escuchar estupideces de tu parte considérate en peligro.
—¿Me estás... amenazando?
Siento la boca seca, las piernas me tiemblan. El castaño toma mi mano bruscamente, depositando sobre ella la maldita caja.
—Tómalo como te dé la puta gana, mocosa.
•••••••••••••••••••••••••••••••••••••••••
Hay patrullas alrededor del instituto, los policías hablan con el director en la entrada y los estudiantes se ven bastante alarmados y eufóricos, murmurándose cosas inaudibles. Me huele raro toda esta situación, pero ignoro lo que ocurre y emprendo mi viaje por el pasillo pensando en el intenso encuentro que tuve con Jack y en lo mucho que me dolieron sus palabras violentas.
Cuando me pierdo en mi propio mundo suelo ser más torpe que de costumbre y justo por ello termino chocando contra la espalda de mi hermano que va adelante con el bolso que me robó en el hombro.
Perfecta casualidad.
—Maldita sea, Camille. ¿No puedes tener más cuidado? Pareces un...
—Lo siento, no te vi. Y no te preocupes que no me interesa hablar contigo, tengo muy en cuenta las reglas —Le corto su rollo criticón, rebuscando en mi morral el paquete que me dio Jackson para él—. Tu novio te mandó algo.
Bufa por mi comentario homosexual y se cruza de brazos esperando que encuentre lo que le han enviado.
—Tengo que entrar a clases, muévete. Por cada segundo charlando contigo mi reputación se va al caño.
Ruedo los ojos.
—Sí claro, como si fueses tan estudioso —Por fin encuentro lo que tengo para él y se lo entrego—. Llegó tarde según él y decidió dármelo a mí en lugar de venir hasta acá, que idiota es... Aunque eso no es necesario decirlo, ya todos lo sabemos. Me cae cada vez peor, al igual que tú.
El rubio coge la cajita y me da la espalda, ignorándome y saliendo de mi vista.
A veces pienso que odia ser mi hermano, y aunque en momentos siento que lo detesto me duele que sea así, después de todo es mi hermano, el único que tengo.
Dejo escapar un suspiro y continúo con mi camino hasta el salón, planeo hacerme de oídos sordos para no escuchar los detalles explícitos de la noche de Georgia con Jack, seré torpe y poco femenina, pero tengo sentimientos.
—¡Cam! —chilla la pelirroja al verme.
¿Algún otro castigo, señor?
—No me interesa como te reventó el útero, no me interesa saber a qué olía el muy maldito, tampoco quiero saber si te mordió y todas esas clases de mierdas que implican el tener sexo ¿Bien? —Suelto borde, dejándola helada y sin tiempo de siquiera decir un simple: Hola. Hago una pausa y respondo por ella—. Bien, perfecto. Ahora quítate que voy tarde.
Fue fácil.
—Auch, casi no dolió ¿eh? Creí que querías saberlo todo, somos mejores amigas.
—Error, somos buenas compañeras de clases.
Sí, soy muy sincera.
—Auch, eso también dolió.
Pregúntame si me importa.
—Mejor explícame por qué demonios hay tantos policías allá afuera.
—Escuché por los pasillos... —Hace una pausa y me detiene para susurrar cerca de mí con cuidado—. Que han estado vendiéndole drogas a los estudiantes, y es alguien de aquí.
¿Qué?
Y todo hace clic.
Inmediatamente uno los cabos, por ello Jackson no vino hoy como siempre lo hace, por eso me envió a mí con el cargamento siendo una tonta inocente que no tenía idea de lo que llevaba en el bolso.
Entro en negación por dos segundos, pero es en vano. Algo me dice que no es tan descabellado lo que pienso.
Mi hermano está metido en ese bajo mundo por culpa de Jack, y me niego a haber sido una víctima que trasladó drogas sin saberlo.
Intento aclarar mi mente pero es tanta la rabia e impotencia que me dejo llevar por mis típicos impulsos carentes de raciocinio y echo a correr hasta el salón de mi hermano, el cual acaban de trancar porque el profesor ya está adentro.
Escucho a Georgia detrás gritándome como loca que qué voy a hacer y a dónde voy. Pero me desconecto de cualquier filtro y abro la puerta con unas ganas tremendas de matar a palos a quien se me acerque.
El profesor que está adentro se me queda viendo, sorprendido. Y el resto de los estudiantes me miran algo desencajados.
Sí, he interrumpido y me sabe a culo.
Carlos está sentado en los pupitres de enfrente extrañamente.
—Eres un maldito irresponsable. Me utilizaron para sus cochinadas, nunca te creí capaz de eso, no pensé que me expondrías de esa manera. Te odio, eres un asqueroso humano.
Las caras de todos es de sorpresa total, incluso el profesor intenta hablar pero antes de que articule alguna palabra me doy cuenta de que he actuado sin pensar.
Asustada y apenada me doy la vuelta y me alejo de allí corriendo con lágrimas en los ojos. Se supone que Carlos debe protegerme porque es el hombre de la casa, papá siempre lo decía, pero nada es como debe ser.
Ni tengo una vida normal, ni una familia normal.
En un intento por alejarme de toda esta situación aprieto las cintas de mi mochila con fuerza y salgo del instituto, alejándome de los pasillos, de los salones, y de todo.