3- Parte 2

1749 Palabras
Miro el porro entre mis dedos y el corazón casi se me sale, estoy muy nerviosa. Ya lo he hecho otras veces pero ahora no se me antoja. —¿Crees que sea buena idea? Fumar hierba teniendo en cuenta que soy asmática no me parece tan divertido como antes cuando era una rebelde que quería morirse de una crisis para escapar de la vida que me tocó. —Cam, nena. Esto te hará olvidar cualquier problema que tengas —Sonríe con tanta arrogancia que siento nauseas—. Es sólo para que te relajes, no seas aburrida. —Vine porque necesito hablar con alguien. Eres mi amigo ¿no? —Es sólo un maldito porro —Bufa, arrancándomelo de la mano para encenderlo él. Dejo escapar el aire que he almacenado en mis pulmones y la tensión desaparece, el simple gesto me cae mal porque no quiero ser una aburrida, y mucho menos una cobarde—. Bien, dime. —Creo que Carlos vende drogas. La carcajada que se le escapa es como un balde helado de agua cayéndome encima. —¿Acaso lo dudabas? No seas tonta, Jackson anda con él, las alimañas siempre se juntan. —Carlos no es una alimaña —Me quejo. Aunque pensándolo bien...— ¿Jack sí es... —Eres muy inocente —Toma mi barbilla, sonríe. Sus ojos dilatados me hacen saber cuan drogado está, y aún así no le temo. Llevo conociendo a Robbie dos años y es un buen chico que ha sido golpeado por la vida de manera más dura que yo—. A veces me pregunto por qué no estamos juntos. Retrocedo burlándome y él sonríe derrotado. Nunca deja atrás sus insinuaciones aunque sabe muy bien que sólo lo veo como un buen amigo. —Jack vende en todo Nueva York, tu hermano solo es un dealer de rango bajo, un vendedor cualquiera ¿Por qué crees que tu instituto estuvo rodeado de patrullas hoy? La poli descubrió que alguien distribuye en el área —Habla haciendo que un escalofrío corra por mi espalda ¿Y él cómo lo sabe?—. El dato llega rápido, cariño. Ya todos saben que venden drogas en el St. Jude. Confirmar la idea me duele. —¿Por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué no hasta hoy? ¿Y tú como sabes todo eso? —No era rollo mío abrirte los ojos, y lo sé porque consumo. Le arrebato el porro de la mano y le doy una larga calada que me hace picar la garganta. Termino tosiendo. Maldición. —Era que fumaras un poco, no que te mataras. Dame acá —Me lo quita de las manos, pegándome un manotazo en la espalda que me saca el humo por las malas. Ambos terminamos riendo por la estupidez de la situación. Me sostengo de su hombro y la melancolía golpea mis neuronas. —Gracias por estar siempre para mí. Robbie es de esos amigos con los que no deberías juntarte porque se portan mal y hacen cosas indebidas, aquellos con los que nuestros padres siempre nos prohíben andar por ser malas conductas pero que resultan más fieles y leales que cualquier santurrón. Sonríe y se me hace lindo con los hoyuelos que aparecen en sus mejillas, no son como los de Jack, pero tampoco es desagradable a la vista. De un rápido movimiento me besa y dejo que lo haga. No es la primera vez que sucede, y aunque no me molesta siento que algo se rompe dentro de mí cada que pasa. Porque no lo quiero de esa forma, sólo como un buen amigo. Sus labios se acercan nuevamente y me alejo. —No, esto no es bueno para ti —No quiero que se ilusione porque no podré corresponderle y es bien jodido cuando te enamoras solo. Él hace una mueca de disgusto—. Solo somos amigos, esto no es sano. Deja pasar su malestar y sonríe, pasándome el brazo por sobre los hombros. Resignado. Robbie es la única persona en la que puedo confiar. Mi buen y mejor amigo. Por la tarde, avanzo por la acera con el morral al hombro, pesa un montón y no sé porqué, razón por la que camino como una jorobada. Me urge llegar a casa, darme un buen baño y dormir un poco, son casi las cinco de la tarde y seguramente Marsella brilla por su ausencia, en cuanto a mi hermano es probable que ande con su amigo vendiendo mierdas o perdidos en alguna fiesta. Me detengo frente a la puerta con las llaves en las manos y respiro profundo antes de entrar, no sé qué es peor, si ir al instituto o volver a casa por las tardes. Odio que papá no esté, odio a Marsella y odio en lo que se convirtió mi hogar. Me distraigo un poco pensando en que se acerca mi cumpleaños y le pediré a papá mudarme con él, no quiero quedarme aquí. Además es mi padre, no debería existir ningún inconveniente. Abro la puerta y mi ritmo cardíaco se acelera por el impacto de encontrarme unos ojos grises fijos en mi dirección. No me jodas. ¿Qué carajos hace él aquí? ¿Por qué diablos me castigas, señor? Tiro la mochila a un lado y avanzo hacia su ubicación sin reparar a la rubia patética que lo acompaña. No voy a tolerar que venga más para acá, y menos conociendo lo que hace realmente. Es tóxico, dañino. —Quiero que salgas de mi casa ahora —ordeno. —¡Camille! Mi madre me regaña, no dejo de mirar al demonio sexy que tengo delante y mis piernas temblequean un poco con la mirada helada que clava en mi cara, no le aparto la mirada intentando demostrar que no le tengo miedo ni que me ha puesto nerviosa. —¿Hasta cuándo tú, niña mal educada? —Tranquila, señora Marsella. En cuanto termine con ella me iré. Habla calmado. Quien no lo conoce que lo compre. Ya va, ¿En cuanto qué? —¿Conmigo? —Siento un extraño vapor salir de mis poros. Estoy hiperventilando. Él ni me mira, le sonríe a la rubia. —Bien, cariño. Carlos ya debe estar por llegar de igual manera —Marsella le regresa la sonrisa y camina con su aire de superioridad hasta la salida de la casa, huyendo de mí y de sus responsabilidades como siempre. Largándose a la calle. La miro cerrar la puerta, perdida en mis pensamientos hasta que el sujeto cuya presencia he olvidado se aclara la garganta. Volteo a verlo, me tenso bajo la mirada oscura que me penetra con frialdad. —No tengo nada que hablar contigo. Intento huir, pero sus suaves dedos sujetan mi antebrazo derecho con fuerza, deteniéndome. —Te equivocas, tenemos mucho de qué hablar. Y empezaré diciéndote que si abres la boca te arrancaré la lengua. No me conoces y no me importa sacarte del camino ¿entiendes? Trago saliva, procesando lo que ha dicho. Es una amenaza. —¿Entiendes sí o no? —Repite de mal humor. Asiento con los ojos muy abiertos. —No me gusta que frecuentes a Robbie, así que no lo verás más. Él no es bueno para ti. ¿Qué... Cómo sabe que...? —No tengo que hacer lo que tú digas, no eres mi padre ni mi hermano. Me alejo de su toque, clavando la mirada en el suelo, nerviosa, tratando de escapar de sus ojos y retrocediendo para estar tan lejos como pueda de él. Resopla, entre aburrido y enojado. —Vendo —Confiesa— Paso drogas por las fronteras, trafico. Y ahora lo sabes, yo te lo confirmo, eres cómplice por eso —Niego asustada—. Tu hermano trabaja para mí como distribuidor y así poder pagar la comida que te tragas y la ropa que usas, porque tu madres es una irresponsable de mierda, una apostadora compulsiva que ha dejado sobre el hombro de Carlos sus deberes, de no ser por lo que hacemos morirían de hambre —Me quedo congelada, mirándolo avanzar hacia mí. El brillo en sus ojos se hace intenso, intento ver el suelo otra vez pero me agarra de la barbilla con fuerza para que no escape—. Debes saber también que de gratis no llegué hasta donde estoy y me cargo a los bocones, soy capaz de hacer cualquier cosa, Colleman. Y en cuanto habrás tu maldita y bonita boca me veré obligado a sacarte del camino ¿no serás tan estúpida o sí? Trato de no llorar pero pierdo la batalla contra las lágrimas rebeldes que se me escapan. Niego con la cabeza asustada, él limpia mis mejillas húmedas y sonríe, cínico. —Perfecto —Un par de hoyuelos adornan la enorme sonrisa que sostiene. Casi no parece que acaba darme una amenaza de muerte, retrocede para después coger su celular que descansa sobre la mesa—. Me gusta aclarar las cosas ¿A ti no? —Eres de lo peor. —Ayudo a mi amigo e indirectamente a ti también. Así que cierra la puta boca, Colleman. —¿Lo ayudas metiéndolo en problemas? ¿Qué clase de amigo eres? Si los descubren irán presos... —Eso no va a pasar —zanja. —Le diré a Georgia que no ande contigo. La risa que suelta de burla me cae mal. Odio todas las perforaciones que tiene y esos tatuajes de mierda que le dan ese aire macabro, pero más odio esas facciones perfectas que camuflan tanta maldad. —¿Crees que me importa tu amiguita? —No respondo, él niega divertido—. No, niña ¿Ves esto? Levanta el celular. —Con un mensaje tendré a cinco mujeres de verdad a mi disposición, mejores que ella y que tú. Por mí llámala, no la necesito, hay más, siempre hay más. Idiota. Lo veo alejarse hasta que abre la puerta y voltea a verme. —Por cierto, luces más hermosa cuando tienes miedo ¿Con cuanta frecuencia sucederá? Cierra la puerta y por un momento me siento perdida. Esperen ¿Acaso me dijo hermosa? ¿Más hermosa? Sacudo mi cabeza tratando de aterrizar de mis estupideces mentales. Me tiro sobre el sofá pensando en su amenaza y en que no lo quiero cerca nunca más. Su voz fría aún resuena en mi cabeza. No me conoces y no me importa sacarte del camino. En definitiva no lo conozco, en absoluto.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR