—No me conoces y no me importa sacarte del camino.
—¿Qué? —chilla Lyly al otro lado de la línea—. ¿Pero qué le pasa a ese estúpido? ¿Quién se cree que es?
El simple hecho de recordar la escena del día anterior hace que mi cuerpo se tense y que quiera romperse en miles de pedazos. Suspiro sintiéndome derrotada, ya está confirmado, la esperanza que tuve en algún momento con mi crush se fue por el retrete.
¡A la mierda Camille, a la mierda!
—¿Cam, estás ahí? —parpadeo varias veces, tratando de concentrarme y aferro el celular a mi oreja. Sigo aquí.
—Es sólo que...
—Es sólo que te decepciona que sea tan imbécil —Termina la frase por mí y yo asiento aunque sé que ella no puede verme—. ¿Quieres que vaya a charlar? Ahora estoy desocupada.
—No, tranquila. En un rato viene Georgia y sé que no te cae bien.
—¿Y qué hará esa perra allá? Vi cómo se iba con Jackson ¡Santo cielos, Cam! Con tu Jackson, tu amor platónico desde que tienes memoria.
Ay no tú.
—Eso no importa ¿Sabes? He aprendido que no debo ser egoísta. Y si ella puede obtener lo que yo no puedo eso no me hará enojar. Debo alegrarme.
—Admite que te mueres de celos. Quién sabe lo que harían esa noche ¡Admitelo! Le chupó la polla y después le chupó la lengua ¡Asco! Imagina todo lo que se chuparon...
—¡Asco, Lyly! —Nada más a ella se le ocurren este tipo de cosas, yo ni he pensado en eso—. Sí me da rabia, pero ya, hasta ahí.
—Ajá, sí claro. Admite que te dan celos como es.
—Sí, ya, jódete.
—Se siente mejor admitirlo ¿verdad?
Muchísimo, aunque de nada sirve.
Salgo del sofá cuando el timbre suena y camino hacia la puerta. De seguro es Georgia.
—Y mucho —sonrío—. Debo irme, tu mejor amiga ya llegó.
—¡Perra! —grita y comienza a ladrar.
—Hablamos más tarde, te amo pri.
Cuelgo y abro la puerta, encontrándome con una pelirroja en shores diminutos, también lleva un top con el que muestra más piel de lo normal y unas botas que hacen lucir sus piernas perfectas ¡Qué envidia! ¿Pero de solita curiosidad no le dará frío?
Esto es Nueva York, no las islas del caribe.
—Él vendrá ¿cierto? —Es lo primero que dice. Ruedo los ojos y le doy la espalda para volver al sofá, ya sabía yo que saldría con algo de esto. Ella me sigue no sin antes cerrar la puerta— Me he puesto bella con la esperanza de que aparezca.
—Ojalá y viniendo lo machuque un camión de esos que transporta vacas.
—¡No seas mala! —Su tono de voz es chillón, parece una maldita ardilla agonizando.
La imito sacándole una risita molesta que me irrita más. A veces me pregunto porqué somos amigas, si en todo somos diferentes. Ella es alta y bella, y yo soy bajita y fea por no decir horrenda. Uniendo el hecho de que ella es una perra carismática y yo una machorra amargada.
Bueno, dicen que polos opuestos se atraen ¿No?
—Seguro viene en un rato. Siempre lo hace —murmuro para mí aunque Georgia logra oír y aplaude sonriendo.
Ya, no seas envidiosa, Camille.
—Tengo que retocarme entonces.
Y se va corriendo al baño, dejándome sola. Le doy un vistazo a la sala y nuevamente me doy cuenta de que Marsella no ha llegado a casa desde la mañana que salió. Camino por las escaleras en busca de mis cuadernos y un libro de geografía, escucho la puerta abrirse y las voces de mi hermano y de su idiota amigo resuenan por toda la casa desde abajo. Trato de ignorarlos y entro a mi habitación arrastrando los pies, todo lo que necesito ya reposa sobre mi cama, así que lo tomo y vuelvo a la sala.
—¿Qué pasó? —Así me saluda mi hermano, le sonrío sin mostrar los dientes, es extraño que Georgia no haya salido aún habiendo escuchado la voz de su Jackson.
Miro al mencionado detrás del hombro de mi hermano, trae un pantalón ajustado y una chaqueta de jean cerrada, hoy está despeinado y aun así luce como una jodida y deliciosa gomita.
—Nada nuevo. Lo mismo de siempre, ella desaparece y no volverá hasta la noche —me refiero a mi madre. Él suspira y mete las manos en los bolsillos delanteros de su jean.
—Ella está enferma, Cam. Debemos ayudarla.
No está enferma, sólo es una apostadora de mierda.
—Es una apostadora, y por eso perdió a papá. También nos está perdiendo a nosotros.
El tema muere allí. Jackson sale de casa y regresa cargando una caja que después deja en el medio de la sala. Ni siquiera me dan ganas de imaginar lo que hay dentro. Suspiro y cuando me dispongo a alejarme Carlos habla.
—Jack me ha dicho lo que sucedió.
Ah, eso, claro.
El castaño me clava la mirada desde su posición, la tensión pesa.
—No lo tomes a mal, pero que sepas lo que hacemos no estaba en nuestros planes, inmediatamente pasas a ser una cómplice. Lo siento Cam, de verdad. Pero si no lo hicie...
—Ya lo sé —interrumpo—, moriríamos de hambre.
Odio a Marsella.
Odio a todos.
Él asiente. Miro a Jack quien no me aparta la mirada y trago en seco.
—¡Chico misterioso! —chilla Georgia, haciéndonos a los tres girar los ojos. La pelirroja corre hasta él y le salta encima para después abrazarlo—. ¡Que sorpresa! No sabía que vendrías.
Puta y mentirosa.
Les doy la espalda y me voy al comedor para comenzar a trabajar sobre la mesa.
—Georgia, mueve el trasero, tenemos que terminar esto para mañana.
—Dame un segundo.
Escucho lo que parece ser un sonoro y asqueroso beso y me giro indignada —para no decir muerta de celos— y les grito a todos cual loca.
—¡Ven aquí ya! Maldita sea. Tenemos que hacer un puto trabajo y tú andas de perra con este maldito imbécil. No los soporto ¡A nadie! ¿Sabes qué? —Hago una pausa dejando a todos helados y boquiabiertas ante mi explosión—. Váyanse a follar a donde les dé la maldita gana. ¡Te dejaré fuera del trabajo! Y no te hablaré nunca más en mi desgraciada y aburrida vida.
Golpeo el mesón con mis puños y corro hasta mi habitación, dejando todo allí.
Cuando cierro la puerta comienzo a llorar, es primera vez que monto un espectáculo de este tipo, por lo general los gritos que doy en casa es cuando peleo con mi hermano o cuando Marsella se pasa de sin vergüenza.
Duele, duele cuando eres tan cero a la izquierda. Duele cuando el chico que te gusta desde los nueve años prefiere voltear a mirar a cualquier cepillo con falda que a ti.
Es un criminal. —repito mentalmente. Creyendo que eso puede afectar algo en mí. Que con sólo repetirlo mil veces él dejará de causar ese efecto en mi sistema.
Pero sé que no es así.
—¡Te odio! —grito llena de coraje viéndome al espejo.
Si tan solo no fuese tan fea esto no ocurriría, yo tengo para darle lo mejor de mí ¿Y qué? No me sirve de nada, porque la sociedad de la actualidad sólo piensa en la apariencia física. Han colocado estereotipos que nos hacen sentir menos o poco.
Y ante esos estereotipos yo soy horrible.
Y es injusto, todos merecemos ser queridos y aceptados.
Me tiro sobre la cama, cerrando los ojos y tratando de no pensar en esos ojos grises que me enloquecen, pero consiguiendo todo lo contrario.
Enamorarse sola duele, duele de verdad.
••••••••••••••••••••••••••••••••••
Escuchar las notas de las investigaciones es una tortura. Al parecer la profesora de Geografía no tenía nada más que hacer y le dieron ganas de corregir los trabajos escritos durante la hora de clases. Nos mantuvo haciendo nada durante todo este tiempo, y cuando digo nada me refiero a nada, literalmente. Ni siquiera dejó que los grupitos del salón se unieran para conversar a un moderado volumen, hasta quitó celulares y dejó notas en la carpeta.
Le clavo la mirada a Georgia y ella me guiña el ojo. Aunque fui una grosera con ella ayer por la noche, el hecho de que me haya agregado a la investigación que presentó hoy me deja saber cuan amiga mía es, pues resulta que me quedé dormida y al final no hice ningún trabajo.
—Georgia y Camille tienen un siete.
Vaya, no es la mejor puntuación, pero agradezco no haber quedado con un cero gigante en la casilla de mi nota.
El timbre suena anunciando el fin de las clases del turno matutino, salgo del pupitre y desesperada me escurro entre el mar de personas que hay en el pasillo. Miro la mata de cabello rubio de mi hermano alejarse con premura y lo sigo con cuidado, manteniendo la distancia. Cuando estoy en la salida lo veo charlar a la lejanía con Jack a través de las rejas que delimitan el instituto, el castaño le entrega una pequeña caja a mi hermano y él enseguida la acepta. Se dicen algunas cosas más antes de que esa mirada gris se conecte con la mía, pienso que le va a decir a mi hermano que los observo, pero el rubio no se gira, eso me hace saber que no lo hizo, por el contrario, continúa hablando con Carlos y me mira de vez en vez.
Puedo sentir mis piernas temblar y el sudor correr por mi bozo.
Iugh.
Ya deja de sudar, puerca. No puedes dejar que él te ponga tan nerviosa.
Mi corazón se acelera cuando Carlos se gira y me mira por la indiscreción de Jack. Inmediatamente me volteo, pero mi hermano grita mi nombre.
Carajo.
Cierro los ojos con fuerza y lleno mis pulmones con aire fresco antes de dirigirme hacia donde ellos se encuentran.
—A ver, dime —suelta Carlos de la nada viendo a Jack, su mirada da mucho que pensar, y no entiendo—. ¿Qué tanto miras?
Jackson sonríe de lado haciendo que aparezcan esos bonitos hoyuelos en ambos lados de sus sexys y llenos labios rosados.
—Es broma ¿verdad?
—No es broma que llevas un tiempo suficiente viendo detrás de mí y ¡Adivina! Es mi hermanita, Jack.
El rostro del castaño se enfría y la mandíbula se le tensa, se ha enojado. Mi cuerpo se encuentra en tensión pura ¿Qué diablos sucede? Las manos de Jack llegan de golpe hacia las rejas que nos separan y Carlos frunce el ceño por el repentino golpe.
—Deja tus malditas insinuaciones. Pensé que bromeabas ¡Santo Dios! Mírala ¿Crees que siquiera pensaría en mirarla de otra forma? —Bufa irritado para después meter las manos en los bolsillos de su pantalón—. ¿Tienes mierda en la cabeza o qué?
El nudo en la garganta me enmudece, así que trago saliva obligándome a olvidar lo que acaba de decir Jack.
Ya veo que no te parezco bonita, Jackson. Gracias por el dato.
—Eres un idiota —me refiero a Carlos quien asiente hacia su amigo ya más tranquilo «¿En dónde está esa confianza de hermanos que se tienen? No sé, pregunto»— ¿Acaso eres ciego? Georgia estaba a mi lado ¿Cómo se te ocurre...
—¡Chiqui!
Me cruzo de brazos enojada cuando Georgia aparece e inmediatamente da la vuelta para salir del instituto y estar a su lado. La pelirroja es el chicle más pegostoso y molesto que haya visto antes, envuelve a Jack entre sus tentáculos y le planta un asqueroso beso en la mejilla.
Dos palabras: Perra barata.
Carlos me mira divertido ante mi notoria seriedad y pone su brazo por sobre mi hombro.
—Nos vemos en la noche. Ya sabes.
Atrapo mi labio inferior con los dientes cuando los veo alejarse. Jack sube a su motocicleta y detrás de él, abrazada a su espalda, Georgia. Comienzo a tronar mis dedos mientras camino con mi hermano de vuelta al instituto.
—Explícame ¿Qué diablos fue eso?
—Siempre hay que poner los puntos sobre las ies. No me gusta que...
—Jackson nunca voltearía a mirarme —interrumpo sintiendo mi ego herido—. Ni en mil años.
El rubio suspira sin apartar su brazo de mis hombros.
—Si fuera así ni siquiera me preocuparía, créeme. Pero tú despiertas el interés de cualquiera y ese es el grave problema.
—Él no es cualquiera, él es él.
—No, él es un hombre. Y no es ciego.
Bueno, al menos mi hermano sí piensa que soy linda.
Confirmado, los ojos de amor fraternal también son ciegos.
Por la tarde, me encuentro sentada junto a la ventana de mi habitación. Marsella lleva todo el día desaparecida y realmente no me interesa si regresa o no, mejor si la mata un carro. Miro hacia la calle y suspiro mientras presiono los botones de mi celular para elevarle el volumen a la música que escucho a través de mis audífonos. He pasado todo el día pensando en la actitud de mi hermano hacia Jackson al medio día, se supone que son amigos, no debería haber desconfianza ¿verdad? ¿Acaso la mirada que me dio el Dios Griego revelaba algo que para Carlos tenía un significado diferente y... peligroso?
Debo parar.
Sobrepensar las cosas no es bueno.
Estoy enloqueciendo, creo que mi obsesión ha llegado demasiado lejos. Me arranco los audífonos, no puedo eliminar de mi mente el perfecto rostro de mi Adonis. Es entonces cuando capto el escándalo que hay abajo en la sala. Miro la hora en mi reloj que marca un cuarto para las ocho de la noche, escucho otro estruendo y vuelo hasta la salida.
¿Qué coño pasa abajo?
—¡Cuidado maldito!
Abro los ojos como platos ante las palabrotas que escucho cuando la puerta de mi habitación cede. No me extraña en absoluto que Carlos invente estupideces ahora que mamá no está, ya lo ha hecho antes. Sin embargo, lo que mis ojos captan cuando estoy en medio de la sala me deja fuera de foco, hay un montón de cajas apiladas por todos lados, esto parece un almacén.
—¿Qué diablos es esto?
Carlos voltea a mirarme y sonríe travieso.
—Mamá llamó hace un rato, dijo que se quedará en casa de Thalia...
Odio a Thalia.
Es una mujer que colabora para que nuestra madre sea una peor persona, debería desaparecer de nuestras vidas a ver si mamá cambia un poco. O mejor, que desaparezcan las dos.
—...Y es la ocasión perfecta para hacer una fiesta.
No, no y no.
—¿Una fiesta? —Es una locura, los vecinos son unos chismosos y... Y si todo sale mal hasta podría venir la policía.
—Sí, una maldita fiesta —murmura Jack.
El castaño sale de la nada, trae una franelilla que deja a la vista los tatuajes de sus brazos. Se ve bastante apresurado y algo sudoroso, supongo que por andar acomodando las torres. Imposible no babear, pero me contengo.
—¿Y a ti quién te pidió opinión, Don metiche?
Mi hermano deja la caja en el medio de la sala y camina hacia mí, evidentemente irritado. Retrocedo tan rápido que me estrello contra una de las torres apiladas y caigo al suelo, haciendo que el contenido se muestre.
Son latas de cerveza.
La risa de Jackson es lo primero que mis oídos captan, a los segundos Carlos se le une, así que no me queda más remedio que reírme al igual que ellos. Admito que la situación es bastante ridícula y graciosa.
Pero no me quiero reír, esto está mal.
—No arruines esto, Cam —Carlos me lo dice casi en una súplica frustrada, lo veo darme la espalda para salir de la casa, imagino que a buscar más cajas. Y entonces pienso que puedo taparlo sólo esta vez.
Me pongo de pie rápidamente y con agilidad comienzo a guardar las latas que se salieron.
Son demasiadas cajas ¿Todas tienen en su interior cerveza? ¿Cuántas personas vendrán hoy?
—Torpe y gruñona.
Elevo la vista y esos ojos grises que tanto me encantan se conectan directamente con los míos. Nuevamente las mariposas aparecen dentro de mi estómago y mis manos se humedecen. Me niego a sudar nerviosa, pero mi cuerpo me traiciona y de inmediato siento un vaporón rodearme.
—Mira quien lo dice —murmuro—. El ser más amargado que conozco.
En cuanto termino de hablar el castaño ya está junto a mí, ayudándome a recoger las botellas. Sus zapatos rozan los míos y trago saliva incómoda.
¡Ya aléjate de mí, que no puedo controlar mi corazón!
—Veo que no me tienes ni un poquito de miedo. Digo, siempre me tuteas.
Me río haciendo que su rostro se haga más serio.
Este tiene que ser idiota.
—¿Y es que acaso debo tratarte con formalidades? Por favor, no seas ridículo.
Él sonríe de lado y relame sus labios con agilidad, casi haciéndome babear.
Concéntrate.
—¡Jackson! —Grita mi hermano desde afuera—. ¡Ya llegaron nuestros primeros invitados!
••••••••••••••••••••••••••••••••••
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve y diez.
Respira, Camille Colleman. Sólo respira y no entres en pánico.
Mi corazón se estruja de los nervios, quizá no sea muy apegada con Marsella, y aunque se sienta bien para mí hacerla enojar a veces, definitivamente odio escuchar sus regaños cuando tiene motivos para darlos. O peor, escuchar sus regaños con motivos siendo yo inocente.
—¡Fuera de aquí! —grito por cuarta vez, asustada y desesperada. Dios mío, hay muchísima gente aquí—. ¡Se acabó!
Hay casi cien personas en la sala de estar, eso sin contar a los que están en la parte trasera y delantera de la casa. Las latas de cerveza se encuentran regadas por todo el suelo, vómito y colillas de cigarro también. Siento ganas de vomitar y sobre todo, ganas de ahorcar a Carlos que quién sabe en donde esté ahora el muy mugroso.
Sólo me fui a dormir dos horas ¡Dos putas horas, por el amor de Dios!
Corro hacia el equipo de sonido y lo desenchufo del toma corriente, haciendo que la música se ahogue en el vacío. Las personas comienzan a gritarme groserías y aunque mi cuerpo pide a gritos que me refugie en mi habitación hasta que la tormenta pase, no soy tan cobarde como para hacerlo, siento amor por mi casa, no dejaré que esto se vuelva un basurero aunque ya casi lo parezca.
—¡Ya se acabó todo! ¡Fuera de aquí!
Gruñendo todos comienzan a irse y vaya que lo agradezco. Miro a mi alrededor y la ira despierta, dejando atrás los nervios que hace segundos sentía ¿Cómo se le ocurre a Carlos dejar que esto se saliera de control? Camino hacia la parte trasera de la casa, donde está la piscina, mientras las personas terminan de salir. El cuadro favorito de Marsella que guinda o guindaba en la pared, sobre la puerta de salida trasera, está roto, destrozado, hecho pedazos y flotando sobre el agua.
Mi madre santa y querida en pantaletas.
—¡Santo cielos!
Si Marsella no ha muerto con tantos problemas ahora sí es verdad que lo hará, iré preparando el velorio. Porque ese cuadro es parte de una colección muy costosa que ella pudo rescatar en una subasta. Le va a dar una vaina bella.
Hecha una furia camino hacia la piscina y por fin veo a Carlos, tragándose con la víbora de Alexis. Ambos están ebrios, eso es obvio por la forma desastrosa en la que se encuentran, incluso creo que tuvieron un intento fallido de sexo porque quedaron a medio desvestir. Asco.
—¡Carlos!
La rubia voltea verme y se ríe.
Perra y borracha.
—Vete a volar, hombrecito —murmura la muy cara dura con la lengua enredada, casi no se le entiende nada.
La tomo del cabello haciéndola chillar y la empujo a la piscina. Cae enseguida, gritando.
—¡Mira el desastre que causaste! —le grito a mi hermano, pero él ni siquiera me mira, es como si estuviese vacío por dentro. Como si nada habitara su cuerpo—. ¡Carlos! —Lo zarandeo, pero no me presta atención, mira el cielo con una estúpida risita que me choca, parpadeando lentamente—. ¡CARLOS COLLEMAN!
Maldición.
¿Cuánta droga se habrá metido?
Paso las manos por mi cabello frustrada, sin saber qué hacer y entonces unos jadeos llaman mi atención, como no soy curiosa —nótese el sarcasmo— sigo el sonido cual investigadora, hasta que estoy frente al cuarto de las bombas de la piscina, de donde proviene el ruido. Muevo la cerradura enojada cuando escucho gruñidos y gemidos.
¡Oh no! En mi casa no van a coger. Al menos paguen la hora, marranos.
Hecha una furia abro la puerta, lista para echar a palos a los estúpidos que estén follando adentro. Y cuando enciendo las luces el cabello rojizo de Georgia es lo primero que veo, un hombre la tiene contra las bombas moviendo sus caderas desnudas contra las de ellas, pero eso no es lo peor, sino los ojos grises que me miran con enojo.
Ay no puede ser.
Moriré.