Quince días.
Sí, quince días han pasado desde la última vez que intercambie palabras con el Dios griego de mirada plateada. Se siente bien que estemos lejos, porque todo se había estado tornando complejo para nosotros. Han estado pasando cosas que creí imposible hasta hace unos días; y claro que no soy estúpida, sé que es un mujeriego, sé que ese beso fue algo muy lejos de mi realidad, porque en mi mundo significa mucho, y en el suyo nada; pero no creí que intentara jugar conmigo. No pensé que fuese capaz de meterse con la hermana de su mejor amigo sólo por diversión.
Increíble.
Suelto todo el aire que hay mis pulmones con un sonoro suspiro, y le clavo la mirada a Emilia, mi psicóloga. Marsella ha insistido nuevamente en que asista a terapias, y está bien lo admito, mi actitud en los últimos meses ha sido terrible.
—Entonces, Camille ¿Cómo va el asunto con...? ¿Jackson es que se llama verdad?
Me timbro.
—¿Ah? ¿De qué habla? —Trato de reír pero su seriedad me hace saber que no está haciéndome alguna broma.
—Tenemos seis años tratando, nena. Y desde hace un tiempo, cuando llegas aquí sólo hablas de ese muchacho, y de lo pesado que te cae.
—Porque me cae mal, de verdad.
Ella asiente y anota algo en su libreta.
¿En qué momento he hablado sobre el Dios Griego de ojos plateados? Esta mujer definitivamente está loca.
¿O la loca soy yo?
—No le puede decir a nadie que hablo de él, mamá no puede saberlo y mucho menos Carlos. Tenerlo como mi amor platónico es mi mayor secreto.
—Creí que tu mayor secreto era haber fumado hierba.
Ah caray.
Abro tanto los ojos que hasta me duelen, asustada de que alguien escuche, aunque muy bien sé que no hay nadie en la oficina. Además, fue una sola vez que lo hice y fue al deprimirme por no obtener atención de mi madre. Emilia nota mi tensión y me regala una cálida sonrisa para calmarme.
—Tranquila, Cam, te he demostrado que puedes confiar en mí ¿O no?
Bueno, ahí sí tiene razón. Esta mujer es una jodida tumba.
Nos invade un intenso silencio en el que por incomodidad me remuevo en la silla. Se supone que soy una súper actriz ¿Acaso ya no se disimular lo suficiente mi atracción por Jack? Sacudo mi cabeza algo irritada conmigo, por estar tan obsesionada con esa estúpida ilusión.
—Tu madre también mencionó que peleaste en el instituto en las últimas dos semanas.
Asiento relajada al ver que ha cambiado de tema.
—Dicen que soy homosexual.
—¿Eres homofóbica? —refuta, irguiendo su ceja izquierda, acusándome.
—No, no, no. Pero me ofenden.
—¿Y eres homosexual?
—¡Por supuesto que no! —chillo irritada.
No tengo nada en contra de las personas homosexuales, amor es amor y las nalgas son de ellos. Inclusive moriría por tener un mejor amigo gay de esos que dan fabulosos consejos. Pero que me insinúen a mí serlo hace que me hierva la sangre, porque lo hacen de una manera tan despectiva que me hacen sentir mal, como si algo no estuviese bien conmigo. Me hacen sentir anormal.
—Ignóralos a todos, cariño. Ser gay tampoco está mal...
—No puedo. Lo siento, Emilia.
Ella suspira y se pone de pie. Ya ha acabado la hora y aunque normalmente me siento satisfecha con las citas, esta vez me siento aburrida y añoro salir de aquí. Me pongo de pie y me despido con un beso en la mejilla.
—Espero verte en cuatro días, nena. Pórtate bien y ya sabes, cuenta hasta diez.
Sonrío antes de cerrar la puerta. Cuando giro me encuentro con Tiphanie, la amiga chupa medias de Alexis ¿Qué hace ella aquí? ¿Acaso tiene problemas de actitud o algo así? Aunque lo dudo, la rubia se caracteriza por hacer todo lo que Perrexis le ordena, y seguirla a todos lados, cual lagarta. En fin, no me interesa nada de ella. Trato de salir sin que me vea pero no lo logro.
—¿Camille?
Volteo a verla y sus ojos me escudriñan con sorpresa, luego la veo dudar y finalmente me mira mal. Definitivamente no entiendo la actitud de su arpía amiga y de ella hacia mí.
—¿Necesitas de la ayuda de una terapeuta para definir tu sexualidad?
—¿Necesitas de la ayuda de una terapeuta para dejar de ser ninfómana, perra barata? —Le muestro mis dientes con satisfacción y le doy la espalda para salir de allí antes de que pierda los estribos.
Ella también está en mi lista negra.
Ya una vez afuera camino hasta la cafetería más cercana, tengo hambre y aunque ya no tengo suficiente dinero en efectivo algo puedo comprar con lo poco que cargo —Y todo por comprarme un estúpido chocolate antes de ir a la consulta—. La lunchería Gordon es la más cercana y como odio caminar decido entrar allí.
El muchacho de la barra me clava su mirada y entonces me incómodo. Es Aaron.
No le doy importancia y me acerco. Ni modo que me vaya.
—Hola. —Me saluda— Buenas tardes ¿Cómo has estado? Tiempo sin verte
—Primero: eran buenas. Segundo: no es tu problema como esté, no soy tu amiga. Y tercero: quiero un sándwich, gracias y chao.
Su mirada se desvía hacia algún punto detrás de mí y finalmente asiente, se aleja y se pierde en el umbral de la cocina.
Fui directa, me gusta. Así tiene que ser.
Aunque admito que cada vez me parezco más al Grinch.
Escucho una voz chillona y me giro inmediatamente, encontrándome con Georgia hablando sin parar, cual loro esquizofrénico —Típico en ella.— coqueteándole a Jack, quien está sentado en una de las mesas al fondo con su inexpresivo rostro, cosa normal en él.
De hecho es raro cuando se le ve sonreír. Es como si de una estatua se tratara.
Volteo rápidamente y peleo mentalmente conmigo misma para no volver a girarme.
Otro muchacho de la barra se acerca a mí pero le hago saber que ya me están atendiendo así que se aleja. Finalmente cuando Aaron regresa trae mi sándwich en un plato blanco plástico.
—Es para llevar. —me apresuro.
Coge una bolsa de pan y lo deposita en ella para después tendérmelo.
Le entrego el dinero y después me retiro con premura o eso intento hasta que la voz de la pelirroja me atrapa.
Mierda.
—¡Cami!
Giro sobre mis pies y su mirada azul me examina junto a una perfecta sonrisa.
O vaya, ella sí que es bella.
Jackson me ignora y eso... Eso está bien. Volvemos a ser como antes.
—Acércate, tonta. —Se levanta del asiento y camina sin darme tiempo de huir. Coge mi mano y después me arrastra hasta la mesa.— Bebé, mira quien vino.
¿Bebé? Voy a vomitar.
—Sí, yupi. —Su tono mordaz me incomoda, así que me suelto de mi amiga. Sí, que hipócrita soy. Y me doy la vuelta lista para marcharme. La pelirroja me mira apenada, pero le huyo antes de que vuelva a hablar.
—¿Muñeca?
Perfecto, lo que faltaba.
—Hola, Robbie. —Muerdo mis labios y lo abrazo sin importarme lo que Jackson me haya dicho antes sobre él.— ¿Vienes a comprar algo?
Que estúpida, obvio que viene a comprar algo.
—Una caja de cigarrillos ¿Quieres que te lleve?
—Por favor. Te espero afuera.
Salgo de la cafetería y busco con la mirada la motocicleta del trigueño. Una vez que la ubico comienzo a caminar hacia ella. Está bastante alejada de la cafetería y lo agradezco, saco mi sándwich de la bolsa y le doy un primer mordisco conforme avanzo. Está bastante bueno, y si sumamos el hecho de que muero de hambre, pues somos la pareja perfecta. Un brusco movimiento hace que mi sándwich caiga al suelo y cuando me volteo, lista para atacar a quien sea que me haya sacudido, me petrifico. Segundos después estoy siendo alejada de allí a la fuerza.
—¡Sueltame! —grito enojada y asustada— No tienes derecho, idiota. Tu novia está allá adentro. Vete a vigilarla a ella.
Él me estrella contra la puerta de su Mustang y me mira enojado, sin importarle un comino que ahora las personas nos miren.
—Te dije que no te le acercaras, te dije que es un mal tipo.
—Tú no eres muy diferente. O debo recordarte que ambos son unos drogadic...
Ni siquiera termino de hablar cuando sus manos se posan en mi cuello con fuerza.
—Cierra la maldita boca. —murmura entre dientes. Sus ojos me aniquilan y las venas de su cuello están exageradamente brotadas.— No me hagas hacer lo que un día te advertí.
De mis ojos caen lágrimas mientras que de mi boca se escapa un jadeo de susto, él me suelta. Su mirada expresa frialdad. Cubro mi rostro con las manos y lo escucho respirar pesadamente.
—No tienes derecho. —jadeo— No tenías que tocarme ¡Eres un bruto!
—Sube al auto, Camille.
—No voy a subir a tu maldito auto ¡No lo voy a hacer! Ahora vete a la grandísima mierda.
Intento huir pero él me coge bruscamente de mis muñecas y me arrastra hasta la puerta del copiloto, lucho contra su fuerza bruta pero él es muy grande y aunque odie admitirlo yo soy débil. Abre la puerta y me empuja dentro para después cerrarla de un azotón.
—Hey, hey, hey, Jackson. —Esta vez es Aaron quien aparece. Comienzo a llorar mientras trato de abrir la puerta para irme pero la puerta está atorada. El pelirrojo lo nota, así que señala en mi dirección.
Veo a Jack dar varias vueltas en círculo y después explota de furia. Lo puedo notar por sus exagerados ademanes y por las señas de Aaron al tratar de calmarlo. El castaño golpea el lado de su puerta y después de algunos minutos se despide de su amigo y sube al auto.
—Te odio.
Es lo primero que digo.
—El sentimiento es mutuo. —responde.
—¿Por qué me haces esto? —hago una pausa— ¿Por qué no te vas a cuidarle el trasero a tu novia?
—¡Ella no es mi maldita novia! —grita y después golpea el volante. El auto aún sigue apagado, respira profundo y después habla.— Y tampoco deseo cuidarla.
—¿Y a mí sí? No seas estúpido, no me éstas cuidando. Sólo me estás lastimando.
—Yo no te he lastimado, Camille. Fuiste tú quien decidió que lo que pasó hace algunos días quedara allí.
—¿Yo? ¡Fuiste tú!
¿En dónde coño está Georgia?
El silencio sepulcral me incomoda. Atrapo mi labio inferior y varias lágrimas se me escapan. Sus manos llegan con rapidez a mi barbilla y me gira hacia él, su cercanía también me incomoda así que me tenso.
Odio llorar. Llorar es para débiles.
—No sé porqué esto está pasando. Pero cada vez que estoy cerca de ti quiero cuidarte.
—Eres un idiota.
Digo antes de comenzar a llorar, apartándome de su contacto. Y no porque la frase de mi amor platónico haya sido conmovedora, sino porque no me siento bien. Él está dañándome.
Está jugando con mi cabeza.
—Lamento haberte tocado de esa manera. —Le oigo decir— A veces no puedo controlarme... Y tú eres tan desobediente e insufrible.
Al ver que no respondo enciende el auto derrotado y lo pone en marcha. El camino es algo incómodo y por momentos puedo sentir su intensa mirada puesta en mí. Cuando al fin llegamos, después de veinte minutos, él apaga el auto y nos mantenemos así algunos segundos.
—¿Podrías disculparme?
—¿Quieres que olvide que me estabas ahorcando, Jackson? —Eso es lo más estúpido que he escuchado. Además me duele mi ego y el no haberme podido defender rompiéndole la cara.
—Es que a veces eres tan... Sé que no hay justificación, pero quise intentar ser igual que antes. Amenazante contigo.
—No eres amenazante, Jack. Al menos para mí nunca lo has sido, sólo eres un muchacho sin orientación. Un maldito imbécil resentido.
Intento abrir la puerta para al fin marcharme pero me gira y me estampa un beso en la boca que me sorprende. Intento alejarme hasta que lo logro y después le estrello la mano en la mejilla. Él me mira sorprendido, es algo desconcertante que no sea odio lo que me revelen sus ojos, sino tristeza. Mi respiración acelerada es lo único que se escucha adentro del auto, y agradezco que los vidrios estén polarizados, así nadie puede ver lo que sucede.
Trago saliva, él no deja de verme.
Entonces esta vez soy yo quien no puede mantenerse alejada y rompo con todos los espacios, besándolo. Inmediatamente reacciona y coge mi cintura con firmeza y hunde su lengua en mi boca sorprendiéndome. Su boca sabe a menta y a nicotina; me muerde sin tener piedad, haciéndome gruñir.
Juro por todos los dioses existentes que esto es tocar el cielo.
Su frente se junta contra la mía y respiramos pesadamente.
—Vengo a las doce en punto. Inventa cualquier cosa, saldremos. —dice en voz ronca, haciendo fricción con mis labios.
Asiento atontada antes de salir de allí con el corazón acelerado.
***
—¿En dónde mierda está Jackson? —se queja Aaron, quien le da un trago a su cerveza. Milton sonríe haciéndome incomodar y Carlos se encoge de hombros.
—No vendrá hoy. —dice mi hermano— Al parecer tiene cosas más importantes para hacer que andar con sus amigos.
—Quizá es alguna chica. —murmura Milton. Después me mira a mí y me guiña el ojo de manera discreta.
Dios, me voy a desmayar si este idiota sigue haciendo comentarios con indirectas.
Son casi las doce de la noche y Marsella como es de suponer no está en casa. Me mantengo sentada en el sofá frente a ellos, vistiendo un jean roto de mis favoritos.
—No hay mujer que pueda hacer que ese maldito se aleje de nosotros. Seguro es una más del montón. —El tono de voz de Aaron me molesta pero trato de disimularlo.
—Jack es muy reservado. —habla Carlos esta vez.— Claro que podría haber una mujer. Lástima que no existe.
Todos ríen.
—Exacto, mientras tanto... —interrumpe Aaron— Las folla y después las bota.
Milton le estampa la mano en la frente. Entonces su celular vibra, lo mira algunos segundos y después me mira y mueve sus cejas con discreción, avisándome que Jack ya espera por mí afuera.
Me pongo de pie y me despido de todos con la mano.
Creo que esa es la señal ¿O no?
—¿Lyly va a traerte no? —Inquiere mi hermano— Más te vale que no te lleve a alguna pelea.
—Sí, sí, ya no molestes, abuelo.
—Y no bebas nada, Camille.
Asiento y salgo de casa, apresurada. Camino hasta el final de la acera, alejándome de la casa para así no ser vista, está bastante oscuro y es escalofriante, cualquiera podría secuestrarme aquí. Entonces unos brazos rodean mi cintura y me voltean, al principio siento miedo, pero una vez que observo dentro de esos pozos grises que me vuelven loca sonrío atontada, parpadeo intentando reaccionar, él me mira un par de segundos antes de robarme un corto beso.
—Hola, preciosa.
—Hola. —Sueno demasiado nerviosa, y me avergüenzo.
—Ya vámonos.
Subimos a su auto y cuando estamos protegidos por la polarización de los vidrios, me besa de una manera más íntima. Sus labios son cálidos y me acarician con suavidad y despacio. Finalmente sonrío, aún incrédula de que todo esto esté sucediendo.
—Me gustan tus pecas. —suelta de repente, atrayéndome a su rostro.
Me gusta cómo se siente ser besada con locura por la persona que te gusta. Sujeta mis mejillas y desliza su lengua sobre mis labios, dejándome helada. Nunca me habían hecho algo así. Digo, no es como si me besara con muchos chicos, pero sí he tenido un poquitín de experiencia.
Atrapa mi labio inferior y lo saborea antes de mordisquearlo.
Siento una corriente eléctrica sacudirme, hasta me provoca quitarme la ropa ¡Hace calor.
Jackson tiene diecinueve años, cariño —susurra mi subconsciente.
Me tenso y me alejo de su boca dejándolo con la mirada perdida.
—Tengo dieciséis ¿Sí sabes no?
Asiente y pasa las manos por su cabello.
El repentino tema lo incomoda evidentemente. Enciende el auto y lo saca rápidamente del vecindario. A pesar de la hora hay bastantes vehículos en la vía y personas en las aceras ¿Pero qué cosas digo, si estamos en Nueva York? Aquí nadie duerme.
Miro su rostro serio y por un momento fantaseo con la idea de que seamos novios. Sería lindo.
—¿Aaron también lo sabe? —rompo el silencio.
—Milton es el único que sabe lo que pasa entre nosotros. Aunque no dudo que Aaron lo descubra pronto.
—¿Y mi hermano?
—No quiero pensar en eso. Intenté planear algo en mi cabeza, pero no existe alguna manera dentro de este universo o en cualquier otro en el que Carlos no quiera matarme por esto, preciosa. Es que si se entera...
Y se calla.
Pongo mi mano sobre la suya, temerosa. Él se da cuenta de mi timidez al hacerlo y la voltea para después entrelazarlas.
Para cuando son la una de la mañana, ya nos hemos alejado bastante de la ciudad. El auto se estaciona frente a un local abarrotado de personas en la entrada y yo salgo del Mustang abrumada por tanta gente. Es mucho peor que el lugar de la otra noche, Jack rodea mi cintura y con un asentimiento de cabeza saluda al tipo de la puerta que enseguida nos deja pasar. Esta vez el local es mucho más bonito, las paredes son rojas y hay luz en todo el lugar excepto en el rincón del fondo en donde está la pista de baile. Me siento en la barra, donde el castaño me ha ordenado que lo haga, se sitúa frente a mí y me mira con satisfacción, acariciando mi rodilla, justo en donde la tela está rota, al hacer contacto con mi piel un escalofríos me sacude y el ríe acercándose para besarme.
Pero entonces somos interrumpidos.
—¡Mi bebé bello!
Alexis nos sonríe, lleva el vestido más corto que haya visto antes. Hasta parece que le ganó a Georgia con el exhibicionismo, ella se acerca a él y besa su mejilla despacio, con descaro y clavándome su mirada azul eléctrico.
Sólo quiere molestar.
—Me impresionas, machito. Pero al menos tienes buen gusto.
—Ya déjala en paz, Alexis. No la molestes.
La rubia es acompañada por Tiphanie y eso me asusta ¿Qué tal si abren la bocota y le van con el chisme a Carlos? No quiero ni pensar en eso. Finalmente, las mujeres se van y en cuanto lo hacen me permito respirar con tranquilidad.
—Hey —El castaño rompe toda distancia y me rodea en un abrazo. Me gusta cómo se siente estar entre sus brazos.— Ellas no dirán nada, lo prometo.
—¿Y qué tal si no?
Eso sería catastrófico.
—Tranquila. —deja un corto beso en mi mejilla y después me jala hacia él, haciendo que salga de la silla. Le sigo hasta el rincón oscuro donde están aglomeradas las personas bailando y en cuanto escucho la música sé que esto se pondrá bastante caluroso.
La oscuridad nos absorbe y solo puedo sentir los ágiles dedos de Jack en mi cadera y su abdomen duro contra mi espalda. Comenzamos a movernos de un lado al otro, yo moviendo mis caderas y él dejando pequeños besitos en mi cuello. El corazón me salta cuando siento su lengua toquetear el lóbulo de mi oreja, jadeo. No veo absolutamente nada, y al pasar los minutos estamos todos sudados. Jack me voltea y me estrella contra alguna pared, se encorva y me besa, devorando mi boca como si nunca la hubiese probado, tocando mi cintura y espalda como si no quisiera que me arrebataran de él.
Hasta parece egoísta, me quiere sólo para él.
Coloco mis manos en su pecho y trato de mirarlo a esos focos grises pero no lo logro. Me siento mareada por sus besos ¿Así se siente danzar en la boca del demonio Walker?
Siento su boca en la mía nuevamente, su lengua es persuasiva y exigente. Él lo toma todo de mí y dejo que lo haga. Porque me gusta que sea dominante.
—Debo ir al baño. —Él asiente sacándome de allí.
Jack lleva restos de mi labial en su boca así que me pongo de puntillas para limpiarlo, él me mira fijamente y yo sonrío apenada bajo su pesada mirada. Ruborizándome.
Me roba un beso y cuando por fin logro escapar de sus brazos corro al baño. Saco mi celular, son casi las tres de la mañana. Tecleo un corto mensaje para Lyly, he olvidado avisarle que me cubra. Me miro en el espejo, aún luzco bien, excepto por mis inflamados y rosados labios. Trato de esconder la tonta sonrisa que se forma en mi rostro y salgo de allí, lista para volver con mi castaño.
Mi Jackson.
Sí señores, mío.
Entonces veo a la perra rubia besuquearlo y él no la aparta, por el contrario, toma su trasero bruscamente y continúa con la asquerosa escena. Sí, mi boca también se ha transformado en una enorme O.
Estúpida, estúpida, estúpida ¿Por qué creer lo que mis oídos escucharon de él? Ni siquiera tengo ganas de correr a cortarles la cabeza, ni siquiera mis ojos han empezado a lagrimear, y tampoco pienso permitir que lo hagan. Camino fuera del local y con el corazón roto sin derecho a estarlo tomo el primer taxi que consigo.
El señor es bastante amable y me deja en casa en un santiamén. No me permito pensar en cómo el imbécil de mirada plateada ha estado actuando conmigo ¿Es acaso una forma de burlarse de mí? ¿Qué gana con todo esto? Cuando el vehículo se estaciona frente a casa prácticamente bajo corriendo y en menos de lo que espero entro a mi cueva, las luces se encienden haciendo que me lleve un gran susto.
—Llamé a Lyly, resulta que nunca estuviste en su casa. —espeta Carlos.— ¿Con quién y en dónde estabas?
Ay no.
Sin pensármelo mucho me derrumbo frente a él, inmediatamente corre hasta mí para abrazarme. Ya no puedo ocultar lo que siento.
Ya no.
—¿Qué pasa, Camille?
Me alejo de él, sin ganas de hablar y me voy a mi habitación. Las cosas habían estado bien cuando quedamos en no volver a hablarnos, cuando nos alejamos, los últimos quince días fueron perfectos dentro de lo que cabe. Pero entonces yo volví a caer en el juego, y es que no entiendo su afán por acercarse y lastimarme ¿Acaso es una lección que quiere darme? ¿Se tratará de la amenaza de aquella vez?
Sin quitarme la ropa, impregnada en su perfume,me enrollo en las sábanas de mi cama y cierro los ojos, ordenándome no pensaren su perfecta boca y en su persuasiva lengua.