A partir de ahora, quisiese ella o no, pasarían más tiempo juntos e intentarían recuperar el tiempo perdido. Dejaría de lado su frenética laboriosidad. Tenía más dinero del que podría gastar en cien vidas. Además, había comprendido dolorosamente tiempo atrás que éste no compraba la felicidad. ¿Acaso su fortuna pudo salvar a su dulce Olivia de una prematura y horrible muerte? Tuvo que apelar a toda su fuerza de voluntad para apartar la tristeza que insistía en embargarlo últimamente y se concentró en responder a lo que su interlocutor le preguntaba.
—Bueno, en cuanto a esto último me temo que no puedo proporcionarle demasiada información. En realidad, no conozco demasiado sus hábitos o preferencias. Ella pasa tanto tiempo fuera que...
— el mudo reproche que apreciaba en los ojos de aquel hombre le hizo ser consciente de su culpabilidad
—Imagino que se interesara por las mismas cosas que cualquier joven de su edad. No sé, la música, la moda...
—En ese caso tendré que averiguarlo yo mismo —contestó Sebastian mordaz y, ante el manifiesto azoramiento del hombre, decidió suavizar su postura. En realidad, ¿quién conocía realmente a un adolescente en plena efervescencia hormonal?—. Pero no se preocupe, no representará ningún problema. Miguel se sintió aliviado en parte ante la súbita comprensión que advirtió en el serio semblante de su interlocutor. Probablemente, él también tendría hijos y sufriría idénticos problemas. Se relajó y se mostró más distendido. Aquél hombre le gustaba. Era tal y como pensó que sería, de imponente presencia física y mirada sagaz, aunque más joven de lo que imaginaba. Se desprendía de él un aire de eficiencia que transmitía seguridad, que era precisamente lo que él necesitaba en esos momentos. También parecía el tipo de persona enérgica y tenaz que no se dejaría dominar por su voluntariosa hija. —Espero que así sea y que pueda usted controlarla un poco mejor que yo. Reconozco que he fracasado en parte en esa labor. El hecho de quedarse sin madre a tan pronta edad y mi agobiante actividad han sido las causas de que Karla haya crecido un poco salvaje, podríamos decir. Es muy independiente y obstinada, algo caprichosa también, pero inteligente y sensata, no lo dude. Cuando la pongamos al corriente del problema, no pondrá obstáculos a su labor de protección, estoy convencido
—sonrió espontáneamente, rememorando tiempos felices—. Por cierto, pienso que no es conveniente que ella sepa de la amenaza de secuestro. Sería menos complicado hacerle creer que su presencia se debe a unas elementales medidas de seguridad aconsejadas por la policía tras recibir unos anónimos amenazadores. Por supuesto, tanto mi mujer como yo nos proveeremos también de unos escoltas, para lo que solicito su consejo.
—Me pondré en contacto con una empresa que se dedica a este tipo de servicios y mañana mismo tendrán usted y su esposa la escolta solicitada. En cuanto a la información que le pedí en principio...
—¡Ah, sí! Mi hija llega de Estados Unidos la semana próxima y, tras pasar unos días aquí con nosotros, se marchará a la casa que heredó de su madre en la costa de Massachusetts, en Cape Cod, donde prefiere pasar las vacaciones. Era la residencia de descanso de mis suegros y allí disfrutó los veranos de su infancia hasta que su madre falleció. Conserva algunos amigos de su niñez y está cerca de la poca familia que le queda, que reside en Boston. Yo suelo desplazarme allí algunos días, pero a mi mujer le gusta más la costa californiana, con sus fiestas y plagadas de famosos o hacer algún crucero en el yate por el Caribe, y Karla insiste en no abandonar la casa por ello...
—continuó excusándose.
—Comprendo, los chicos parecen querer llevar siempre la contraria a sus mayores
—le interrumpió Sebastian, queriendo suavizar la situación. Realmente sentía lástima por aquél hombre que se veía atrapado entre una exigente y caprichosa esposa y una alocada y rebelde hija—. De todas formas, creo que ese plan no es el más adecuado en estas circunstancias. No debemos facilitarle tanto las cosas a los secuestradores haciendo pasar a su hija por el aeropuerto de esta ciudad en dos ocasiones, ya que los espacios abiertos y concurridos son los más factibles para llevar a cabo ese tipo de delitos. Creo que lo más acertado es que su hija viaje directamente a Boston y desde allí se traslade a la casa, preferentemente en helicóptero. Usted puede ir a esperarla al aeropuerto y pasar unos días con ella, si lo desea.
—Por mí no hay problema, pero tal vez Karla tenga otros planes. Puede que desee visitar a algunos amigos y realizar compras...
—Entonces tendrá que convencerla de que aplace las visitas y las compras las realice en Caracas. Pueden instalarse en un hotel durante unos días. Es más seguro. Los secuestradores deben haber ideado un plan basándose en la rutina que ustedes llevaran anteriormente. Lo más probable es que piensen cometer el delito durante la estancia de su hija en esta ciudad, aprovechando su paso por el aeropuerto o en salidas posteriores. Es lógico que, al tratarse de una banda de malhechores que se mueve por aquí, prefieran dar el golpe en un medio conocido. Si les privamos de lugares y situaciones idóneas y predeterminadas, les será más difícil tener éxito en su intento. Miguel consideró lo expuesto y coincidió con sus acertados razonamientos. Ahora sólo tocaba convencer a su testaruda hija de que aceptase el cambio de planes.
—De acuerdo. Hablaré con ella y le diré que tome un vuelo directo a Caracas. Allí la esperaremos y la pondremos al corriente de las novedades. Si desea permanecer en la ciudad, nos hospedaremos en un hotel y, en caso contrario, marcharemos directamente a Cape Cod. Intentaré convencer a Pamela para pasar allí unos días antes de iniciar el crucero.
—Ahora necesito que me haga una lista, lo más detallada posible, de las personas que van a estar en contacto con su hija en estos meses: personal del servicio, parientes, amigos... Miguel volvió a inquietarse ante el desconocimiento de las personas con las que su hija se relacionaba. Durante los tres años anteriores, en los que Karla había decidido pasar sus vacaciones en aquel lugar, apenas estuvo dos o tres días seguidos en la casa, sobre todo por los dolorosos recuerdos que ésta le provocaba. En el pasado fue tan feliz allí que no soportaba estar en aquel lugar sin la presencia de Olivia a su lado. Por eso evitaba visitarla y prefería encontrarse con su hija en otro lugar. Desconocía casi totalmente con quién se veía allí, aparte de los criados. Le avergonzaba haber descuidado tanto a su hija hasta el punto de convertirla casi en una desconocida.
—En realidad, ella se relaciona con poca gente cuando viene, únicamente con la familia de su madre: una prima de mi primera mujer que vive en Caracas y sus hijos. Ella les visita e invita a los chicos a pasar unos días en Cape Cod. En cuanto al servicio, es el mismo desde casi siempre. De la casa se ocupa Rose. La cuida y la mantiene en orden por si la necesitamos. Desde hace tres años, cuando Karla decidió pasar allí sus vacaciones, se incrementa el servicio en dos personas más, su hija y el marido de ésta. Entre los tres se encargan de todo. Son personas de confianza, de las que nunca he tenido la menor queja, y Karla está también muy contenta con ellos.
—Prepáreme el listado con los nombres para que pueda investigarles. Es necesario que llame a la encargada de la casa y le avise de mi próxima llegada. Quiero estudiar el terreno e instalar un buen sistema de seguridad antes de la llegada de ustedes y darles las instrucciones necesarias para que estén atentos a cualquier movimiento extraño. Pienso que se les debe facilitar la misma versión que a su hija para que no se produzcan incongruencias.
—Estoy de acuerdo con usted en eso. En cuanto a la lista, estará preparada en una hora. Déjeme un teléfono de contacto, a ser posible con fax, o una dirección de e-mail y se la mandaré en cuanto la tenga redactada.