capítulo 6

1098 Palabras
Puede llamarme en cualquier momento al número que ya tiene. Yo me pondré en contacto con usted diariamente para estar al tanto de los preparativos que lleve a cabo y comunicarle el día y hora de la llegada de Karla, así como el plan que pensamos seguir —concluyó Miguel, indicando con ello que daba por terminada la entrevista. Sebastian escribió en una tarjeta y se la ofreció a su interlocutor. —Ahí tiene mi número de teléfono móvil y la dirección de correo electrónico. Le ruego que me comunique lo antes posible la llegada de su hija para programar debidamente la línea de acción a seguir. Va a ser necesario contar con otro hombre que me sirva de apoyo en la casa y me releve en los momentos necesarios. En cuanto a la escolta que han solicitado, mañana tendrán ustedes dos personas asignadas que les acompañarán en las salidas que realicen —alargó la mano para estrechar la del industrial y se encaminó hacia la puerta. Cuándo iba a salir se giró—. Una cosa más, señor Dumott, ¿ha comentado con alguien este asunto? ¿Sabe cuántas personas tienen conocimiento de la amenaza? —Pues no —respondió el aludido con extrañeza—. No he comentado con nadie mi preocupación, sólo con mi amigo, que tuvo conocimiento de ello por el jefe de policía de esta ciudad y me indicó que se pondría en contacto con usted. Aparte de eso, no puedo imaginar quién más lo sabe. —De acuerdo. Le aconsejo que no mencione a nadie la verdadera naturaleza de la amenaza. A su esposa, que sin duda demandará explicaciones sobre la presencia de los escoltas, puede proporcionarle la misma versión que a su hija, y de igual forma a todo el que se interese por el tema. Es conveniente para evitar incongruencias en los diferentes relatos y posibles filtraciones. —¿A qué se refiere con posibles filtraciones, señor Foreman? —preguntó Miguel, molesto por las veladas acusaciones que se desprendían de sus palabras. —Siempre cabe la posibilidad, señor Dumott, de que alguien cercano a la víctima facilite, voluntaria o involuntariamente, información a los delincuentes. No me refiero obligatoriamente a familiares y amigos, también puede tratarse del personal de servicio, amigos o familiares de éstos, repartidores a domicilio, empleados de cualquier establecimiento que suelan frecuentar y puedan oír cualquier conversación aparentemente intrascendente... —Sebastian comprendía lo delicado de la situación y la suspicacia del hombre, pero no podía dejar nada al azar—. Comprenda que es mejor tomar el mayor número de precauciones posible . —De acuerdo. Limitaré las explicaciones a lo acordado anteriormente. —Perfecto. Buenos días. Sebastian abandonó el despacho y el edificio con una mal disimulada irritación causada, no sólo por la imposición a que se vio obligado, sino también por un vago temor o desazón al que no podía poner nombre y que se había instalado en su subconsciente tras la conversación con Miguel Dumott. Su desarrollado instinto, que tantas veces le ayudó e, incluso, salvó la vida en alguna ocasión, le advertía de que algo no marchaba bien. Sebastian presentía que no iba a resultar tan fácil como todos se empeñaban en hacerle creer. La relación entre padre e hija no era todo lo buena que cabía esperar, eso saltaba a la vista. Para el industrial su joven hija era toda una desconocida y, además, parecía no importarle demasiado lo que hacía o dejaba de hacer su tierno retoño. Aunque la quería, daba la impresión de estar más preocupado por satisfacer los caprichos de su bella esposa que por asumir la difícil, y sin duda ingrata, tarea de educar a su vástago, delegando esa responsabilidad en otras personas. Había observado esa forma de actuar en personas adineradas. Estas parecían pensar que el proveer a sus hijos de los mejores cuidados y atenciones, a la vez que les proporcionaban todos los caprichos que pudiesen desear, les exoneraba de sus obligaciones y responsabilidades paternas. También había visto niños malcriados y caprichosos, abandonados desde pequeños en colegios donde recibían la mejor educación posible, y que no todos sabían o querían aprovechar, pero carentes de afecto. Lo que les convertía en soberbios y déspotas con las mismas ideas prepotentes de sus padres. Temía que iba a vérselas con una jovencita de ese tipo y eso lo ponía de muy mal humor, abriendo viejas heridas que creía sanadas para siempre. Lo menos que deseaba en esos momentos era tener que lidiar durante dos meses con una niña mimada y altanera. Empezaba a cuestionarse si el amor que sentía por su único familiar vivo merecía tanto sacrificio. Con un gruñido de disgusto y maldiciendo interiormente a todas las niñas mimadas con padres ricos y despreocupados y a los familiares que abusaban de la confianza en sus seres queridos, cogió su coche y se sumergió en el caótico tráfico de la gran ciudad, para dirigirse a la comisaría de policía. Tenía interés en entrevistarse con el inspector encargado del caso y recibir de primera mano toda la información que le pudiese facilitar. El inspector Fabio resultó ser un hombre inteligente y muy preparado, que le hizo un amplio y esclarecedor resumen de las pesquisas efectuadas. Para él, se trataba de un simple caso de delincuencia común. Nada, a su parecer, indicaba que tuviese un trasfondo político, aunque en un principio hubiese barajado esa posibilidad, principalmente por las conexiones de Dumott con los actuales mandatarios. A pesar de ello, se alegraba de que el industrial le hubiese elegido a él para custodiar a su hija pues, según le comentó, conocía su brillante carrera en el ejército. Le explicó las medidas adoptadas para mantener bajo vigilancia a la banda de delincuentes que pretendía secuestrar a la hija del industrial y las pesquisas que se realizaban para descubrir quién podía estar detrás de la trama. El inspector prometió mantenerle continuamente informado de las novedades y le facilitó los informes confidenciales que poseía sobre el caso. Sebastian salió mucho más tranquilo de lo que llegó tras su visita a la policía. Al eliminar casi totalmente las implicaciones políticas en el asunto, con el peligro que eso suponía y que él conocía bien, la tarea sería bastante sencilla. La policía se encargaba de investigar y vigilar a los presuntos delincuentes y él de investigar a todas las personas relacionadas con la víctima que le parecieran sospechosas. Cuando recibió en su ordenador portátil el e-mail con la lista solicitada al industrial y añadió unos cuantos nombres más por su cuenta, se dirigió a entrevistarse con su tío.
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