Dumott y su hija estaban en sus respectivas habitaciones descansando del largo vuelo y el cambio de horario. Rose y Mari se afanaban en la cocina y John se ocupaba del jardín. Había impartido las órdenes necesarias para que todas las áreas estuviesen cubiertas y distribuido los turnos de vigilancia. Sebastian decidió ir a su habitación para ducharse y cambiarse de ropa. Quería también llamar al inspector Fabio para informarle de la llegada de Karla y enterarse de las últimas novedades en la investigación de los presuntos secuestradores. Tras unos minutos de descanso y una relajante ducha James se dirigió al comedor de la vivienda. Encontró allí a Dumott, sumido en sus pensamientos mientras tomaba una copa. Rechazó la que el hombre le ofreció y ambos se sentaron, pasando a explicarle al industrial, en un plano diseñado por él, los pormenores de los sistemas de seguridad instalados y la ubicación de las distintas cámaras de vigilancia. Después, se dirigieron a la sala de control donde le mostró los monitores y sensores que recogían cualquier movimiento. Dumott quedó impresionado por la ingente labor desarrollada y se convenció, una vez más, de que su hija se encontraría totalmente segura en aquel lugar y en las expertas manos de James Foreman. Cuando volvieron al comedor, Karla estaba de pie ante la alta puertaventana que daba al jardín sosteniendo un vaso en la mano. Había cambiado el informal atuendo con el que llegó al aeropuerto por un elegante pantalón largo y una blusa semitransparente, que dejaba entrever perversamente sus exquisitas formas. Sebastian precisó de un enorme esfuerzo para intentar mantener los ojos apartados de aquella seductora mujer y centrarse en la intrascendente conversación que iniciaron sobre el tiempo y los lugares de interés de los alrededores, mientras esperaban. Por fin se sentaron a la mesa y comenzaron la cena. Desde el primer momento, Sebastian se sintió observado por la sagaz y socarrona mirada de Karla, debiendo echar mano de todo su poder de concentración para no exteriorizar la creciente agitación que le invadía y perder el hilo de la conversación que mantenía con el industrial, que se centró en las indicaciones de Sebastian sobre las pautas a seguir y las medidas a adoptar para garantizar la seguridad de Karla. El industrial fue tajante al respecto. Fabio a su hija que colaborase con el jefe de seguridad, acatando en todo momento sus indicaciones y sugerencias para evitar causar el menor número de problemas a ambos. También pidió que limitase sus salidas al máximo y le sugirió que invitase a alguna amiga o a sus primos, al igual que los años anteriores. Le prometió pasar unos días allí cuando finalizara el crucero por el Caribe que tenía programado desde meses antes y del que esperaba saliera un importante acuerdo financiero. Extendió la invitación a Karla pero ella la rechazó alegando que prefería descansar. Aparte de esos breves comentarios, ella permaneció en una actitud de sospechosa sumisión, asintiendo todo momento a las recomendaciones de Dumott prometiendo aceptar las sugerencias del hombre contratado para protegerla. Pero Sebastian temía que esa actitud de docilidad era sólo aparente y desaparecería en cuanto el industrial se marchase y ella quedase en libertad de hacer lo que le apeteciese. Karla no iba a acatar las órdenes de su padre, estaba convencido, ya que era su forma de mortificarlo por anteponer los caprichos de su nueva esposa a permanecer al lado de su única hija cuando se hallaba en peligro. Por la forma en que lo miraba, con evaluándolo y estableciendo el punto hasta el que podía llegar, comprendió que la joven creía que podía jugar con él. Estaría pensando en causarle el mayor número o complicaciones posibles y hacerle a él blanco de la venganza dirigida a su padre, que lo había contratado. Sebastian conocía esa postura típica en la mayoría de personas obligadas a mantener una escolta. Había sufrido la incomprensión y el despotismo de sus protegidos, hasta que éstos se daban cuenta de que la persona encargada de su seguridad era la menos indicada para recibir su repulsa y, en ningún caso, la responsable de la situación les llevó a solicitar sus servicios. Hasta que llegaban a comprender esa circunstancia podía pasar bastante tiempo en el que el profesional de la vigilancia se veía sometido a un doble esfuerzo, pues conocía los riesgos que esa actitud entrañaba. Por lo tanto, se recordó, en varios días tendría que extremar las precauciones y no perderla de vista en ningún momento. Debería hacerle comprender, y en el menor tiempo posible, que ellos estaban allí para proteger su libertad y no para coartarla. Una vez que ella se convenciera de esa realidad, él podría relajarse y disfrutar de las merecidas vacaciones que, en un principio, se prometió disfrutar. Terminada la cena, padre e hija se disculparon y se dispusieron a retirarse a sus respectivos dormitorios. Sebastian pidió a Karla que le informase sobre sus proyectos para ese día con el fin de tomar las medidas oportunas, pero ella lo eludió con una sonrisa pícara aduciendo que no solía hacer planes con tanta anticipación. Tras ello, dio a su padre un ligero beso en la mejilla y desapareció, seguida a los pocos minutos por su progenitor. Sebastian se quedó unos minutos más mientras tomaba otra taza de café. Como aún era pronto para acostarse, James decidió dar una vuelta por el jardín para disfrutar de la cálida noche mientras evaluaba a fondo la situación. No iba a negar que Karla le hubiera impactado demasiado para lo que él consideraba aceptable. Se recordó, por segunda vez en pocas horas, que un escolta nunca debía implicarse emocionalmente con la persona a la que protegía. Sabía con certeza que una relación de ese tipo limitaba considerablemente el nivel de objetividad necesario para adoptar en cada momento las medidas más convenientes, además de distorsionar su capacidad de reacción y de cisión en los momentos de peligro. Era dolorosamente consciente de ello y no deseaba de ninguna forma que tal eventualidad se volviese a producir, no sólo por su seguridad física, sino también por la emocional.