No estaba dispuesto a pasar por lo mismo otra vez. Con un brusco movimiento de cabeza, intentó desechar los traumáticos pensamientos que lo embargaban y decidió retirarse él también a descansar. Había quedado a primeras horas de la mañana con el industrial para hablar tranquilamente, sin la presencia de Karla. Quería repasar los últimos detalles antes de su partida y deseaba estar bien despejado para entonces. Reconoció que había resultado un día duro. La prueba del aeropuerto, con la tensión ante la posibilidad de un incidente y, posteriormente, la alteración que provocaba en sus sentidos la presencia de la hermosa Karla, con su burlona mirada y su cuerpo tentador, supusieron un duro esfuerzo. Necesitaba descansar unas horas y olvidarse de tan caóticos pensamientos. De ese modo, tal vez por la mañana, vería las cosas con otra perspectiva. Se dirigía hacia la casa cuando vio luz en el cuarto de Karla y se paró a observar a través de la ventana abierta. Aunque ésta se encontraba en la primera planta, las amplias cristaleras que daban acceso a una pequeña terraza permitían divisar casi toda la habitación desde el lugar en el que él se encontraba. En un principio no la vio por ningún lado y eso lo intranquilizó. Se disponía a preguntar al escolta de guardia si la visualizaba en algún monitor cuando la vio aparecer y contuvo la
respiración. Karla salió del baño cubierta por una escueta braguita se sentó ante la cómoda de la habitación para cepillarse el pelo. Sebastian, ante tan espléndida y voluptuosa imagen, sintió como su estómago se encogía y su virilidad se inflamaba, al tiempo que un sudor frío recorría su cuerpo. Nunca había visto nada tan erótico como aquella escena. Sus magníficos y turgentes senos se movían armoniosamente al compás del rítmico cepillado. Su largo y rubio cabello parecía brillar con destellos dorados a cada pasada. Ella mantenía los ojos cerrados, el cuerpo erguido y una sonrisa de placer por el relajante ejercicio. En esos momentos, él deseó más que nada en el mundo sepultar su rostro en aquella sedosa y sensual cabellera. Debía marcharse de allí. Sabía que estaba actuando como un depravado al permanecer oculto en la oscuridad espiando a Karla de esa manera, pero era como si ella le hubiese hipnotizado con el rítmico movimiento que imprimía a sus cabellos y los destellos que estos emitían. Supo que no conseguiría reunir las fuerzas suficientes para apartarse de aquel lugar y privarse de contemplar a aquella subyugante mujer. Se maldijo una y otra vez por el escaso dominio sobre su voluntad y permaneció como un ladrón escondido, aún después de que ella se metiera en la cama y apagara la luz. Se dirigió entonces a la piscina para realizar interminables largos, hasta que el agotamiento consiguió borrar de su mente aquel tentador cuerpo que lo excitaba como nada hasta entonces logró hacerlo. Después se acostó, pero su sueño estuvo plagado de torturantes imágenes en las que se veía acariciado por una larga y brillante cabellera a la que él intentaba atrapar sin conseguirlo, sumiéndolo por ello en la desesperación más profunda. Agotado y sudoroso tras las tormentosas horas nocturnas, acabó levantándose al alba y dirigiéndose a la piscina para que las gélidas aguas aplacasen el ardor que le consumía. Sebastian pensó con desesperación que, si se encontraba en tal estado tan sólo un día después de conocerla, no podría continuar con su trabajo mucho tiempo más. No era propio de un buen profesional, y contraproducente además, una actitud semejante. Debería renunciar al trabajo y facilitar a Dumott un sustituto. Pero, ¿qué excusa aduciría para justificar tal deserción? No podía decirle que se veía obligado a marcharse ya que no era capaz de resistir la tentación que su hermosa hija le suponía, aunque estuviese convencido de que la propia Karla intentaba tenderle, deliberada y perversamente, una tupida red en la que atraparle, todo ello con el único propósito de precipitar su fracaso y su posterior abandono. De no ser así, ¿por qué entonces fue vestida de forma tan sugerente a una simple cena y, adema no dejó de dedicarle provocativas miradas cargadas de sensualidad? Sin duda, con el propósito de ponerle en evidencia ante su padre y demostrar que él no era precisamente la persona que debía ocuparse de su seguridad y protección. Y en ese caso, ¿en qué lugar quedaría su reputación y su ego masculino si pretendiese justificar de esa forma el abandono de sus obligaciones y terminaba por reconocer que una jovencita lo había vencido con sus sucios manejos? Tampoco podía defraudar la confianza depositada en él por personas tan importantes, además de su propio tío. Por lo tanto, debería echar mano de toda su fortaleza y voluntad, permanecer en su puesto y evitar que la persona confiada a su custodia sufriese el menor daño. Él no deseaba ese compromiso. No quería verse obligado a volver a pasar por la traumática situación que sufrió en el pasado, pero sabía que, una vez que se vio obligado a aceptarlo, no retrocedería y protegería a la persona que estaba bajo su protección con su propia vida.