capítulo 17

1206 Palabras
Ella encargaría de ponerle en su sitio y hacerle saber que no estaba dispuesta a dejarse manipular por un sirviente, por muy importante que fuese su trabajo en la casa. —No, papá. Todo va bien. Esta mañana he conocido al nuevo nieto de Rose y después hemos estado de compras —explicó, sintiéndose molesta consigo misma por el arrebato que le llevó a molestarle. —¿Te habrá acompañado Foreman? —se aseguró. Conocía a su hija y sabía de su carácter independiente y decidido. —En todo momento, no lo dudes. Es un Bulldog bien adiestrado —se lamentó con pesarosa resignación. Miguel ahogó una risita. Parecía que su hija había encontrado la horma de su zapato. Bien por el chico. —Me alegro, cariño. Ya te expliqué la situación y considero que eres una persona sensata que comprendes el peligro que corres... que corremos todos —rectificó con prontitud—. Estoy de acuerdo contigo en que es un incordio mantener constantemente pegada a tu espalda a una persona extraña, pero las circunstancias aconsejan aceptar esas imposiciones y tener paciencia, ¿de acuerdo? —¡Qué remedio! —se lamentó aún pesarosa—. Espero que el problema se resuelva pronto y podamos prescindir de todas estas medidas de campo de concentración. —Eso espero yo también. La policía no deja de trabajar en el caso y pronto darán con el autor de los anónimos, no temas. Y bien, ¿para qué me has llamado? ¿No será sólo para quejarte de tus feroces guardianes? —preguntó, consciente de que su hija no le llamaba sólo por el gusto de hablar con él. Con toda seguridad, habría surgido un problema de rivalidad entre ella y Foreman y se sentía furiosa. Decidió no inmiscuirse en el tema. Consideraba al hombre lo suficientemente capaz para manejar a su rebelde hija y asegurarle la protección adecuada. —Bueno, en realidad... —Karla estuvo tentada de desahogarse con su padre, pero consideró que ya tenía bastantes problemas. Por ello inventó rápidamente un motivo que justificase su llamada—. El caso es que, como no puedo salir a ningún lugar sin que me lleve de la mano el lugarteniente de Hitler y me estoy temiendo que voy a tener que pasar bastante tiempo aquí encerrada, he pensado en invitar a Rachel y Eric. Como me comentaste que, tal vez, pasarías aquí unos días antes de comenzar el crucero, me gustaría conocer las fechas para que no coincidáis todos. Ya sabes que, con los dos guardaespaldas, nos hemos quedado un poco escasos de sitio. —Lo comprendo, cariño, pero aún no he podido hablar del tema con Pam, ya que llega esta noche. Te las comunicaré en cuanto las sepa, para que puedas coordinar la estancia de tus primos. —Te lo agradeceré ya que desearía que pudiesen venir lo antes posible. Aquí comienzo a aburrirme soberanamente —sugirió en un velado mensaje que llevaba implícito el deseo de que su visita, en realidad la de su madrastra, se retrasara el mayor tiempo posible. —No lo creo, estoy convencido de que encontrarás algo interesante de qué ocuparte. Y no es necesario que pases todo el tiempo en la casa. Puedes salir siempre que lo desees y el jefe de seguridad lo considere conveniente. —No creas que es tan fácil, papá. Y no resulta nada agradable salir con dos mastodontes pisándote los talones. Me siento una París Hilton cualquiera. Dumott luchó por contener una carcajada. A veces Karla era totalmente transparente. Aunque no estaba dispuesto a ceder en algo tan importante como su seguridad. —Karla, ya hemos hablado del tema y quedamos de acuerdo en que, hasta que se resolviese el problema, era necesario adoptar esas medidas —se mostró inflexible. Comprendió que su padre no iba a ceder aunque se lo pidiese pues estaba convencido de estar actuando correctamente, por lo que dejó de insistir y decidió tomar la situación con estoicismo. Además, sus primos le ayudarían a olvidarse de su involuntario encierro. Llevaba varios años invitándoles, pero siempre hacia finales de mes, prefiriendo pasar los primeros días descansando a su aire. Este año, con la presencia de extraños y su libertad recortada, era conveniente contar con la presencia de Rachel, su íntima amiga y confidente, y el divertido Eric. —De acuerdo. No te molesto más —terció con resignación—. Y no olvides llamarme cuando hayas hablado con tu mujercita. —Hasta pronto, cariño —colgó, convencido de que el hombre elegido para proteger a su hija sabría resolver los problemas que pudiesen surgir. Sebastian, tras realizar una inspección rutinaria de la casa, se dirigió a su habitación con el fin de ducharse y cambiarse de ropa. Estaba agotado y con los nervios alterados tras las intensas horas de inquietud vividas; no sólo por la tensión de un posible incidente, sino también por la continua presión a la que estaba sometido. Ya había intuido la noche anterior que iba a ser difícil de llevar y que la aparente docilidad mostrada en presencia de su padre era sólo una pantomima, pero no adivinó que pretendía ponerle las cosas tan difíciles. Y la desfachatez demostrada en la tienda fue excesiva. No permitiría que lo utilizara como un juguete para su propia diversión ¡Hasta ahí podíamos llegar! Salía de la ducha envuelto en una toalla cuando oyó unos fuertes golpes en la puerta de la habitación. Se alarmó y fue presuroso a abrir. Había prescindido del comunicador en la ducha y temía que hubiese surgido algún problema. Karla estaba plantada ante la puerta, enfundada en un diminuto bikini y con una gran toalla al hombro. —Le comunico que pienso ir a la cala a bañarme —anunció con gesto hosco, marchándose inmediatamente. Sebastian maldijo para sí y procedió a vestirse rápidamente, mientras llamaba a Parker para ordenarle que detuviese a Karla hasta que él lo indicase. El escolta ya lo esperaba cuando llegó presuroso a la puerta de entrada. —¿Dónde está la señorita Dumott? —preguntó Sebastian al no verla por ningún lado. —No ha aparecido por aquí. —Acaba de comunicarme su intención de ir a la playa y la he visto bajar las escaleras —declaró, sumamente confuso—. Debe de haberse marchado sola. —Pues en los monitores no aparece y la verja no se ha abierto por ningún motivo. No veo cómo ha podido salir del recinto —se justificó Parker. Sebastian se pasó una mano por el pelo visiblemente nervioso. ¿Dónde se habría metido esa condenada mujer? —Me buscaban, señores —dijo una voz juguetona desde lo alto de la escalera. Ambos hombres miraron asombrado a una radiante Karla, enfundada en unos cortos pantalones y una camiseta de tirantes, que les sonreía guasonamente. Bajó tranquilamente las escaleras y se dirigió hacia la cocina. —Ah, se me olvidaba. No voy a bajar a la playa aún —añadió con un coqueto mohín en sus carnosos labios—. Tal vez más tarde. Y con una amplia sonrisa de triunfo en su bello rostro se perdió tras la puerta, dejando a los dos hombres con un franco sentimiento de fastidio en el rostro.
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