Capítulo 16

1463 Palabras
Después, se sentó en el asiento al lado del conductor y esperó a que Parker regresara para iniciar la marcha. —¿Dónde desean que nos dirijamos? —preguntó una vez fuera de la casa. Como Karla persistía en su mutismo, fue Rose la que le indicó la dirección a tomar. Durante todo el trayecto permanecieron en silencio, interrumpido ocasionalmente por algún comentario banal sobre el tiempo. Sebastian iba rígido en su asiento, pendiente de cualquier movimiento sospechoso y observando detenidamente los escasos vehículos que se encontraban, sosteniendo en su mano derecha el arma que siempre llevaba consigo. Disimuladamente observaba el asiento trasero. Karla continuaba mirando por la ventanilla con un manifiesto gesto de disgusto en su hermoso rostro, que aún permanecía levemente sonrojado tras la acalorada reacción. Pensó que estaba arrebatadoramente seductora con esos aires de dama ofendida y se felicitó por haber aguantado, e incluso ganado, este primer asalto. Cuando llegaron a su destino, la casa de una de las hijas de Rose en Falmouth, pidió a sus pasajeras que permaneciesen unos minutos en el coche para poder inspeccionar el entorno. Oyó el bufido de enojo de Karla y su mordaz comentario, pero le complació que obedeciese sus órdenes. Regresó a los pocos minutos y les indicó que podían bajar. Parker esperó en el coche, atento a cualquier incidente sospechoso, y él las acompañó al interior de la casa precedidos por la servicial Rose, encantada de poder mostrarles a su nuevo nieto. Sebastian observó cómo el anterior malhumor de Karla se desvanecía al ver al pequeño. Con sorprendente habilidad, lo cogió en brazos y se deshizo en halagos y mimos con él, bajo la atenta y orgullosa mirada de la madre y la abuela del pequeño. Le sorprendió descubrir esa faceta maternal en ella, a la que tildó desde el primer momento de esnob, fría y altanera. La hermosa Karla era toda una caja de sorpresas que, en otras circunstancias, le habría encantado ir descubriendo una por una. Permaneció unos minutos más allí y, viendo que no existía peligro para su protegida, abandonó la casa dejando a las mujeres que hablasen tranquilamente. Al cabo de una hora, las dos mujeres salieron y emprendieron la marcha. Karla estaba muy animada y, olvidado ya el disgusto, decidió dar una vuelta por la población para realizar algunas compras, aparcando en una de las céntricas calles de la zona comercial. Sebastian ordenó a Parker que les siguiese a una distancia prudencial mientras él acompañaba a las mujeres en su recorrido. Karla se mostraba aún resentida con él y pretendía ignorar su presencia, pero no así Rose, que parecía encantada de contar con su ayuda y solicitaba su opinión ante algunos artículos. Tras un rato, la anciana, agotada, regresó al vehículo con la ayuda de Parker y Sebastian acompañó a Karla en su recorrido por las diferentes boutiques para adquirir algunas prendas. Entraron en una exclusiva tienda de artículos de baño en la que ella eligió varios modelos. La solícita dependienta les confundió con una pareja y añadió alguno más que, según le comentó a Karla, serían del agrado de su apuesto novio. A ella le divirtió la confusión y decidió seguir el juego, principalmente cuando observó la reacción que tal malentendido causaba en Sebastian. Se dirigió con grácil contoneo a los probadores mientras le dedicaba a su supuesto novio un simpático guiño de complicidad. La dependienta observó cómo él entraba en primer lugar al pequeño recinto, saliendo rápidamente para dar paso a su acompañante. No dijo nada, acostumbrada a las excentricidades de sus variopintos clientes. Sebastian contuvo la respiración cuando la vio aparecer con un diminuto bikini cubriendo apenas partes de la anatomía que generalmente no se muestran en público. —¿Qué te parece cariño? ¿Crees que me sienta bien? —le preguntó con sonrisa pícara y mirada burlona. Sebastian, profundamente turbado ante tal visión, apenas pudo reunir fuerzas para asentir con la cabeza y ella, regocijada por la prevista reacción masculina, volvió a introducirse en el probador con una risita triunfal. Salió al poco y se dirigió a la dependienta. —Me llevaré estos dos y, por supuesto, el que ha elegido mi prometido —añadió, mirándole con tiernos ojos. Sacó de su bolso la tarjeta de crédito para pagar el importe y, ante el gesto de sorpresa de la dependienta, añadió en tono lo suficientemente alto para que él lo oyera —es encantador y un verdadero semental, pero el pobrecito no tiene un céntimo. No se puede pedir todo, ¿no cree? —se lamentó con fingida resignación. Sebastian enrojeció intensamente ante la mirada especulativa de la dependienta y la sonrisita de comprensión que se instaló en su cara. Nunca se había sentido tan humillado. Apenas acertó a coger los paquetes que ella le alargaba y adelantarse a la puerta para facilitarle la salida. Una vez en la calle, realizó una rápida inspección e hizo un gesto a Parker para que acercara el coche. —¿Pero qué hace? —preguntó Karla sorprendida, al comprender la intención del hombre. —Aún no he terminado el recorrido. Me quedan algunas tiendas en las que... —Creo que ya hemos tenido suficientes compras para un día, señorita Dumott —la cortó con acritud, mientras introducía los paquetes en el maletero y le abría puerta para que se introdujese en el coche—, ahora, haga el favor de portarse como una persona sensata y no llame más la atención — añadió entre dientes. Karla sintió el impulso de abofetearle allí mismo y decirle lo que podía hacer con sus órdenes, pero una rápida mirada al pétreo rostro de él le indicó que sería más razonable atender a su sugerencia. Mascullando una imprecación, se introdujo en el coche y cerró la puerta con violencia. El viaje de vuelta transcurrió con mayor tensión aún que el de ida. Karla respiraba con dificultad, presa de un ataque de ira que apenas podía disimular, y Sebastian, sumamente enfadado y aún avergonzado por la escena de la tienda, pensaba seriamente en abandonar el trabajo y llamar al industrial para que él mismo se ocupase de proteger a su insolente e insufrible hija. Cuando llegaron a la casa Mary y su marido esperaban pacientemente en la puerta, ya que el nuevo sistema de seguridad impedía el paso a la casa en ausencia de ellos. Cuando entraron, Karla apenas esperó a que el coche parara para descender, incapaz de soportar un minuto más su presencia. Aunque, al haber olvidado que sus antiguas llaves no servían, tuvo que esperar a que Sebastian abriera la puerta y la precediera escaleras arriba hasta su habitación. Una vez allí, la inspeccionó concienzudamente y no le permitió el paso hasta cerciorarse de que no existía peligro alguno. Karla notaba crecer a cada minuto la cólera dentro de ella por una demora que consideraba deliberada y, cuando al fin salió, cerró la puerta con violencia y se dirigió directamente a la cama para enterrar la cabeza entre las sábanas y ahogar de ese modo el grito de frustración que le atenazaba la garganta. El muy... ¿Pero quién se creía que era? Probablemente el mismo Rambo salido de la pantalla y materializado en un engreído guaperas de gimnasio. En un arrebato de pura ira cogió el teléfono y marcó el número de su padre. Ahora vería ese déspota. Tenía las horas contadas cuando le refiriese los malos modos empleados con ella y la desfachatez que se gastaba en todo momento. En su vida había sido tratada de ese modo y no iba a permitirlo ahora. Y menos por un vulgar e incivilizado guardaespaldas sin la mínima educación exigida para esa profesión de mentecatos. ¿No le habían enseñado que la persona que paga manda? Ella lo pondría en su sitio, que no era ni más ni menos que en la calle. Tras varias señales de llamada oyó la voz de su padre. —¿Karla? ¿Qué ocurre? —preguntó alarmado, al haber reconocido el número de teléfono que le llamaba. —Hola, papá. No temas, no ocurre nada —lo tranquilizó ella, al tiempo que se reprendía por haberle sobresaltado. —¡Gracias a Dios! Aunque sé que estás en las mejores manos, siempre cabe la posibilidad de cualquier complicación —manifestó aliviado el hombre—. Entonces, ¿va todo bien por allí? ¿No han surgido problemas? —preguntó ansioso. Karla, una vez superado el arrebato de ira y frustración que la dominara momentos antes, consideró una estupidez preocupar a su padre con sus niñerías. Ella era una mujer adulta, acostumbrada desde hacía años a resolver sus propios problemas, y no pensaba en esta ocasión ir llorando a papá porque un empleado se saltase su autoridad y se sobrepasara en sus atribuciones.
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