XVII

1626 Palabras
Hace unos minutos la ceremonia de sepultura terminó, y aunque el ambiente está en silencio, no pude evitar notar la mirada de Malek. En sus ojos se refleja el mismo dolor que sentí cuando vivía con mis padres y no podía proteger a mis hermanos como debía. Esa impotencia, esa carga de no ser suficiente. Tal vez, solo tal vez, subestimé a Malek. Lo vi solo como un hombre de hielo, alguien que toma lo que quiere cuando lo quiere, sin importar las consecuencias. Pero ahora, al observarlo, me pregunto si es más que el rey de la mafia, frío y sin corazón. Tal vez hay algo más detrás de esa fachada de dureza. De pronto, me siento incómoda. El aire frío roza mi piel, pero es algo más, algo que no puedo identificar. Mis sentidos están alerta, y no puedo evitar mirar detrás de nosotros. Ahí, justo detrás de aquellas lápidas, aparece ella. La mujer que, en su sonrisa cruel, parece disfrutar del sufrimiento ajeno, y con ello, la certeza de que esto apenas comienza. Malek toma mi mano con fuerza, su agarre es tan firme que me duele, y empieza a alejarme del lugar. Puede que intente evitar un enfrentamiento hoy, pero no parece que la italiana comparta su opinión. Fiorella y sus hombres bajan con paso decidido hacia nosotros, y aunque la tensión es palpable, mi mirada rápidamente busca a Luz. Pero ella ya se ha ido, acompañada por Badra y los demás, dejándonos en este punto crítico, como si todo lo demás no importara. Solo estamos nosotros, Malek, su primo Lomdon y unos cinco hombres más. Nadie más se atreve a quedarse. La atmósfera se siente como si estuviéramos en el centro de un campo minado, esperando a que la chispa detone. —Es un gusto volver a verte, Malek —Fiorella dice con un tono suave, pero en sus palabras hay algo hiriente, como si la burla estuviera escondida en cada sílaba. —Diría que es una pena encontrarnos en esta situación, pero estaría mintiendo. Malek no se inmuta, pero su mirada se endurece. Su tono es bajo, firme, cargado de advertencia. —Fiorella, créeme, estás jugando con fuego en este momento. El aire entre nosotros parece volverse más espeso, como si la confrontación estuviera al borde de estallar, pero ella no muestra ni una pizca de miedo. Su sonrisa se amplía, como si todo esto fuera un juego para ella. —Solo vine a darte el pésame —dice con un tono tan insincero que casi me da asco—. Realmente me duele tu pérdida. Samira y yo éramos muy buenas amigas. La burla es evidente, y aunque Malek no dice nada, su mandíbula se tensa. Yo, por mi parte, siento cómo la rabia comienza a subir por mi garganta. —Tan amigas que la asesinaste —dice Malek, su voz tan fría que corta el aire. No hay duda de que es una amenaza, una advertencia sin palabras. Fiorella, lejos de intimidarse, mantiene su actitud desafiante. —No olvides que la guerra la empezaron ustedes, no nosotros —su mirada cae sobre mí con un descaro absoluto. —Hermosa ceremonia, Malek. Me pregunto si Lia tendrá la misma suerte algún día. El agarre de Malek se intensifica, y puedo sentir cómo su cuerpo se tensa, como una cuerda a punto de romperse. Pero él no responde, no le da el gusto de demostrar que la amenaza lo afecta. —Ni siquiera lo intentes —responde con una calma peligrosa, que se siente más como una sentencia. Fiorella, sin perder la sonrisa, da un paso atrás, aún jugando con sus palabras. —Esto apenas comienza, Malek. Cuida bien a tu nueva debilidad. —Su tono se suaviza, pero sus ojos brillan con la amenaza latente en cada palabra. —Hasta pronto. Con una última mirada cargada de burla, se da la vuelta y se aleja, dejando en el aire la promesa de lo que está por venir. El silencio que queda es pesado, casi insoportable. Nadie baja la guardia, ni siquiera un poco. Los hombres de Fiorella, al igual que los nuestros, se mantienen alerta, con los ojos fijos en el horizonte. La batalla, aunque aún no ha comenzado, ya se siente inevitable. Mi respiración se acelera un poco, y por un instante, me siento completamente vulnerable. Este lugar, con su carga de recuerdos y amenazas, no es seguro para nadie. Malek no lo dice, pero su mirada lo dice todo. La guerra ha comenzado de nuevo, y esta vez, no solo está en juego su reino. Estoy en juego yo, y esa amenaza me quema —Ahora entiendes por qué no puedes dejarme. No sólo eres mía, Lia, sino que eres el arma que élla usará para destruirme si te alejas - me suelto de su agarre con fuerza —eres tan egoísta, tu y tu hermano lo son, están metidos en todo esto y aún así quieren que estemos con ustedes - por alguna razón esto me enoja tanto - nunca piensas en los demás solo en ti mismo si me asesinan ¿estarás feliz? No, espera no se ni por que lo pregunto sabiendo la respuesta —estas hablando estupideces —no lo estoy, no ha pasado ni dos malditas horas desde que regresamos y ya la loca italiana me quiero hacer rompecabezas —no voy a dejar que algo asi suceda, Lia entiende que de todos modos ello lo hubiera sabido, estas mejor a mi lado —yo estaba mejor cuando no sabías quién era yo, estaba mejor alejada de ti, al menos de esa manera podía tener todo bajo control pero eso nunca más será posible gracias al gran Malek Muhy - cada palabra la escupo con odio y rabia Malek me observa en silencio, sus ojos oscuros ardiendo con algo que no logro descifrar del todo. Parece que mis palabras lo han golpeado, pero no de la forma en que esperaba. Hay algo más ahí, algo que no quiere mostrarme. —¿Bajo control? —dice finalmente, con un tono más bajo, casi como un susurro. —Lia, si eso fuera cierto, no estaríamos aquí. No estarías aquí. ¿O ya olvidaste lo que hiciste para llegar a este punto? Sus palabras son como un golpe. No porque sean mentira, sino porque me obligan a enfrentar una verdad que preferiría ignorar: yo también tomé decisiones que me llevaron a esto. Pero no puedo dejar que me manipule de esta manera, no después de todo. —¿De verdad tienes el descaro de culparme? —mi voz tiembla, aunque no sé si es por la ira o por el agotamiento. —Tú fuiste quien arruinó todo al cruzar esa línea, Malek. ¡Tú decidiste involucrarte en mi vida, en mi mundo! Y ahora pretendes que acepte esto como si fuera lo único que queda para mí. —Porque lo es. —Da un paso hacia mí, acortando la distancia entre nosotros. Su voz se vuelve más baja, más peligrosa. —No hay un "antes" al que puedas regresar, Lia. No para ti, no para mí. Esa mujer, esa maldita mujer —escupe las palabras como si fueran veneno—, nunca se detendrá. Ya no se trata solo de mí. Ahora se trata de ti. —¡Yo no pedí esto! —grito, mi voz resonando en el frío aire. Mis manos están temblando, pero no sé si es por miedo, por rabia o por la combinación de ambas. —Yo no pedí ser un arma, ni ser tu debilidad, ni cargar con tus malditas guerras. ¡Todo esto es tu culpa! Malek se queda inmóvil por un momento, como si mis palabras lo hubieran congelado en el lugar. Pero luego, de forma repentina, su mano se eleva hacia mi rostro. Por un instante, pienso que va a golpearme, pero no. Sus dedos rozan mi mejilla con una suavidad que no esperaba, y en su mirada hay algo que casi parece... dolor. —No quería esto para ti, Lia. —Su voz es tan baja que casi no lo escucho. —Pero ahora no puedo dejarte ir. No porque no quiera, sino porque sé lo que harán contigo si lo hago. Intento apartarme, pero sus palabras me detienen. Hay algo en su tono que me hace dudar, aunque no quiero creerle. —¿Por qué? —pregunto, apenas capaz de contener el temblor en mi voz. —¿Por qué no puedes simplemente dejarme en paz? —Porque eres más que un arma o una debilidad para mí. —Se inclina un poco hacia adelante, y su rostro está tan cerca del mío que puedo sentir su aliento. —Porque, aunque me odies por ello, te necesito, Lia. Más de lo que nunca quise necesitar a nadie. Mis ojos se llenan de lágrimas antes de que pueda detenerlas. No quiero sentir nada por él, pero sus palabras me desarman de una manera que odio. Me aparto, rompiendo el contacto entre nosotros antes de que sea demasiado tarde. —No puedes arreglar esto con palabras, Malek. —Doy un paso atrás, intentando recuperar algo de control. —No importa lo que digas tú solo has empeorado todo. Malek me observa en silencio, y por un momento parece que va a decir algo más. Pero entonces su mirada se endurece de nuevo, y el hombre vulnerable que vi por un instante desaparece, reemplazado por el rey frío y calculador que siempre ha sido. —Puedes odiarme todo lo que quieras, Lia —dice con una calma peligrosa—, pero no puedes cambiar la realidad. Esto apenas comienza, y no importa cuánto intentes alejarte, ya estás en mi mundo. Y en mi mundo, no hay escapatoria.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR