Serena
Las horas en carretera dejan a Max agotado, detiene el auto frente a la casa de sus padres y me observa.
—Gracias por decidir venir conmigo, sé que es precipitado que te presente a mis padres en este momento, pero… —me acerco y beso sus labios.
—No digas una sola palabra más —Declaré—. Estoy contigo porque es lo que más deseo.
Vuelve a besarme y bajamos del auto mientras caminamos a casa de sus padres. El ama de llaves nos abre la puerta y le indica a Max que sus padres están en la sala, su madre al verlo se lanza en sus brazos.
—No sabes cuánto me alegra que estés aquí, esa mujer no está bien… —hace silencio al verme— ¿Está hermosa chica quién es?
—Madre, te presento a Serena, mi novia. —Estoy nerviosa, no quiero darle una mala impresión a la señora.
—Oh querida —Me abraza y besa mi mejilla—. Me hubiera encantado conocerte en otras circunstancias, pero me alegra que estés aquí.
El señor se acerca y se coloca al lado de su esposa.
—Bienvenida a la familia —comenta mi suegro y no puedo ocultar la alegría que siento.
Nos sentamos mientras escuchamos con detalles lo que pasó con Vivian esta tarde.
—No sabía qué hacer para detenerla, hijo —Su voz suena dolorosa, y no quiero imaginar todo lo que tuvo que ver.
—Sus padres vinieron aquí a reclamar y exigirnos que paguemos todos los gastos de la clínica —contesta con molestia su padre.
—Hablaré con ellos y les dejaré las cosas claras, no tienen derecho a venir aquí y perturbar su paz por una mujer que tiene problemas. —Agarro su mano y le doy un leve apretón, no quiero que se preocupe más.
Cristina nota mi forma de apoyarlo y me regala una sonrisa llena de gratitud.
—No quiero seguir hablando de esa mujer —Exige mi suegra—. Quiero conocer más a mi yerna, si no es mucha molestia iremos al jardín.
Nos levantamos y salimos de la casa.
—Gracias —Cristina me mira con agradecimiento y no entiendo el motivo.
—¿Se encuentra bien?
—Sí —Su boca se curvó con una sonrisa. —Es que… —Cristina toma mis manos—. Gracias por hacer feliz a mi hijo, ha pasado por tanto que siempre le pedí a Dios un poco de luz en su vida, y eres tú.
¡Oh! Ahora seré yo la que se ponga sentimental.
—Maximiliano es… —Le dediqué una media sonrisa—. El hombre más encantador, no sé en qué momento… —La realidad golpeó mi vida.
—Te enamoraste… —comenta y abro los ojos por la sorpresa.
Nuestra conversación es interrumpida por Max que viene hacia nosotros y mi corazón late con fuerza al verlo y estar consciente con más seguridad de mis sentimientos hacia él.
—¿Todo está bien? —me tomó de la cintura y besó mi mejilla.
—Claro que sí, hijo —responde Cristina.
Maximiliano habla de no sé qué con su madre y no dejo de mirarlo en ningún momento. ¡Estoy enamorada del hombre más maravilloso! Mis ojos se llenan de lágrimas y Max me mira preocupado.
—¿Estás bien, mi amor? —Toma mi rostro en sus manos.
—Sí, lo que pasa es que… —sonrío tontamente— Me haces muy feliz.
—Tú a mí, cielo.
Entramos a la casa y vamos nuevamente a la sala. Cristina mandó a preparar unos aperitivos para nosotros, y se lo agradezco, muero de hambre.
—Hijo, sabes que no soy de meterme en tus decisiones y respeto cada una de ellas —Federico se acomoda en la silla y lo mira fijamente—. Pero Vivían te está manipulando, esa mujer no tiene escrúpulo y está utilizando cualquier artimaña para que vuelvas con ella.
Max lleva sus manos a su cara y suspira, esa mujer le está quitando su paz y no puedo permitir que lo haga. Ahora qué sé de mis sentimientos hacia él, no dejaré que nadie lo lastime y menos su ex esposa.
El timbre de la casa suena y el ama de llaves va a abrir. Escuchamos gritos y un hombre alto, y de ojos azules llenos de ira aparece en la entrada de la sala.
—¡Hasta que apareces, cobarde! —Le grita a Max.
Federico se enfurece y se le lanza encima golpeándolo. Cristina grita y yo corro a su lado. Maximiliano aparta a su padre, quedando entre el medio de los dos hombres.
—Sergio, no tienes ningún derecho a venir a casa de mis padres —Max lo reta con la mirada— Así que te exijo que te vayas.
—Tú a mí no me mandas, niño —Lo apunta con el dedo y me hierve la sangre al ver cómo lo trata ese hombre— Por tu culpa mi hija está en esa situación.
—Tu hija necesita un psiquiatra, deberías preocuparte por su salud, en vez de venir acá a exigirle a mi hijo que sea responsable de las locuras de Vivian para retener a Maximiliano a su lado —El señor se acerca nuevamente a mi suegro.
—¡Ya basta los dos! —El grito de Maximiliano nos sorprende a todos— Lárgate Sergio, y dile a tu hija que ya no es parte de mi vida.
El padre de Vivían se acomoda la chaqueta sin quitarle la mirada a Max y se retira.
Cristina se acerca a Federico y lo abraza. Se nota la preocupación en ambos por la situación que tiene Max, y yo estoy en la misma al no saber qué hacer para ayudarlo.
—Es hora que te lleve a casa, debes estar cansada por el largo viaje —No quería separarme de él, pero entiendo que necesita estar solo.
—Está bien.
La tensión es palpable, me despedí de mis suegros con la seguridad de que pronto volveremos a vernos. Max toma mi mano y salimos de la casa, el frío hace que mi piel se estremezca, me ofrece su chaqueta, la tomo y me la coloco, le doy una tierna sonrisa.
Aunque me trate como toda una reina, sé que está preocupado por la situación, hasta cierto punto yo también, solo espero que Vivían lo deje de una vez por todas.