La noche era silenciosa en San Diego, con la brisa marina colándose por las ventanas abiertas de la casa de los padres de Samantha. El reloj marcaba la 12:15 de la madrugada. Brandon, acostado en su habitación asignada, tenía los ojos abiertos mirando el techo blanco, las manos cruzadas sobre el pecho y el corazón latiendo como si hubiera corrido una maratón. No podía dormir. No después de lo que había sentido durante el dia, no después de los besos que compartieron y, sobre todo, no después de que Don Luis los interrumpiera con ese tono paternal tan pasivo-agresivo. —Portense bien. Y espero que está casa se respete. —le había dicho. Pero el problema era que Brandon no podía "dormir". No cuando a menos de cinco metros en línea recta, su prometida dormía usando sus shorts diminutos de os

