Por orden de Theodore, nadie la molestó, aunque la curiosidad los carcomía y no podían evitar dedicarle miradas no tan furtivas, cada cierto tiempo. Al momento de retirarse, el magnate de los perfumes volteó a verla y entrecerró los ojos para apreciarla mejor en su bata, con los lentes de protección, guantes y totalmente concentrada en su labor. Metió las manos en los bolsillos y se dijo: “Vaya a resultar ahora que sí es una buena perfumista y yo la tengo en mi casa de niñera.” Desechó el pensamiento porque también le surgió la imagen de su hija y sabía que estaría desolada si la alejaba de esa mujer que lo estaba inquietando sin aviso alguno. Entró a su oficina donde ya Stefanie, su secretaria, lo estaba esperando con algunos pendientes. –Buenos días jefe, en quince minutos vendrán a

