Gala El desayuno había sido una tortura. Sentada en esa mesa elegante, rodeada de la familia Soykan, con la tensión tan espesa que se podía cortar con un cuchillo, me sentía como si estuviera caminando sobre cristales rotos. Ateş no había apartado los ojos de Arthur en toda la comida. Lo miraba con una intensidad que habría hecho que cualquier persona normal saliera corriendo, pero Arthur parecía completamente ajeno a la amenaza silenciosa que emanaba de su cuñado. O tal vez simplemente no le importaba. Arthur había estado actuando como el esposo perfecto, cortando delicadamente la fruta para Davina, susurrándole cosas al oído que la hacían sonreír, besando su mejilla con una ternura que me parecía completamente falsa después de lo que había pasado en el pasillo. Davina, por su parte,

