CAPÍTULO 5. ADIÓS A LO QUE PUDO SER

1352 Palabras
Los Ángeles, California Gala Tres semanas. Había pasado tres semanas desde que desperté en esa cama de hospital, y mi cuerpo finalmente comenzaba a sanar. Los moretones habían cambiado de n***o a amarillo verdoso, las costillas ya no me dolían al respirar, y podía caminar sin sentir que me desplomaría en cualquier momento. Pero el dolor en mi alma... ese seguía tan fresco como el primer día. Parada frente a la puerta de mi pequeño departamento, las llaves temblaron en mi mano. Chelsea me había estado hospedando en su apartamento estas últimas semanas, durmiendo en su sofá mientras sus dos gatos, Óscar y Wilde, se turnaban para dormir sobre mi pecho como si supieran que necesitaba el consuelo. Chelsea trabajaba como organizadora de fiestas para los ricos de Beverly Hills, y últimamente estaba obsesionada con una nueva tendencia: "cat showers" y "dog showers" para las mascotas de millonarios vanidosos. Me había contado entre risas cómo una socialité había gastado quince mil dólares en una fiesta de cumpleaños para su Pomerania, completa con buffet gourmet y mariachi. En circunstancias normales, me habría reído. Pero nada parecía normal desde que perdí a mi bebé. Finalmente logré abrir la puerta. El aire viciado me golpeó como una bofetada. El departamento olía a cerrado, a tristeza, a sueños rotos. La cuna que había comprado con tanto esfuerzo, trabajando dobles turnos paseando perros y tocando en bares de mala muerte, estaba desarmada en un rincón. Chelsea la había desarmado la semana pasada, sin preguntarme, porque sabía que yo no tendría las fuerzas para hacerlo. Me dirigí hacia el pequeño clóset donde había guardado toda la ropa de bebé. Cada pieza era perfecta, elegida con tanto amor y esperanza. El osito de peluche amarillo que había encontrado en una tienda de segunda mano, los pañales que había comprado cuando estaban de oferta, los body diminutos en tonos neutros porque quería que fuera una sorpresa. Todo hermoso. Todo inútil ahora. Pero sabía que en el hospital habría madres que lo necesitarían, madres cuyos bebés habían nacido demasiado pronto o sin recursos. Al menos estas cosas podrían servir para algo bueno. Mientras doblaba cada prenda, traté de no pensar en cómo se vería mi hijo usándolas. Traté de no imaginar sus manitas diminutas saliendo de las mangas, sus piecitos en los zapatitos de tela que había tejido yo misma durante las noches de insomnio. El dolor en mis senos me recordó otra realidad cruel. Mi cuerpo seguía produciendo leche para un bebé que ya no existía. Cada mañana despertaba empapada, con una sensación de urgencia que no tenía propósito. Fui al baño para tomar el extractor de leche que había comprado cuando aún tenía esperanzas de ser madre. Pero al ver la bañera, me quedé paralizada. Allí había sucedido todo. Flash back: La puerta abriéndose con violencia. Sus ojos inyectados en sangre, el alcohol en su aliento. "¡Eres una puta!" gritaba, mientras me arrastraba del cabello. "¡Ese hijo no es mío!" Mis gritos. Mis súplicas. Los golpes cayendo como lluvia sobre mi cuerpo, sobre mi vientre hinchado... Cerré los ojos con fuerza, tratando de alejar los recuerdos. Que hubiera salido libre, que la policía lo hubiera dejado ir como si nada fuera pasado, me llenaba de una inseguridad constante. Cada ruido en la noche me hacía saltar. Cada sombra me parecía amenazante. Por eso necesitaba irme de Los Ángeles. Necesitaba ir a un lugar donde nadie me conociera, donde nadie supiera sobre mi pasado lleno de decisiones equivocadas y hombres que me lastimaban. Tomé el extractor y me senté en la cama. El alivio fue inmediato cuando la leche comenzó a fluir. Era un dolor físico que podía controlar, a diferencia del dolor emocional que me estaba consumiendo. Las lágrimas comenzaron a caer mientras miraba mi tatuaje de mariposa en el brazo izquierdo. Me lo había hecho cuando cumplí veintiún años, creyendo que simbolizaba transformación, renacimiento, segundas oportunidades. Ahora me preguntaba si alguna vez podría transformarme en algo más que una mujer rota. Terminé de extraer la leche y la guardé en el refrigerador portátil que había traído. Luego recogí todas las cosas del bebé en dos bolsas grandes y me dirigí al hospital. Las enfermeras del piso de maternidad ya me conocían bien. Durante estas tres semanas había venido regularmente a donar leche materna. Me había apuntado en el programa de banco de leche después de descubrir que muchas madres no podían alimentar a sus bebés por diversas razones. Al menos mi cuerpo podía servir para algo bueno, incluso si mi bebé ya no estaba aquí para beneficiarse de él. —Gala, mi amor —la enfermera Patricia me saludó con una sonrisa triste—. ¿Cómo te sientes hoy? —Mejor —mentí, entregándole las bolsas—. Traje ropa de bebé y más leche. Patricia tomó las bolsas con cuidado, como si fueran tesoros preciosos. —Eres una buena chica —me dijo, abrazándome fuerte—. Tu bebé estaría orgulloso de ti. Asentí, sin confiar en mi voz. —Oye —añadió Patricia—, hoy nació un bebé nuevo. Prematuro, necesita toda la ayuda que pueda conseguir. Su mamá está en cuidados intensivos y no puede producir leche aún. ¿Te gustaría conocerlo? Parte de mí quería huir. Ver a otros bebés me dolía de maneras que no podía describir. Pero otra parte de mí, la parte que aún creía en hacer el bien en un mundo lleno de maldad, asintió. Mientras esperaba a que Patricia trajera al bebé, la televisión en la sala de espera captó mi atención. Las noticias estaban reportando sobre la muerte de la esposa de un magnate de las industrias Soykan. La mujer había sido encontrada muerta en su mansión en circunstancias misteriosas. —Dios mío —murmuró la enfermera que estaba limpiando cerca de la televisión—. Ya no se puede estar seguro ni en su propia casa. Y eso que tenían todo el dinero del mundo, toda la seguridad que se puede comprar. —El dinero no te protege de todo —comentó otra enfermera—. A veces el peligro viene de los que están más cerca de ti. Asentí mecánicamente, pero la verdad era que no tenía energía para pensar en las tragedias de otras personas. Mi propia pérdida me tenía sumida en un pozo tan profundo que apenas podía ver la superficie. Patricia regresó con una manta pequeña en sus brazos. —Aquí está —susurró, mostrándome al bebé más pequeño que había visto en mi vida—. Apenas pesa dos libras, pero es un luchador. Mis ojos se llenaron de lágrimas al ver esa carita arrugada, tan frágil, tan perfecta. Por un momento, pude imaginar que era mi bebé, que todo había sido una pesadilla terrible. —¿Puedo... puedo tocarlo? —pregunté con voz quebrada. Patricia asintió y me guio para que pudiera acariciar suavemente la mejilla del bebé con un dedo. Su piel era tan suave, tan cálida. —Tu leche lo está ayudando a crecer fuerte —me dijo Patricia—. Estás salvando su vida, Gala. No pude contener más las lágrimas. Lloré por mi bebé perdido, por este bebé que luchaba por vivir, por todas las madres que amaban y perdían y seguían amando de todas formas. —Gracias —logré susurrar—. Gracias por dejarme ayudar. Cuando finalmente salí del hospital, el sol se estaba poniendo sobre Los Ángeles. Pronto sería hora de irme a Seattle, de comenzar una nueva vida lejos de esta ciudad que me había dado tanto dolor. Pero por primera vez en tres semanas, sentí algo más que vacío en mi pecho. Sentí propósito. Aunque mi propio bebé se había ido, aún podía ser madre de alguna manera. Podía nutrir, podía dar vida, podía transformar mi dolor en algo que ayudara a otros. Quizás mi tatuaje de mariposa tenía razón después de todo. Quizás la transformación no siempre significaba convertirse en algo hermoso. A veces significaba convertirse en algo útil, algo que puede ayudar a otros a volar, incluso cuando tus propias alas están rotas.
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