Los Ángeles, California - Gala Evans
El sabor metálico en mi boca fue lo primero que registré al despertar. Después vinieron las luces fluorescentes que me quemaban los ojos como cuchillas, y finalmente, el dolor. Un dolor que se extendía por todo mi cuerpo como si hubiera sido atropellada por un camión.
¿Dónde estaba?
Traté de enfocar la vista, parpadeando repetidamente hasta que las formas borrosas comenzaron a tomar sentido. Paredes blancas. Olor a desinfectante. El pitido constante de una máquina cerca de mi cabeza.
Hospital.
Los recuerdos llegaron como fragmentos de cristal roto: la puerta abriéndose con violencia, sus ojos inyectados en sangre, el primer golpe que me tomó por sorpresa, mis gritos, mis súplicas, la bañera...
—Gala, Dios mío, despertaste.
La voz me hizo voltear bruscamente, enviando una punzada de dolor por mi cuello. Chelsea estaba sentada en una silla junto a mi cama, con los ojos rojos e hinchados como si hubiera llorado durante horas. Mi mejor amiga, mi hermana del alma, parecía haber envejecido años en... ¿cuánto tiempo había pasado?
—Chels —mi voz salió como un graznido—. ¿Qué...?
Pero entonces lo recordé todo. Y mi mano voló instintivamente a mi vientre.
Mi vientre plano. Vacío.
—No —susurré, los ojos llenándoseme de lágrimas—. No, no, no. ¿Dónde está mi bebé? ¿Dónde está...?
La expresión en el rostro de Chelsea me dio la respuesta antes de que pudiera pronunciar las palabras. Sus ojos se llenaron de lágrimas frescas y se mordió el labio inferior, tratando de contener un sollozo.
—Gala... —murmuró, acercándose para tomar mi mano—. Lo siento tanto. El bebé... no sobrevivió.
El mundo se detuvo.
Mi hijo. Mi pequeño. El único rayo de esperanza en mi vida de mierda. Desaparecido.
—Fue ese animal —la voz de Chelsea se llenó de odio puro—. Ese maldito bruto te golpeó tanto que... Gala, casi te mata. A ti también casi...
Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas como cascadas. No podía respirar. No podía pensar. Solo podía sentir un vacío tan profundo en mi pecho que pensé que me tragaría entera.
—¿Por qué? —logré susurrar entre sollozos—. ¿Por qué lo hizo? Yo no... yo no sabía que iba a llegar tan temprano. Estaba en el apartamento con George de la banda, solo revisando unas canciones. No pasó nada, Chelsea. ¡No pasó nada!
—No tienes que explicarme nada —Chelsea apretó mi mano—. Nada de esto es tu culpa. Nada.
Pero se sentía como si fuera mi culpa. Como si siempre fuera mi culpa. ¿Por qué las cosas malas siempre me pasaban a mí? ¿Qué había hecho para merecer esto?
—No entiendo —mi voz se quebró—. ¿Cómo puede un hombre matar a su propio hijo? ¿Cómo puede hacerle eso a alguien que ama?
—Él no te ama, Gala —la voz de Chelsea se endurecía—. Los hombres que aman no hacen esto. Los monstruos sí.
La rabia comenzó a hervir en mi pecho, mezclándose con el dolor hasta crear algo venenoso y ardiente. Quería gritar, quería romper algo, quería hacerle pagar por lo que me había quitado.
—¿Dónde está? —pregunté con una voz que no reconocí como mía—. ¿Dónde está ese hijo de puta?
—Huyó —respondió Chelsea rápidamente—. Lo no pudieron arrestarlo, tenía “cuartadas” sólidas. Pero Gala, escúchame. No puedes seguir así. No puedes seguir permitiendo que esto pase.
—¿Permitir? —la palabra salió como un rugido—. ¿Crees que permití que me golpeara hasta matar a mi bebé?
—No, no es eso lo que quise decir —Chelsea se acercó más—. Pero, cariño, esta no es la primera vez. Siempre hay alguien que te lastima, siempre hay algún hombre que...
—Basta —la interrumpí—. Solo... basta.
Nos quedamos en silencio por un momento. Chelsea tenía razón, por supuesto. Siempre la tenía. Mi vida había sido una cadena interminable de hombres que prometían amarme y terminaban lastimándome. Pero nunca había llegado tan lejos. Nunca había perdido tanto.
—¿Por qué no le pides ayuda a...? —Chelsea comenzó, pero se detuvo abruptamente.
—¿A quién? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta—. No espero ayuda de nadie, Chelsea. Puedo sola. Siempre he podido sola.
Era una mentira y ambas lo sabíamos. Pero era la única verdad que me permitía seguir adelante sin desmoronarme completamente.
—Gala —Chelsea suspiró—. Tengo una propuesta para ti.
La miré con desconfianza. Chelsea era organizadora, tenía un empresa en crecimiento, pero mucho más exitosa que yo. Tenía contactos, oportunidades, r************* , una vida que yo solo podía soñar.
—Conseguí un contrato en Seattle —continuó—. Es un trabajo bueno, estable. Organizar varios eventos. Pagan bien, muy bien. Ven conmigo. Allá puedes comenzar de cero. Con ese hombre libre no tendrás paz, volverá una y otra vez y eso lo sabes.
¿Seattle? La idea de alejarme de Los Ángeles, de empezar de nuevo en un lugar donde nadie me conociera, donde nadie supiera sobre mi pasado lleno de decisiones terribles y hombres peores... era tentadora.
—Podríamos conseguirte un apartamento pequeño pero decente —insistió Chelsea—. Podrías tocar en bares más exclusivos, trabajar en tu música sin tener que pasear perros para sobrevivir.
Por primera vez desde que desperté, algo parecido a la esperanza se encendió en mi pecho.
—¿En serio? —murmuré.
—En serio. Solo tienes que decir que sí. Tampoco tienes muchas opciones con el animal ese libre no te puedes quedar aquí.
—Sí —respondí sin dudar—. Sí, pero necesito arreglar algunas cosas aquí primero. Necesito...
La puerta se abrió y entró un doctor de mediana edad con bata blanca y una expresión que había perfeccionado para dar malas noticias. Mi estómago se contrajo.
—Señorita Evans —dijo, consultando una tableta—. Me alegra ver que está despierta. Siento mucho su pérdida.
Sus palabras me atravesaron como dagas. "Su pérdida." Como si mi bebé fuera un objeto que había extraviado, no la vida que habían arrancado de mi vientre.
—Doctor —Chelsea se puso de pie—. ¿Cómo está? ¿Se va a recuperar completamente?
El doctor intercambió una mirada incómoda entre Chelsea y yo.
—Físicamente, señorita Evans se recuperará bien. Es joven y fuerte. Sin embargo... —se detuvo, como si las palabras fueran difíciles de pronunciar—. Hubo complicaciones debido a la severidad de las lesiones internas.
Un frío helado comenzó a extenderse por mis venas.
—¿Qué tipo de complicaciones? —pregunté, aunque una parte de mí ya sabía la respuesta.
—Me temo que el daño al útero fue extenso. Las probabilidades de un embarazo futuro son... mínimas. Hay tratamientos que podríamos intentar, pero...
No escuché el resto.
No podría tener hijos. O sería muy difícil. El único bebé que tendría había muerto por culpa de un monstruo que decía amarme.
La habitación comenzó a girar. La rabia, el dolor, la desesperación, todo se mezcló en una tormenta perfecta dentro de mi pecho. Sin pensarlo, mi mano se disparó hacia la mesita junto a la cama, tomando el vaso de agua y arrojándolo contra la pared.
El cristal explotó en mil pedazos, como mi corazón.
—¡No es justo! —grité, tomando todo lo que estaba a mi alcance y lanzándolo—. ¡No es justo! ¡Era mi bebé! ¡Era lo único bueno que tenía!
—Gala, por favor... —Chelsea trataba de sujetarme, pero yo seguía destruyendo todo lo que podía.
—¡Era mi hijo! —seguí gritando, las lágrimas corriendo por mis mejillas—. ¡Lo único que quería en este mundo de mierda! ¡Y me lo quitó! ¡Me quitó todo!
El doctor estaba hablando rápidamente por su radio, pidiendo ayuda. Varias enfermeras irrumpieron en la habitación, tratando de contenerme mientras yo seguía gritando y lanzando cosas.
—¡Suéltenme! ¡Quiero morirme! ¡Quiero morirme con él!
Sentí un pinchazo en el brazo. Una aguja. Un sedante.
—No... —murmuré, sintiendo cómo mis fuerzas se desvanecían—. No quiero dormir. Cuando duermo, sueño con él. Sueño con mi bebé...
Lo último que vi antes de que la oscuridad me reclamara fueron los ojos llorosos de Chelsea y sus labios moviéndose, prometiéndome que todo iba a estar bien.
Pero nada volvería a estar bien. Nunca.
Mi bebé estaba muerto, y una parte de mí había muerto con él.