El monumento de hombre que me ayudó en la funeraria, está recostado en un bello carro, con la mirada fija en sus manos y cuando escucha el ruido de mis zapatos, levanta sus ojos hacia mí. Inexplicablemente, mi pulso se acelera cuando nuestras miradas se conectan y siento que las piernas me tiemblan. —Bue... Buenos días. —Saluda, con la voz temblorosa. —Buen día, ¿Qué hace por aquí?. —Pregunto extrañada, congelada en mi lugar. Se aclara la voz. —Me enviaron por alguien... —hace una pausa, como si hubiese caído en cuenta de algo. —No me diga que usted es... —Monserratt Contreras, mucho gusto. —Interrumpo, extendiéndole mi mano. Él la toma y la estrecha, por lo que mi corazón late desenfrenado, dentro de mi pecho. —Salvador... Salvador Ferreira, para servirle. —se presenta, mientras amb

