Después de tomar aire y tratar de relajarme un poco, cierro la puerta y me subo al carro, dándole marcha al motor. En todo el camino, no pronuncié palabra y ella tampoco. Por más que intenté, no pude dejar de mirarla con disimulo, a través del retrovisor. Es simplemente hermosa. Detengo el carro afuera de la empresa y rápidamente, la ayudo a bajar. Ella me sonríe y después de un "Gracias", se aleja escaleras arriba. Me quedo embelesado, sin dejar de mirarla. —Con la boca cerrada, ves lo mismo. —me llama la atención David, mi amigo, que es otro de los choferes. —¿De qué hablas?. —me hago el desentendido. —Pues, obvio, de cómo miras a la jefe. —levanta una ceja, por lo que niego. —No la estaba mirando a ella. —Miento y él me dedica una sonrisa irónica. —Salvador, no hay nadie más en e

