Cap. 1
Jamás imaginé lo dura que sería la vida luego de emigrar de mi país. Desde hace varios años Venezuela se ha convertido en un lugar poco favorable para los jóvenes. La buena educación ya es casi imposible de conseguir. Las universidades privadas son exageradamente caras y la esperanza de vida disminuye todos los días con cada nuevo delincuente que sale a la calle a dañar a su propio pueblo. Hay tantas personas que pasan hambre porque el sueldo no les alcanza para comprar la cesta básica. Todos los días veía personas en la calle, hurgando en la basura. Personas que alguna vez vi bien vestidos, gordos como focas, tomando todos los fines de semana y gastando y derrochando dinero en el vicio.
La situación en mi casa no era nada fácil. Mi mamá se fue cuando yo estaba pequeña y mi papá… ese señor es un irresponsable a toda carrera. Un loco de carretera como decimos en Venezuela. Viejo borracho loco. Solo sabía llegar a casa vuelto leña de tanto alcohol que había en su sangre, pidiendo comida como si yo fuera su sirvienta y válgame Dios que no le hiciera caso. La parranda de madrazos que me daba no era nada normal. Pero no podía hacer nada más. Dependía de él para comer y solo para eso. Por el resto, él no se preocupaba por mi ropa, mi educación, mi higiene, ni nada de eso. No le importaba. Yo solo era la cocinera de la casa.
Siempre pasó por mi cabeza que mi vida era la cosa más desafortunada del mundo, pero una maestra de la escuela pública en la que estudiaba me dijo una vez “todo puede verse cuesta arriba para ti, pero puedes ser como el salmón si quieres. Puedes nadar contracorriente y subir la cuesta. Va a ser difícil, pero puedes alcanzar la cima si te lo propones”.
Tenía tan solo diez años cuando me dijeron eso, y aunque a veces me quedaba tipo intrigada pensando “¿tengo que hacer como pescado para salir adelante?” E inmediatamente se me venía a la mente una imagen muy graciosa de mí convulsionando como pez fuera del agua, y me tiraba al suelo para imitar lo que veía en mi mente. Lo que seguía después era una carcajada acompañada por una mirada de hermanita casi diciéndome “Bicho raro”.
Pero la vida me había dado tantos golpe por medio del… por medio de mi papá… no lo voy a seguir insultando, eso es malo… o eso me digo casi todo el tiempo con una vocecita burlesca, haciéndome mofa a mí misma y a mis palabras, palabras que me he dicho todo este tiempo y he hecho todo lo posible por creérmelas. “isi is mili” me mofo de mi misma y siempre me hago un gesto de burla con mis dientes como si fuera un conejo. Después no paro de reírme de mi misma y vuelvo a decirme “¡No Antonella, no! ¡Eso es malo!”
Generalmente estoy frente al espejo cuando hago este tipo de cosas. Cualquiera me ve y dice que estoy loca. Y la verdad es que soy un poco rara y tengo un humor igual de raro. Cuando me veo al espejo diciéndome esas palabras con ojos saltones y con una voz demandante pero graciosa porque al mismo tiempo tengo tantas ganas de reír que no puedo estar seria.
Lo cierto es que la vida me había dado tantos golpes a través de mi papá que obligatoriamente maduré a muy temprana edad y fui capaz de comprender aquellas palabras de la maestra que rigieron mis siguientes doce años de vida. Peleé con todas mis fuerzas, nadé contra la corriente, me esforcé, me partí el lomo trabajando para poder pagar mi propia educación y claro, cuando tenía catorce todavía se podía vivir de los trabajos que yo hacía. Le hacía las tareas de la escuela a mis compañeros luego de clases, en las tardes ayudaba a una señora de la cuadra con su carrito de perros calientes y ella me daba una buena paga. Yo atendía las mesas, lavaba los platos y todos los utensilios y la señora cocinaba.
Lo más difícil fue que yo no era hija única. Tenía una hermana cinco años menor que yo por la que velar. Yo tenía que encargarme de comprarle ropa, cosas de higiene personal sobre todo luego que comenzó a desarrollarse como una señorita ¿Por qué? Porque el bastardo de… tengo que respirar profundo… la rabia por momentos quiere dominarme. Tenía que velar yo por ella porque el irresponsable de mi papá se gastaba todo su dinero en aguardiente. A duras penas si traía la comida a la casa, porque si no lo hacía él tampoco comía.
Entonces imagínense yo, de diecisiete años, teniendo que tomar dos empleos, sin contar los rebusques haciéndole las tareas a mis compañeros de clases, todo para poder mantener a mi hermanita de doce años, y al mismo tiempo ahorrar para la matrícula de mi universidad. Estudiar en una universidad pública no era opción, la mejor universidad pública para estudiar lo que yo quería estaba en Mérida. Y yo vivía en Lara. Tenía que irme demasiado lejos de mi hermanita y dejarla con el viejo loco. Eso no era una opción.
Y lo que iba a pagar arrendándome en Mérida para estudiar en una universidad pública, combinado con todos los gastos de los viajes y los gastos en mi hermana y mi persona, era lo mismo que iba a pagar en una universidad privada que quedaba a tan solo una hora de mi casa. Claramente mi decisión fue optar por la universidad privada así que ahorré para pagar la matrícula y con lo que ganaba en mis empleos me quedaba dinero suficiente para costear los gastos. Además ya había aprendido un poco sobre diseño gráfico, y de vez en cuando usaba esos conocimientos para adquirir dinero también.
Y aunque la economía en Venezuela ya estaba mal, y a partir de ese momento en que comencé la universidad se fue a pique, yo seguía trabajando arduamente para pagar la matrícula y para sostener a mi hermana. De lunes a viernes trabajaba en un buen restaurante de comida italiana que había en mi ciudad. ¿Se acuerdan de la señora del carrito de perros calientes? Bueno, ella tenía un sobrino, y ese sobrino era de ascendencia italiana. Ese mismo sobrino era el dueño de dicho restaurante y por recomendación de esa hermosura de señora, él me contrató. Eso sí. Trabajaba desde las dos de la tarde hasta las once de la noche.
Claro, él dueño, mi jefe, les tenía transporte a todos sus empleados, yo no era la excepción, y todos los fines de semana me dejaban irme a las seis y media, para que pudiera ir y seguir ayudando a su tía, hasta los domingos. Los comensales me daban buenas propinas y eso ayudaba mucho. Lo mismo con el puesto de comida rápida de doña Cecilia.
Por las noches, casi a media noche, llegaba a casa, muerta de cansancio y mi hermanita, tan lennda mi hermaneta ¡Kossita! Me esperaba todas las noches con el café listo, una lata de Coca-Cola y una manta para cubrirme del frio porque sabía que nada más llegara, me iba a sentar a estudiar hasta quien sabe qué hora. A veces no dormía nada. Los sábados los tenía libres hasta las seis y media, que era cuando iba a trabajar con doña Cecilia y con los domingos era igual. Los sábados los aprovechaba para adelantar todas mis tareas y hacer alguna que otra tarea para mis compañeros con las que también ganaba dinero.
Y los domingos los usaba para compartir con Paty hasta que llegaba la hora de ir con Doña Cecilia y ella también me acompañaba para ayudarnos a las dos porque esos días eran los más ocupados.
Finalmente cuando cumplí los dieciocho logré alquilar una habitación para mi hermana y para mí, y me la llevé de esa casa del infierno. Podíamos vivir solas nosotras dos y muchas cosas cambiaron para mejor. Todo era más feliz.
Luego de tres años de seguir esforzándome, enseñé a mi hermana a hacer exactamente lo mismo y ella también trabajaba duro. Ahora yo trabajaba con el sobrino de doña Cecilia y por las noches usaba mis conocimientos de diseño gráfico para lucrarme de eso también. El trabajo con doña Cecilia se lo cedí a Patricia y ambas teníamos lo suficiente para subsistir tranquilamente.
A tan solo dos años de graduarme conocí a Alberto. Él era un nuevo compañero en una de mis clases, era lindo, atento y ambos nos gustamos apenas nos vimos. Comenzamos a salir y después de seis meses nos hicimos novios. Él se preocupaba por mí, me llevaba comida al trabajo. Por las noches me visitaba a la casa y traía comida para Paty y para mí y siempre me ayudaba con las tareas de la universidad. Él también trabajaba, pero su vida era un poco menos complicada que la mía. No tenía que pagar arriendo. Sus padres estaban en el extranjero y tenía la casa para él solo. No tenía más hermanos y por ende no tenía otras responsabilidades más que las de ocuparse de sí mismo.
Después de un año de novios yo estaba a punto de graduarme y las cosas se estaban poniendo color de hormiga en Venezuela. El restaurante seguía siendo rentable porque todos los comensales de mi jefe eran personas adineradas y siempre dejaban buena propina, pero todo era demasiado caro ya como para poder costearlo. O pagaba el alquiler y comía pero no estudiaba, o pagaba la matrícula de la universidad y el alquiler pero teníamos que dejar de comer, porque a Paty tampoco le alcanzaba lo que se ganaba con doña Cecilia, o pagaba la matrícula, la comida y dormíamos en la calle.
En vista de esta situación Alberto me hizo una propuesta. Que me fuera a vivir con él. Al principio lo pensé muchísimo y llegué a la conclusión que era una completa locura, así que me negaba rotundamente pero cuando me vi con el agua hasta el cuello no tuve otra opción más que aceptar. Pero que viviera con él no significaba que iba a dormir con él. No quería eso. Había escuchado historias de amigas que comenzaron sus relaciones muy bellas muy todo, pero después que les abrieron las piernas, zasss, los tipos las dejaron. ¿Y si le abría las piernas y el muy… me botaba y me corría de su casa? ¡Miquiti! ¡Nooo mamita! Seré rara, despistada, y podré estar tronada de a perinola, pero no soy estúpida.
Lo bueno fue que Alberto jamás me insinuó nada al respecto. A veces me hacía pensar “¿Y si este bicho es pato?”. Pero no, Alberto en definitiva no era gay. Así que su actitud y postura respecto a eso me daba muchas esperanza en mi relación con él.
Al fin mi vida parecía estar mejorando de verdad. Teniendo estabilidad por un momento, y todo estaba tranquilo. Lo que ganábamos nos alcanzaba para vivir tranquilos los tres, pese a la situación del país y todo eso, pero todo se fue a la miércoles después. Yo me estaba graduando y tenía muchos amigos y el estúpido de Alberto se puso loco. Le pico la gallina toxica no sé, pero ahora me celaba de todo el mundo, no me quería dejar salir. Ni siquiera sé cómo fue que estuvo de acuerdo con que me fuera del país.
¡Ah no, si sé! Él se iba a venir conmigo, pero tuvo algunos problemas con sus documentos y no le aprobaron la Visa. A mí ya me la habían aprobado y ya habíamos comprado el boleto de avión. Habíamos gastado más de doscientos dólares en todos los trámites y no íbamos a dejar que eso se desperdiciara solo porque él no podía ir conmigo. Al menos eso lo entendió.
Todo se arruinó en Venezuela. La inflación llegó a su nivel más alto, el restaurante cerró porque el dueño se regresó a Italia, doña Cecilia murió y los egoístas de sus hermanos se pelearon por sus bienes como perros y gatos. Paty y yo nos quedamos sin trabajo y el único que estaba percibiendo dinero en la casa era Alberto. Todo estaba súper costoso y no nos estaba alcanzando nada el dinero. Yo tenía mis ahorros. Ya me había graduado y de vez en cuando lograba percibir una buena suma de dinero con mis trabajos de diseño gráfico, pero no era suficiente.
Con Alberto nos planificamos para viajar a Estados Unidos con una visa de trabajo por seis meses y generar ingresos suficientes para levantar un negocio autosustentable en Venezuela que nos diera para vivir a los tres tranquilamente. Íbamos a dejar la casa en manos de Paty que ya tenía diecisiete y ahora ella estaba comenzando la universidad. La matrícula para estudiar comunicación social era extremadamente costosa pero eso era lo que ella quería y yo no la iba a limitar.
Alberto vendió el carro, e hicimos todos los trámites necesarios. Nos íbamos a ir seis meses a trabajar para reunir dinero y en el proceso le íbamos a enviar el dinero de la matricula a ella mientras que Paty con su nuevo trabajo ganaba lo suficiente para sustentarse a sí misma en cuanto a comida, ropa y esas cosas. En Estados Unidos nos iba a recibir una gente que trabajaba para el sobrino de Doña Cecilia, en una sucursal de su franquicia de restaurantes de comida italiana.
Total que a Alberto le niegan la visa. A mí por el contrario me la aprueban. Ya habíamos conseguido el boleto, y tuvimos que venderle uno a un muchacho que también se iba, para poder recuperar el dinero. Yo me vine, Alberto y Paty se quedaron y aquí estoy, seis meses después queriendo que me trague la tierra, sin poder parar de pensar y decirme a mí misma con fastidio “Dios mío yo si soy bien chigüire”