—¡Eres un aprovechado! —gritó la rubia. Eduardo caminaba muy plácido por el pasillo principal del primer piso de la facultad, casi se podría decir que estaba alegre, y al escuchar tal juicio a sus espaldas y reconocer la aguda voz, no pudo más que soltar una animada carcajada. Detuvo los pasos y se giró hacia la furiosa rubia que machacaba el suelo con sus tenis, y cuando lo tuvo al frente le dio un empujón sin sentirse intimidada por la diferencia de alturas. —¡Aprovechador! ¡Abusivo! —chilló de nuevo la muchacha y se colocó de puntas—. ¡Eres malo! —Hola, Wuafles —obvió el joven con una sonrisa, como si nada ocurriera, y aquella muchacha frente a él parecía que iba a botar humo por las orejas como una tetera hirviendo. —¡N-no me digas hola! Me estoy fastidiando de tus jueguitos estúpi

