Eran las seis de la tarde y la rubiecilla se quitaba el delantal n***o. Estaba a punto de retirarse de la cafetería para ir a descansar del inusual día. Entre el hostigamiento de Eduardo y los constantes mensajes de Viktor, Indira no había tenido oportunidad de respirar sin que se le cruzase el nombre de alguno de los dos por la mente. Y es que estaba acobardada, consciente que sus desastrosas decisiones la llevarían a un callejón ciego del cual no tendría escapatoria, y le daba pánico, pero se sentía tan viva, que las emociones le erizaban la piel y la llevaban de un extremo a otro sin comprenderlo a plenitud. Extrañamente, estaba disfrutando de esa inestabilidad. Salió de la cafetería con su mochila al hombro y apenas pisó afuera de la feria le dio pánico encontrarse con Viktor, por lo

