El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No estaba cargado de rabia ni de reproches. Era denso, sí, pero también frágil, como si una palabra mal dicha pudiera romper algo que aún no entendía del todo. Volví a mirar el papel. Las letras no habían cambiado. Seguían ahí, inamovibles, ajenas al caos que me provocaban por dentro. —¿Por qué? —pregunté al fin. No levanté la voz. No lo miré. Tenía miedo de hacerlo y encontrar en su rostro algo que no estaba preparada para enfrentar. Luca respiró hondo. Lo vi apoyar los antebrazos sobre la mesa, entrelazar los dedos, deshacerlos, volver a juntarlos. Un gesto mínimo, pero inquieto. —Porque el trato ya no era suficiente —dijo—. Porque las cosas dejaron de ser simples hace tiempo. Eso no era una respuesta. O tal vez era demasi

