Mis piernas no respondían como debían. Cada paso era una negociación silenciosa entre el suelo y yo, un acuerdo frágil que podía romperse en cualquier segundo. El entumecimiento me subía desde los tobillos, lento, traicionero, obligándome a apoyar una mano en la primera superficie que encontré para no caer. El metal estaba frío. Me deslicé hacia el interior de la habitación de maquinaria, arrastrando el cuerpo más de lo que caminaba, cuidando de no golpear nada. El más mínimo sonido me parecía un grito. Entonces las escuché. Voces. No una. Varias. Las voces se filtraban entre el ruido lejano de la maquinaria vieja, distorsionadas, imposibles de entender del todo. No hablaban bajo. No tenían necesidad de hacerlo. Me quedé inmóvil, con la espalda pegada a una estructura metálica que

