Al día siguiente fue… muy diferente al primero. Matteo merodeó por la casa como una sombra silenciosa, presente pero distante. Pasaba por las habitaciones, subía y bajaba las escaleras, pero no me dirigió la mirada ni respondió cuando lo llamé un par de veces. No era hostil. Era peor: me ignoraba por completo. Giulio fue quien estuvo conmigo. Se aseguró de que comiera todo lo que preparaban, de que bebiera agua, de que no me levantara más de la cuenta. Tenía una forma tranquila de hablar, paciente, como si midiera cada palabra para no alterarme. Su presencia hacía que la casa se sintiera un poco menos inmensa, un poco menos ajena. Matteo apenas apareció durante el día. Cuando lo hacía, era solo para cruzar de un extremo a otro, siempre serio, siempre distante. Giulio fingía no notarlo,

