A Matteo no pareció importarle demasiado mi inseguridad por quedarme sola en esa casa inmensa. Tampoco la orden de Luca de no dejarme sin supervisión. No había mirado el reloj, pero estaba segura de que su presencia no había durado más de cinco minutos. Quise agradecer que no estuviera allí. Mi cuerpo, sin embargo, no cooperaba. Moverme sola era un desafío. Cada paso exigía más esfuerzo del que estaba dispuesta a admitir. Llegar al baño fue una pequeña victoria silenciosa, y la ducha, una necesidad más que un alivio. El agua caliente me devolvió algo de sensibilidad a los músculos, pero no la fuerza. El día había comenzado con un sol implacable, brillando como si nada hubiera ocurrido. Mi cuerpo seguía en alerta ante cualquier ruido, pero necesitaba aire. Respirar algo distinto. Los po

