Cuando llegué a la cafetería, preparada para el regaño de Pia, el silencio me recibió como una pared fría. Era un silencio pesado, casi incómodo, que no tenía nada que ver con las mañanas tranquilas de siempre. Había pocas personas ocupando las mesas… pero esas pocas personas no eran clientes habituales. No eran estudiantes, ni oficinistas, ni los viejos que pasaban por un café doble. No. Eran hombres vestidos de n***o, trajes perfectamente ajustados, relojes caros y expresiones tan rígidas que parecían esculpidas. Sus miradas se movían como si evaluaran cada rincón del local, cada paso que daba. Me recorrió un escalofrío. Cuando llegué a la barra, Marco salió por la puerta blanca que conectaba la cocina con el salón. Me dedicó una sonrisa nerviosa, una que claramente no quería ser sonr

