Las puertas del club se abrieron, dejando escapar una ráfaga de música y risas. Cataleya, con los ojos brillando de emoción, se abalanzó sobre María, envolviéndola en un abrazo cálido y apretado. El roce de la seda de su vestido contra la suave lana del suéter de María era reconfortante. —No sabes cuánto te extrañé —susurró Cataleya, su voz apenas audible sobre la música. —Yo también, pensé que jamás volvería a tenerte cerca —dijo María. Mientras tanto, Regina miraba con angustia a Calvin, pálido y sudoroso, recostado en el sofá. Su corazón palpitaba con fuerza en su pecho. Con la ayuda de uno de los de seguridad lo llevaron a la habitación. El médico llegó, en cuestión de minutos, una figura autoritaria que irradiaba calma. Examinó a Calvin con cuidado, su rostro serio. Después de u

