El whisky ardía en la garganta de Calvin mientras lo tragaba de un solo trago. La sensación cálida se extendía por su pecho, un breve alivio al estrés que había vivido en las últimas semanas. A su lado, Jayden refunfuñaba mientras revolvía el hielo en su vaso, los ojos clavados en la ventana empañada. —No me cuadra, Calvin. —Jayden rompió el silencio, su voz ronca y grave—. ¿Por qué mandar otro cargamento en tan poco tiempo? Ese mexicano siempre ha sido un dolor de cabeza, pero nunca tan descuidado. Calvin asintió, sus dedos tamborileando sobre la mesa de madera. La habitación, oscura y húmeda, estaba iluminada solo por la tenue luz de una lámpara. Afuera, la noche se cernía sobre la ciudad, sus ruidos amortiguados por las gruesas paredes del almacén. —Tiene razón, Gema, tampoco ha vue

