Regina llegó primero que Cataleya, a llegar al estacionamiento sintió que su cabeza daba vueltas, cada movimiento le provocaba un espasmo de dolor que la hacía gemir. Cataleya veía algo inquietante en Regina, se acercó rápidamente a ella y vio como La sangre manaba de su brazo, a quitarse el traje. Cataleya, al verla, sintió un escalofrío recorrer su espalda. Nunca había visto a Regina tan pálida, sus labios estaban secos y sus ojos tenían un brillo vidrioso. —Regina, ¡Dios mío! —exclamó Cataleya, corriendo a buscar las llaves del coche. —Estoy bien —susurró Regina casi inconsciente. —No lo estás —aseguró Cataleya llevándola al auto. En el camino al hospital, Regina se aferraba al asiento, jadeando. Cataleya no apartaba la vista de la carretera, pero podía sentir la tensión en el cue

