Noche de sexo
LAURA
—¿Dónde has estado, Laura? No volviste a casa anoche. Apenas dormí esperando tu regreso.
La pregunta de mi madre me tomó por sorpresa mientras almorzábamos. Bebí un poco de agua antes de responderle. Estaba frente a mí, mirándome con esos ojos que siempre lo notan todo. Incluso mi padre, sentado a su lado, me observaba en silencio, esperando.
—Fui a visitar a Clara, mamá. Acaba de volver de España, ¿te acuerdas? —mentí.
Incliné la cabeza, evitando su mirada, y empecé a cortar la carne en mi plato lentamente. No podía soportar esa calidez en su rostro, esa ternura mezclada con sospecha.
Ella me conoce demasiado bien. Siempre sabe cuándo miento. Siempre.
Y no quería que lo supiera, porque si lo hacía, empezaría a preguntar una y otra vez hasta que no tuviera escapatoria y tuviera que contarle todo. Y eso era lo que no podía permitir. Se desmayaría si supiera que me acosté con un hombre que conocí apenas unas horas antes en un bar.
—Solo asegúrate de que la próxima vez nos digas dónde estás para que no nos preocupemos. Un mensaje de texto bastará, Laura.
Sentí alivio. Me había creído.
Le sonreí, mirándola directamente.
—Lo siento, mamá. Es solo que Clara y yo estábamos teniendo una conversación tan agradable que ni siquiera me di cuenta del tiempo.
Volvió a su comida.
—No te preocupes más por eso. Solo no nos hagas preocuparnos por ti la próxima vez—. Suspiró. —Ahora, date prisa y come. ¿No es hoy tu primer día de trabajo?
—Sí —respondí con una sonrisa.
—Vuelve a casa inmediatamente cuando termines tu turno. No vayas a bares —intervino mi padre.
—Sí, papá. No te preocupes por mí. Puedo cuidar de mí misma. No es la primera vez que trabajo en el turno de noche —le contesté.
—Aun así. Sigues siendo una mujer. Ya no hay ningún lugar seguro, Laura. Eres nuestra única hija y no queremos que te pase nada.
Solo negué con la cabeza. Siempre ha sido así: estricto, protector. Pero lo entiendo. Soy su única hija, y además, mujer. A pesar de todo, sé que me quiere.
—Por cierto, Daniel me llamó anoche. Te estaba buscando, diciendo que no respondías a sus llamadas ni a sus mensajes—, dijo mi madre.
Mi corazón dio un vuelco al oír su nombre. Daniel. Mi novio. Pero fingí calma.
—Pasaré por su apartamento más tarde —dije, mientras seguía comiendo. Pero mi mente no dejaba de revivir lo que ocurrió anoche. Blake. Ese hombre. Su cuerpo, su olor, cómo me tomó una y otra vez.
Y ahora, al oír el nombre de Daniel, la culpa me invadía.
Anoche, dejé la culpa y la conciencia a un lado. Pero ahora... ahora estaban de vuelta. Y dolían.
Me odié por ser tan débil ante el deseo.
Cuando terminamos de comer, me levanté rápido y llevé mi plato al fregadero. Pero sentí un latido entre las piernas. Un dolor delicioso. Incluso las rodillas me temblaban.
Fruncí el ceño por el dolor, y mi madre se dio cuenta.
Dejó de comer y me miró preocupada.
—¿Estás bien?—, me preguntó.
Me enderecé como pude e intenté ignorar la sensación.
Tragué saliva antes de responder. Me observaban los dos.
—Estoy bien, mamá. Solo me he mareado un poco porque me he levantado demasiado rápido. Pero estoy bien —mentí de nuevo.
Ella asintió con la cabeza y se encogió de hombros.
—Muy bien, voy a dejar esto en el fregadero —dijo, dándose la vuelta con su plato.
Cada paso que daba me hacía latir el pecho más fuerte. Pero fingí. Solo al llegar a mi habitación respiré con libertad.
Me senté en la cama, cerré los ojos y susurré:
—¿Qué me hizo anoche?
*
Apenas me abrió la puerta, Daniel disparó la pregunta que sabía que vendría:
—¿Dónde estabas anoche?
Ya tenía lista la respuesta. Reforzaría la mentira que le conté a mis padres. Incluso le pedí a Clara que me cubriera.
—¿No me dejas entrar primero? —le dije con una sonrisa dulce, intentando suavizarlo.
Él solo me miró fijamente antes de darse la vuelta. Solté el aire con fuerza antes de entrar en su apartamento. Cerré la puerta tras de mí y lo seguí hasta la cocina.
Estaba de espaldas, lavando un plato.
Dejé la bolsa que llevaba sobre la mesa y me acerqué para abrazarlo por detrás. Apoyé mi barbilla en su hombro, en silencio, esperando que se ablandara, pero me ignoró.
—Cariño, lo siento. Clara y yo tuvimos una conversación tan maravillosa que me olvidé de mirar el teléfono —intenté justificarme.
—¡Te llamé docenas de veces! —me lanzó, molesto.
—Mi teléfono estaba en modo silencioso. Además, lo tenía en el bolso, así que no me enteré. Solo vi tus llamadas y mensajes esta mañana —mentí de nuevo, con la mejor cara de sinceridad que pude poner.
Si existiera un premio a la mejor mentirosa, me lo habría ganado con todo lo que tejí desde que amaneció.
—Entonces deberías haberme llamado en cuanto viste mis llamadas —me reclamó otra vez.
Lo abracé con más fuerza y escondí la cara en su cuello, sabiendo que ahí era vulnerable.
—Pensé que debía pedirte perdón en persona. Así que aquí estoy. Lo siento mucho, cariño. Por favor, no te enfades conmigo —susurré, dándole besitos desde el cuello hasta la mejilla.
Seguí besándolo, con calma, hasta que lo sentí sonreír. Sonreí también.
—¿Estamos bien ahora, cariño? ¿Hmm? ¿Sí? —seguí, besándole repetidamente la mejilla hasta que él empezó a reír.
Me quedé mirando su cara sonriente. Siempre me había gustado su sonrisa. Era guapo, sí, pero cuando sonreía… se volvía irresistible.
Me acerqué y lo besé suavemente en los labios. Al principio se quedó quieto, sorprendido, con los labios cerrados. Pero después de unos segundos, empezó a corresponder. Nos besamos largo, profundo. Tres minutos, tal vez más. Solo paramos cuando los dos nos quedamos sin aire.
Entonces él se giró hacia mí. Sus manos rodearon mi cintura, mis brazos se enroscaron en su cuello.
Hacía pucheros, y no pude resistirme: le pellizqué la nariz.
—¡Ah! ¡No me pellizques la nariz! —se quejó, pero yo solo reí.
—Pero oye, no quiero que esto vuelva a pasar —me dijo luego, más serio—. Me preocupaste. Pensé que te había pasado algo.
Le pellizqué la mejilla y le di un beso ligero.
—Te prometo que no volverá a pasar —dije con una sonrisa.
Él me devolvió la sonrisa.
Estaba a punto de volver a besarlo cuando me apartó suavemente. Fruncí el ceño.
—¿Qué? Pensaba que ya estábamos bien.
—Sí, estamos bien. Pero… ¿no es hoy tu primer día de trabajo? Si no te vas ya, llegarás tarde. Y no creo que quieras llegar tarde el primer día.
Puse cara de fastidio.
—¿Me estás rechazando? ¿Después de conseguir lo que querías, ahora me rechazas? —dije, fingiendo dramatismo.
—Deja de ser tan dramática. Vete y vuelve cuando empieces a echarme de menos —respondió, sonriendo.
Le devolví la sonrisa.
—Está bien. Me voy. Pero, solo para asegurarme… ¿ya no estás enfadado conmigo, verdad? ¿Estamos bien?
Él rió y asintió.
—Sí.
—Vale. Entonces me voy —dije mientras tomaba mi bolso.
Ya iba de salida cuando algo se me ocurrió.
Me acerqué de nuevo.
Daniel alzó una ceja.
—¿Ahora qué?
Me lancé y lo besé de nuevo. Pero esta vez, mientras lo besaba, le agarré la entrepierna de forma inesperada. Sintiendo su bulto.
—¡Laura!
Salí corriendo de la cocina, riendo.
—¡Adiós, cariño! ¡Te amo! —grité mientras cerraba la puerta tras de mí.
Apenas di unos pasos fuera del apartamento, me llegó un mensaje suyo:
—Traviesa.
Respondí con un simple:
—Te amo.
Negué con la cabeza, sonriendo.
Estaba aliviada. Todo estaba bien entre nosotros otra vez. Sí, lo que hice estuvo mal. No tengo excusa. Pero amo a Daniel. No quiero perderlo.
Lo que pasó con Blake… fue un error.
Uno que no volveré a cometer.
*
—Me has convertido en una mentirosa —me dijo Clara, cruzada de brazos, desde su oficina.
Clara era mi mejor amiga. Nos conocimos en la universidad y seguimos unidas incluso después de graduarnos. Ni siquiera la distancia nos separó cuando se mudó a España tras el desastre con su exmarido. Siempre estuvo ahí para mí. Era más que una amiga; era como una hermana. Podía contarle cosas que no me atrevía a contarle ni a mis padres, ni siquiera a Daniel.
Como lo de anoche.
Clara sabía todo. Sabía lo débil que soy ante la lujuria. Sabía lo estúpida que había sido.
—¿Sabes qué? Ahora mismo me gustaría darte una bofetada —me soltó sin rodeos—. Lo que hiciste estuvo mal, Laura. Tienes novio, ¡y aun así te acostaste con alguien a quien apenas conoces! A alguien que solo conoces de nombre. En serio, Laura, en una escala del 1 al 10, ¿qué tan estúpida y débil eres ante la lujuria?
Crucé los brazos, me hundí en la silla y solté un suspiro.
—Estaba borracha —dije como si eso pudiera justificar algo.
Clara rodó los ojos.
—No me vengas con esa estúpida excusa.
Puse cara de puchero, pero ella ni se inmutó.
—Y no me hagas pucheros. Eso no me va a funcionar. Mira, eres mi amiga, así que voy a serte sincera. No voy a tolerar ninguna mierda de tu parte. Lo que hiciste estuvo mal, Laura —repitió con esa firmeza que tanto la caracteriza.
—Lo sé. Sé que estuvo mal. Lo lamento. Fue la primera y última vez. No volverá a pasar, Clara. Probablemente ni siquiera vuelva a ver a ese hombre —le prometí.
Nunca le dije el nombre del tipo. No era tonta. Si se lo decía, lo buscaría. Lo conocería. Y eso sería un caos.
—Espero que no vuelvas a verlo, ni que te acerques a él. Porque, aunque eres mi amiga y te quiero, no dudaré en darte un par de bofetadas si esto se repite. A mí me han engañado, Laura. Sé lo doloroso que es...
—¡Oye! ¡Oye! ¡No te estoy engañando! —la interrumpí de inmediato.
Clara volvió a rodar los ojos.
—Aun así se considera engaño —dijo, seca.
Suspiré, sin ánimos de discutir más.
—Vale, bueno… voy a empezar a trabajar. Por cierto, gracias por conseguirme un trabajo aquí —le dije, cambiando de tema.
Ella era la dueña del bar donde empezaría como camarera. Lo abrió después de pasar tres años en España.
—No hay problema. Es lo mínimo que puedo hacer por mi mejor amiga —respondió.
Le sonreí, con genuino agradecimiento.
—Ay, mi jefa es tan dulce —bromeé.
Clara negó con la cabeza y me echó con una sonrisa.
—¡Muy bien! ¡Ponte a trabajar!
Salí de su oficina aún sonriendo. Me acomodé el uniforme, respiré hondo y me dirigí hacia la barra.
Era lunes, así que el bar no estaba muy lleno. Perfecto. Podría concentrarme, empezar bien, sin complicaciones. Me prometí que haría un buen trabajo. No causaría problemas. Mucho menos a Clara.
Recorrí la barra con la mirada mientras una sonrisa se dibujaba en mis labios… hasta que sentí una mirada distinta. Una que se pegaba a mí como fuego. Esa mirada me escaneaba, me perseguía con cada movimiento.
La busqué.
Y cuando la encontré, mis ojos se abrieron como platos. El corazón me dio un vuelco.
Ahí estaba él.
Sentado como un rey, copa de vino en mano, con esa misma maldita sonrisa que me había dedicado aquella noche.
Era él.
Era Blake.