Esperé toda la maldita noche a que llegara ese miserable.Ni un ruido, ni un paso, pero no hacía falta imaginar demasiado: sabía perfectamente dónde estaba con ella con esa serpiente llamada Nadia. El corazón me ardía, no de tristeza, sino de rabia pura.Si creyó que podía humillarme quedándose con su concubina en mi propia casa, se equivocó. —Sultana… —la voz temblorosa de Mireya me despertó al amanecer. Entró en silencio, con una bandeja de plata en las manos—. Su desayuno. Abrí los ojos lentamente, aún con la rabia clavada en el pecho. —¿Dónde está el Sultán? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Mireya bajó la cabeza, evitando mirarme. —En los aposentos del harén, mi señora. Pasó la noche allí… con la concubina Nadia. Sentí una punzada de ira recorrerme el cuerpo, pero mantuve

