Alessia. Ha pasado un mes desde que soy sirvienta. Nadia y otras dos concubinas no me dejan en paz; cada gesto, cada palabra de ellas es un recordatorio de mi humillación. Varias de mis uñas se han roto mientras realizo los trabajos más sucios del palacio, y aunque Mireya me curó la mordedura de la rata, aún siento un dolor punzante que me recuerda aquella noche. Hoy me tocaba limpiar la sala principal. Cada movimiento me parece lento, pesado, como si mis brazos y piernas protestaran por la injusticia de mi destino. Me agacho para trapear el suelo y, por un instante, siento ojos sobre mí. Dos guardias nuevos me observan de manera descarada; sus miradas recorren mis piernas y se quedan allí, fijas, sin pudor. Uno de ellos, con una sonrisa insolente, intenta meter la mano bajo mi falda. M

