Llore toda la noche en silencio, abrazada a la dura colcha de la cama que ahora me pertenecía, con la rabia y la humillación clavadas como agujas en la piel. Solo Mireya estuvo a mi lado, acariciándome el cabello y susurrando palabras que apenas calmaban mi tormenta interna. Al amanecer, el dolor de la mordedura aún ardía, y el hambre me golpeaba con cada segundo que pasaba. Me duché con agua tibia, tratando de borrar la suciedad de la celda y el rastro de ratas que aún me revolvían la piel. Cada movimiento era un recordatorio de lo que había perdido. Luego me vestí con la ropa áspera de sirvienta que me habían dado: un vestido gris sin adornos, áspero contra mi piel, con mangas largas que ocultaban mis brazos. Me miré en el espejo y apenas me reconocí. Mi cabello estaba desordenado, mi

