Me desperté en la biblioteca, recostada en uno de los sofás de cuero. La luz del sol entraba por los ventanales, dibujando rayos sobre los estantes repletos de libros. Parpadeé varias veces, intentando ordenar mis pensamientos, pero la confusión era abrumadora. No tardé en incorporarme. ¿Cómo había llegado hasta aquí? Recordaba vagamente que estaba subiendo a mi habitación… y que de repente me sentí mareada. Miré a mi alrededor y mi corazón dio un vuelco: mis zapatos no estaban, y lo que más me alarmó… mi ropa interior tampoco aparecía. Un escalofrío recorrió mi espalda. Me levanté con rapidez, el corazón acelerado, y salí de la biblioteca, recorriendo los pasillos del palacio. —¡María! —llamé con voz entrecortada—. ¿Qué pasó anoche? Me sentí mal y… me llevaste a mi cuarto, ¿verdad? El

