Estaba ardiendo por dentro. No era solo rabia: era culpa, una furia doble que me arrancaba la calma porque no había estado donde debía, porque la había dejado a cargo del inepto de Azhar. El despacho parecía un campo de batalla a mi llegada —mapas arrancados, pergaminos hechos trizas, la silla volcada—, y cada objeto destruido me daba la impresión de que rompía algo más dentro de mí. Azhar entró jadeando, con la cara pálida. —Señor, el jeque se marchó… —balbuceó. No pensé. Le di un puñetazo que resonó en las paredes como un martillo. La rabia le quemaba en la voz cuando le solté las palabras: —¡Maldito imbécil! ¡Debiste cuidarla! Él se quedó temblando, la voz rota, y entonces salió algo que al principio no quise creer pero que, cuando lo dijo, fue como si alguien hubiese arrojado gaso

