Alessia. Acababa de llegar al palacio junto a Suleiman. Su mano firme me sostenía del brazo, y aunque me irritaba depender de él, no podía negar que aún me sentía débil. Los días en la clínica me habían dejado el cuerpo exhausto y la mente saturada. El aire del palacio era distinto: olía a incienso, poder y vigilancia. Todo era demasiado silencioso, como si las paredes mismas observaran. En la entrada me esperaban Karim y su hijo —el mismo hombre que me había salvado la vida—. Al verlos, enderecé la espalda e intenté sonreír con dignidad. — A mi primo ya lo conoces y él es mi tío Karim — Nos presenta Suleiman. —Me alegra que esté bien, Alessia —dijo Jahandar, el primo de Suleiman, con una calidez sincera en la voz—. El sultán no me permitió visitarte. —Muchas gracias por salvarme —res

