Me desperté lentamente, cada parpadeo era un esfuerzo. El dolor de cabeza me golpeaba como martillos, y el sabor metálico en la boca me recordaba el suero que me recorría las venas. A mi lado, Mireya estaba sentada, con las manos entrelazadas, su rostro una mezcla de alivio y cansancio. —Mi señora… —su voz temblaba—. Has estado al borde de la muerte. La mordedura de rata… fue más grave de lo que cualquiera imaginaba. La infección se extendió por todo tu cuerpo. Si no hubiera sido por el primo del Sultán, no estarías respirando ahora. El médico dijo que media hora más y tú estarías con Ala. Mis labios se entreabrieron, pero no salió palabra. Intenté mover el brazo, pero el dolor me obligó a soltar un quejido. El vendaje apretado y el escozor eran recordatorios de lo cerca que había estado

